Orígenes y patriarca Abraham
La historia del pueblo judío comienza con Abraham, nacido alrededor del 1813 a.C. en la ciudad de Ur de los caldeos, en la región de Caldea. Desde muy joven, Abraham rechazó la idolatría y buscó a un Dios único. Según la tradición, a los tres años descubrió la existencia de Yahveh, el Dios eterno. A los setenta y cinco años, por mandato divino, abandonó la casa de su padre y se dirigió a la Tierra Prometida.
Fuentes históricas
El principal testimonio de la historia judía es la Biblia. Solo en el último siglo se ha podido usar como fuente histórica, gracias a la aparición de documentos externos que permiten comparar los relatos bíblicos con la arqueología del antiguo Oriente Próximo. En los siglos XIX y XX se descifraron la escritura egipcia (Champollion, 1822‑24), la cuneiforme acadia (Grotefend, 1830‑40) y la ugarítica, lo que hizo posible comparar la literatura egipcia, asiria‑babilónica y hitita‑cananea con la Biblia.
Así se confirmó que la Biblia puede estudiarse como documento histórico al menos desde el siglo XIII a.C.
Tradiciones fundacionales
El estudioso alemán M. Noth (1902‑1968) analizó los relatos bíblicos anteriores a 1200 a.C. y concluyó que, aunque no se puede determinar su veracidad histórica, los judíos ya en esa época transmitían oralmente tres acontecimientos esenciales:
- La migración de Abraham desde Ur (Génesis 11‑15).
- El desplazamiento de tribus a Egipto durante una hambruna (Génesis 41‑47).
- El éxodo de Egipto bajo Moisés y el pacto en el Monte Sinaí (Éxodo 11‑14, 19‑24).
Estos recuerdos formaron la base de la fe israelita que, después de 1200 a.C., quedó plasmada por escrito.
Moisés y la nación elegida
Moisés condujo a los israelitas fuera de Egipto tras la décima plaga, el paso de la Pascua, y les entregó bendiciones y maldiciones que, según la tradición, seguirían a su pueblo para siempre.
David y la dinastía davídica
David conquistó Jerusalén, la estableció como capital y recibió la promesa de un futuro Mesías. Su hijo Salomón construyó el Primer Templo. Los descendientes de David reinaron durante unos 400 años, una época de prosperidad que, según el Antiguo Testamento, terminó en corrupción e idolatría, pese a las advertencias de los profetas.
El primer exilio babilónico
Alrededor del 600 a.C., el rey babilónico Nabucodonosor destruyó Jerusalén, quemó el Templo de Salomón y deportó a la mayor parte de la población a Babilonia, cumpliendo la profecía de Moisés (Deuteronomio 28:49‑52). El exilio duró aproximadamente 70 años.

Regreso bajo el Imperio persa
Cuando el emperador persa

Periodo helénico
Con la conquista de Alejandro Magno, Judea pasó a formar parte de los reinos helénicos durante otros 200 años.

Dominio romano y segundo exilio
Los romanos derrotaron a los griegos y establecieron su dominio; Judea volvió a ser una provincia, época en la que vivió Jesús. La revuelta judía contra Roma culminó en la destrucción de Jerusalén y del Segundo Templo en el año 70 d.C.. Los sobrevivientes fueron dispersados por todo el Imperio, marcando el segundo exilio.

Diáspora y persecuciones posteriores
Durante casi dos mil años los judíos vivieron como minoría dispersa, enfrentando persecuciones en Europa cristiana, incluidas España, Europa Occidental y Rusia, donde a menudo se puso en riesgo su vida y sus derechos.