En la Edad Media los niños podían ser objeto de distintas sanciones, tanto físicas como psicológicas, según la gravedad del hecho y su edad. La forma de castigar variaba según la región, la clase social y la autoridad (padres, maestros o autoridades locales).
Castigos más habituales
1. Azotes
El azote era la pena más frecuente para faltas leves como la desobediencia o la grosería. Se utilizaba una vara, una fusta o una correa y, por lo general, lo aplicaba el propio padre o el maestro.
2. Flagelación
Para delitos más graves –robo, vandalismo o agresión– se recurría a la flagelación. El niño era golpeado con un látigo o una fusta, a menudo en público, y la intensidad dependía de la falta cometida.
3. Encarcelamiento
En algunos casos se confinaba al menor en una mazmorra, torre o cualquier recinto penitenciario, sobre todo cuando se consideraba un peligro para sí mismo o para los demás.
4. Ahogamiento
Como medida extrema, se sumergía al niño en un río, lago o estanque. Este castigo se reservaba a crímenes muy graves, como asesinato o supuesta brujería.
5. Mutilación
En situaciones excepcionales se recurría a la mutilación: amputación de manos, orejas o la nariz. Además de castigar, buscaba servir de advertencia a la comunidad.
6. Vergüenza pública
Se obligaba al niño a portar carteles o a desfilar por la calle, con el fin de humillarlo y disuadir a otros de cometer la misma falta.
7. Otros castigos
Incluían permanecer en una esquina, sentarse en una silla de ahogamiento, la privación de alimentos o de privilegios, y trabajos forzados.
Es importante subrayar que la noción de infancia y el trato a los menores variaba enormemente a lo largo de la Edad Media; ninguno de estos castigos se aplicó de forma universal ni constante en todas las culturas y regiones.