Contexto histórico
La Bastilla, una fortaleza construida en el siglo XIV con ocho torres, nació para proteger París de posibles ataques ingleses durante la Guerra de los Cien Años. Con el paso del tiempo se transformó en una prisión estatal, famosa por albergar a personajes como el marqués de Sade.
La situación en julio de 1789
El 14 de julio, la tensión social en París había alcanzado un punto crítico. Los ciudadanos, impulsados por la escasez de pólvora y el descontento general, se dirigieron a la Bastilla, entonces guarnición de la guarnición real.
En ese momento sólo había tres prisioneros dentro de la fortaleza: un enfermo mental, un hombre que había intentado asesinar al rey Luis XVI treinta años antes y un noble detenido por orden de su propio padre.
La guarnición
La guarnición constaba de 82 soldados veteranos y 32 grenaderos suizos. La fortaleza disponía de 40 cañones, pero el número reducido de efectivos impedía su uso efectivo. El comandante de la guarnición era Bernard‑René de Launay.
El asalto
A mediodía, una multitud armada rodeó la Bastilla exigiendo la entrega de pólvora y cañones. La guardia inició negociaciones con los representantes de los rebeldes. Alrededor de la 13:30, algunos insurgentes ingresaron a una casa adyacente y, desde allí, accedieron al recinto exterior sin vigilancia, rompiendo la cadena que retenía el puente levadizo; en el proceso, una persona quedó atrapada bajo el puente.
Los soldados dentro de la fortaleza ordenaron a la multitud retirarse y abrieron fuego cuando los insurgentes intentaron avanzar, apoyados por unidades de la Guardia Nacional y dos cañones. Las tropas cercanas no intervinieron a favor de la guarnición sitiada.
A las 17:00, Launay solicitó un alto al fuego y envió una carta con sus condiciones de rendición. Aunque sus términos no fueron aceptados, la guarnición decidió entregarse, pese a que los asaltantes no habían conseguido sus objetivos iniciales.
La rendición
A las 17:30 se abrió la puerta interior y la muchedumbre irrumpió en el interior de la Bastilla. Para entonces, 98 insurgentes y un defensor habían muerto. Launay fue arrestado, trasladado a una casa cercana y, según los relatos de la época, sufrió una violenta muerte a manos de la turba.
Posteriormente, su cabeza fue exhibida en una lanza, al igual que la de otros oficiales de la guarnición; dos grenaderos suizos y varios soldados desertores también fueron ejecutados. El alcalde de París también perdió la vida en los hechos.
Repercusiones
El día siguiente, el rey Luis XVI recibió la noticia de la caída de la Bastilla. Al preguntar si se trataba de una rebelión, su respuesta, según la tradición, fue: "No, Majestad, no es una rebelión, es una revolución".
El asalto a la Bastilla se convirtió rápidamente en símbolo de la Revolución Francesa. En realidad, la fortaleza podía haber resistido mucho más tiempo; la rendición se debió más a la escasa moral y al carácter poco combativo de su guarnición que a la fuerza del pueblo. El mito de la "ocupación" se consolidó, aunque técnicamente la Bastilla no fue tomada por la fuerza, sino entregada.
Ilustración de los insurgentes con cabezas de guardias y del alcalde empalados en lanzas (representación basada en relatos de la época).