División del Imperio después de Teodosio I
Con la muerte de Teodosio I en 395 d.C., el Imperio romano se partió de forma definitiva en dos entidades: el Imperio Romano de Occidente y el Imperio Romano de Oriente.
Factores del declive occidental
Durante los siglos siguientes, Occidente sufrió una serie de problemas – inestabilidad política, crisis económica, debilidad militar y constantes invasiones bárbaras – que culminaron en su colapso.
Aspirantes al trono
El principal motor de la desintegración fue la aparición de rivales al poder. Tras la muerte de Teodosio, sus hijos Arcadio y Honorio heredaron los tronos oriental y occidental respectivamente, pero no fueron los únicos pretendientes. El general Flavio Stilicho, que había sido nombrado cónsul y regente, y el usurpador Constantino III, proclamado emperador por sus tropas en el norte de África, también reclamaron el título imperial.
Estos enfrentamientos internos debilitaron aún más la autoridad central y dificultaron la defensa frente a los pueblos germánicos.
Caída de Occidente y continuas disputas
En 476 d.C., el líder bárbaro Odoacro depuso al último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo, poniendo fin al Imperio occidental. Sin embargo, la disputa no cesó. El emperador bizantino Zenón se consideró legítimo gobernante de todo el imperio, pero fue desafiado por el rey ostrogodo Teodorico el Grande.
Estas luchas de poder persistieron hasta el siglo VI, cuando Justiniano I logró, al menos nominalmente, reunificar el territorio bajo su autoridad.