1. Embalsamado
El embalsamado consistía en preservar el cuerpo mediante químicos y materiales que evitaban la descomposición. Los egipcios creían que el cuerpo era el recipiente del alma, por lo que debía mantenerse intacto para la vida después de la muerte.
El proceso, que podía durar hasta 40 días, era llevado a cabo por sacerdotes especialmente entrenados.
Primero se lavaba el cuerpo con agua y natron (una sal natural) para eliminar impurezas. Luego se extraían los órganos internos, que se colocaban en vasos de piedra o cerámica y se enterraban junto al cuerpo.
Después, el cadáver se rellenaba con natron y otras sustancias absorbentes para eliminar la humedad residual.
2. Momificación
Una vez embalsamado, el cuerpo se envolvía en vendas de lino en un proceso llamado momificación, que protegía al difunto en el más allá.
Las vendas se enrollaban firmemente desde la cabeza hasta los pies. Entre capas se insertaban amuletos y objetos protectores para alejar a los espíritus malignos.
3. Entierro
Con la momificación finalizada, el cuerpo se colocaba en un ataúd decorado con pinturas y jeroglíficos que narraban la vida y logros del fallecido.
El ataúd se depositaba en una tumba igualmente adornada, que contenía ofrendas funerarias como alimentos, ropa y joyas para acompañar al difunto en su viaje al más allá.