La desintegración del Imperio de Carlomagno provocó una profunda vulnerabilidad en Europa durante los siglos IX y X. Sin ejércitos permanentes que custodiaran sus fronteras, el continente quedó expuesto a la llegada de nuevos pueblos invasores: los vikingos y los saracenos por mar, y los húngaros por tierra. Aunque los ataques comenzaron bajo el propio Carlomagno, tras Luis el Piadoso el imperio carolingio no pudo contenerlos.
Varias causas explican este colapso: las constantes divisiones del territorio carolingio facilitaban las incursiones; la población se mostraba reacia a defender regiones ajenas a sus provincias; el ejército se basaba en una pesada caballería difícil de movilizar; no existía una flota defensora y muchas ciudades y monasterios estaban fortificados pero aislados. A todo ello se sumó el pánico generado por la brutalidad y el aspecto aterrador de los invasores. Así, durante los siglos IX y X, la Europa occidental quedó a merced de bandas invasoras.
Invasiones y saqueos
A diferencia de las migraciones del siglo V, estas invasiones fueron principalmente expediciones de saqueo. Los invasores actuaron en tres frentes:
- Este: los húngaros, jinetes de las estepas orientales.
- Sur: los saracenos, piratas procedentes de España y el norte de África.
- Norte: los vikingos, provenientes de Dinamarca, Noruega y Suecia.
Los húngaros
Los húngaros, también llamados magiares, eran de origen mongol, similares a los hunos y a los turcos, y se cree que llegaron desde el norte de Rusia. En 875 cruzaron los Cárpatos y se establecieron en la Pannonia, cerca del Danubio, expulsando a campesinos y misioneros cristianos.
Desde 898 los magiaros realizaron incursiones anuales contra Alemania (desde Baviera hasta el Mar del Norte), la Galia (hasta los alrededores de París) e Italia. En 955 el rey de Alemania, Otón I el Grande, los derrotó en la batalla de Lech, lo que obligó a los húngaros a asentarse en la cuenca media del Danubio, territorio que pasó a llamarse Hungría.
Los jinetes magiares
Los magiares se distinguían por su caballería ligera, gracias al uso de herraduras y espuelas que les conferían gran maniobrabilidad. Sus incursiones fueron tan temibles que quedaron grabadas en crónicas y cantos de la época. Sin embargo, la victoria de Otón I en Lechsfeld marcó el fin de sus saqueos y facilitó su posterior cristianización.
Un reino cristiano: Hungría
Hasta finales del siglo X, los magiares no constituían una nación unificada, sino tribus lideradas por distintos caudillos. La conversión al cristianismo de Gayo (975) inició la unión; su hijo Esteban (San Esteban) completó el proceso, sometiendo a las tribus bajo su autoridad. En 1001 fue coronado rey de Hungría, convirtiéndose en símbolo de unidad que el Papa canonizó a finales del siglo XI.
Los saracenos
Los saracenos eran piratas musulmanes provenientes de España y el norte de África. A diferencia de los musulmanes del siglo VII, que buscaban la conquista territorial, los saracenos realizaban exclusivamente expediciones depredadoras. Navegaban por el mar Tirreno y la costa occidental del Mediterráneo en busca de tesoros y esclavos, y también penetraban por los valles alpinos hasta el lago de Constanza.
Establecieron bases en Sicilia y en el puerto de Tarento (sur de Italia) alrededor del año 830 y, en 846, saquearon Roma. Sus incursiones continuaron hasta el siglo XII.
Los vikingos
La invasión más trascendente fue la de los vikingos, también llamados normandos. De origen germánico, habitaban la región escandinava: Dinamarca, Noruega y Suecia. Las causas de su expansión siguen siendo debatidas; algunos historiadores apuntan al crecimiento demográfico, otros al impulso aventurero y la búsqueda de botín.
Durante dos siglos, los vikingos asaltaron Europa con sus barcos ligeros. Su táctica consistía en establecerse en costas estratégicas, seguir los ríos para adentrarse en el interior y, una vez allí, abandonar sus barcos y continuar a caballo.
- Noruegos: cruzaron el Atlántico y llegaron a las Islas Británicas, Islandia y Groenlandia.
- Daneses: surcaron el Mar del Norte, atacaron las Islas Británicas, Alemania, Países Bajos, Francia, España y la costa mediterránea occidental.
- Suecos: saquearon la costa del mar Báltico y, usando la red fluvial, llegaron a Rusia, al Mar Negro y establecieron contactos con el Imperio Bizantino y el Califato de Bagdad.
Entre sus saqueos destacan Hamburgo (845), París (845, 857, 885‑886), Cádiz y Sevilla (859) y Pisa (c. 860). Algunos vikingos, especialmente los daneses, se asentaron permanentemente en territorios conquistados, fundando la Normandía en el noroeste de Francia.
Naves vikingas
El éxito vikingo se debió en gran parte a sus embarcaciones. Los langskip eran barcos de guerra de unos 30 m de largo por 5 m de ancho, con calado de poco más de un metro, una gran vela y una proa decorada con temibles cabezas de dragón. Eran rápidos, maniobrables y capaces de navegar tanto en alta mar como en ríos.
Los noruegos en América
El espíritu aventurero vikingo los llevó a tierras lejanas. En 874 se establecieron en Islandia. Según la leyenda, Erik el Rojo, expulsado de Islandia, descubrió Groenlandia alrededor de 981. Cuatro años después, otro navegante noruego avistó la península de Labrador (actual Canadá). Alrededor del año 1000, Leif Eriksson exploró sistemáticamente esa nueva tierra, aunque nunca lograron una colonización permanente.
Consecuencias de las invasiones
Las constantes incursiones generaron un clima de inseguridad. Los reyes no pudieron reunir a sus caballeros a tiempo, lo que debilitó la autoridad monárquica y aumentó la desconfianza popular.
Los señores locales respondieron organizándose para defender sus dominios. Construyeron castillos y ofrecieron protección a quienes juraban lealtad y fidelidad personal. Con el tiempo, el poder de estos señores superó al del rey, dando origen al sistema político, económico y social conocido como feudalismo.