Jesús no modificó la religión romana. Lo que cambió fue la aparición del cristianismo, una fe basada en sus enseñanzas, que con el tiempo se desarrolló como una doctrina independiente.
Durante varios siglos, el cristianismo creció fuera del marco religioso tradicional de Roma, adoptando poco a poco su propio conjunto de creencias y prácticas, y más tarde se convirtió en la religión oficial del Imperio.