Preparación del cuerpo
Tras el fallecimiento, el cuerpo se lavaba con agua y natrón (un compuesto salino) para limpiarlo y deshidratarlo.
Se extraían los órganos internos, salvo el corazón, a través de una incisión lateral y se guardaban en vasos canópicos. El cerebro se retiraba, generalmente, por la nariz con instrumentos especiales.
Desecación
El cadáver se cubría con natrón o sal para absorber la humedad. Este proceso duraba alrededor de 40 días, dejando los tejidos deshidratados y preservados.
Embalsamado
Una vez desecado, se aplicaban resinas, aceites y ungüentos para impedir la descomposición. También se utilizaban especias aromáticas y hierbas para enmascarar el olor y favorecer la conservación.
Envoltura de la momia
Después del embalsamado, el cuerpo se cubría con varias capas de vendajes de lino. La envoltura comenzaba por la cabeza y descendía gradualmente, cubriendo todo el cuerpo. Los vendajes se enrollaban meticulosamente siguiendo un patrón específico y, a menudo, contenían amuletos o plegarias de protección para el más‑allá.
Amuletos y joyas
Entre las capas se insertaban amuletos de piedras preciosas, oro o faience para brindar protección espiritual y garantizar un tránsito seguro al más‑allá. También se incluían joyas—collares, pendientes y anillos—como símbolo de estatus y para adornar al difunto.
Revestimiento final
Con la envoltura terminada, la momia se colocaba en un ataúd, a menudo ricamente decorado con pinturas e inscripciones. El ataúd ofrecía una protección adicional y simbolizaba la transición del fallecido al mundo de los muertos.
Todo el proceso era realizado por sacerdotes especializados, conocidos como embalsamadores, quienes gozaban de gran respeto por su habilidad para preservar los cuerpos eternamente. Estas rituales reflejaban la profunda creencia egipcia en la necesidad de conservar el cuerpo físico para la vida después de la muerte.