La Paz de Westfalia, firmada en 1648, puso fin a la Guerra de los Treinta Años y marcó el inicio de una profunda reconfiguración política y religiosa en Europa.
Alemania
El Sacro Imperio Romano Germánico quedó gravemente debilitado. La autoridad del emperador se redujo drásticamente y el territorio imperial se fragmentó en numerosos estados soberanos. Además, el tratado consagró el principio de cuius regio, eius religio, que permitía a cada principado decidir su religión oficial, intensificando la división confesional dentro del territorio alemán.
Suecia y Francia
Ambas naciones fueron los mayores beneficiarios de la paz. Suecia obtuvo posesiones estratégicas en el norte de Alemania, consolidándose como potencia dominante en el Báltico. Francia, por su parte, se apoderó de Alsacia y Lorena, extendió sus fronteras hasta el río Rin y adquirió territorios en los Países Bajos, reforzando su posición como potencia europea.
Los Países Bajos
Los Países Bajos lograron su independencia total con la creación de la República Holandesa, que pronto se convirtió en una potencia económica y marítima de primer orden.
Confederación Suiza
La paz reconoció la independencia de la Confederación Suiza, una unión laxa de cantones que había mantenido una relación de alianza con el Imperio, pero sin formar parte de él.
Imperio Otomano
Aunque no participó directamente en la guerra, el Imperio Otomano se benefició indirectamente. El debilitamiento del Sacro Imperio y la dinastía de los Habsburgo —tradicionales rivales otomanos— facilitó la expansión otomana en Europa y el Mediterráneo.
Impacto a largo plazo de la Paz de Westfalia
La Paz de Westfalia sentó las bases del sistema de Estados-nación modernos y del derecho internacional. Propició la decadencia del Sacro Imperio, el surgimiento de estados soberanos y una mayor fragmentación religiosa que, aunque buscaba evitar conflictos, también sembró tensiones que perdurarían durante siglos.