Julio César no era un héroe perfecto. Sufría de calvicie, lo que le provocaba una gran inseguridad, y trataba de ocultarlo con una especie de «cortina» y con la corona cívica. También se cree que padecía epilepsia, lo que afectó su salud. Ya no era un hombre joven y lo sabía. Su ascenso fue lento: nació en una familia noble pero sin grandes recursos económicos, fue perseguido por Sila y su carrera política y militar tardó en despegar. Lloró frente a la estatua de Alejandro Magno en el templo de Hércules en Gades porque, a la edad del fallecimiento del macedonio, aún no había logrado nada comparable. Más tarde, su carrera tomó impulso, se alió con Pompeyo y Craso formando el triunvirato, conquistó la Galia y ganó la guerra civil que le permitió convertirse, de facto, en el dueño de Roma.
Sin embargo, la inmortalidad no existía. En un desfile triunfal (aunque los datos son confusos) el propio imperador recibió la advertencia de que su final se acercaba. El 15 de marzo del 44 a.C., en medio de la República, fue apuñalado hasta la muerte. Los detalles exactos se pierden entre el paso del tiempo y la escasez de fuentes contemporáneas; la mayoría de los relatos provienen de autores posteriores como Apiano, Suetonio, Plutarco o Dion Casio, que se basaron en obras de Cicerón o de Nicolás de Damasco.
Los presagios de los idus de marzo abundan: el haruspex Espurina, el sueño ominoso de su esposa Calpurnia, los caballos sagrados que lloraban, e inscripciones proféticas en tumbas destruidas. Algunos de estos relatos parecen añadidos posteriores. La conspiración fue, en gran medida, una consecuencia del propio comportamiento de César: había instaurado una dictadura perpetua y circulaban rumores de que deseaba ser proclamado rey. Suetono cita al propio César diciendo que «la República no es más que un nombre sin cuerpo ni figura».
Oposición y conspiración
A diferencia de su sucesor Augusto, César no dominaba la propaganda con la misma maestría, pero sabía que todo tenía un límite. No podía ignorar el profundo sentido romano de libertad. El Senado aprobó la dedicación de un templo a la Libertas en su honor y se erigió una estatua de la diosa en el foro. La construcción de un nuevo foro y el templo a Venus Genetrix recordaban la supuesta ascendencia divina de los Julio, descendientes de Eneas y, por ende, de la propia Venus. César trató de presentarse como liberador y fundador providencial de Roma, adoptando la imagen de un monarca helenístico con tintes de divinidad.
Sin embargo, matar a un «dios» es posible. La oposición no escaseaba y, en la conspiración, participaron más de sesenta senadores. Los tres líderes principales provenían del círculo cercano de César. El primero, Cayo Casio Longino, había sido partidario de Pompeyo, pero fue indultado por César, que siguió impulsando su carrera. El segundo, Marco Junio Bruto, amigo íntimo de César, había luchado a su lado en la Galia y en la expedición a Britania; de hecho, se consideraba uno de sus herederos, aunque su familia había apoyado a Pompeyo y a los optimates. El tercer conspirador, conocido como Décimo Junio Bruto, también había sido beneficiado por César. La sospecha de una relación entre César y Servilia, madre de Bruto, se difundió como rumor infundado; César apenas tenía quince años cuando Bruto nació.
Tanto Bruto como Casio descendían de Lucio Junio Bruto, legendario fundador de la República que participó en la caída del último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio. Su paralelismo con César no pasó desapercibido para los contemporáneos. Suetonio relata que pintaron a los conspiradores en la estatua de Lucio Junio Bruto deseando que viviera, mientras que en la estatua de César los acusaron de pretenderse rey. Cicerón, en su segunda filípica, criticó a Antíoco por haber ofrecido una corona a César en las Lupercales, que este rechazó, y señaló la contradicción de que quien la puso viva mientras quien la rechazó ha sido asesinado. Nicolás de Damasco, más escéptico, sostuvo que la verdadera causa de la conspiración fue la sed de poder, no la defensa de la República.
Los idus de marzo
Los conspiradores eligieron el 15 de marzo, día de la reunión del Senado en la curia de Pompeyo, para ejecutar su plan. Esa mañana César se sentía indispuesto y Calpurnia le suplicó que no asistiera al Senado, revelando su angustiante presentimiento. Para persuadirlo, Décimo Bruto le habló de la importancia de la cita. César aceptó, confiado en la compañía de sus supuestos amigos. En el camino, el filósofo Artemidoro de Cnido intentó entregarle una carta que advertía sobre la conspiración, pero César no la leyó. También se cruzó con Espurina, el augur que había intentado, sin éxito, impedirle acudir.
Al entrar en la curia, los conspiradores se agruparon a su alrededor fingiendo respeto. Tulio Cimbro se acercó con una petición, fue rechazado y, al instante, le agarró de los hombros. Entonces Servilio Casca le asestó el primer puñal en el cuello, señal que activó al resto. César recibió veintitrés puñaladas; con presencia de ánimo cubrió su rostro con la toga y murió como había vivido: sin temor.
Irónicamente, el dictador cayó a los pies de la estatua de Pompeyo, su rival histórico. El vacío de poder desencadenó una nueva ola de guerras civiles que, al final, consumieron la República y dieron paso al principado de Augusto, quien supo capitalizar el legado de su tío abuelo y transformar Roma en un imperio que perduraría más allá de los límites temporales y geográficos.
Bibliografía
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- Yavetz, Z. (1983). Julius Caesar and His Public Image. London: Thames and Hudson.