Mary Anning nació en 1799 en Lyme Regis, una pequeña localidad costera del sur de Inglaterra, en plena era victoriana. En esa época la evolución era un concepto desconocido y los fósiles y dinosaurios recién empezaban a despertar la curiosidad del público, como restos de criaturas gigantes y extrañas que parecían pertenecer a un mundo anterior al Diluvio.
Ser mujer le cerró las puertas de universidades, sociedades científicas y del mundo académico; además, no tenía derecho al voto. Provenía de una familia pobre y dissidente religiosamente, en medio de una grave escasez de alimentos que obligaba a destinar la mayor parte de los ingresos familiares a la supervivencia. Su madre perdió a ocho de sus diez hijos y su padre, para complementar los escasos recursos, empezó a recolectar fósiles y venderlos a los turistas que visitaban la zona, famosa por sus aguas terapéuticas.
Una vocación temprana
Desde muy pequeña Mary acompañó a su padre en la recolección de fósiles, a la edad de cinco o seis años, cuando lo normal habría sido que permaneciera en casa ayudando a su madre. Tras la muerte de su padre, cuando ella apenas tenía once años, decidió continuar vendiendo los fósiles; su hermano la asistía trabajando como ayudante de tapicero.
La costa que les brindaba acceso a la geología del Jurásico inglés también era peligrosa: los acantilados, como el famoso Black Ven, eran resbaladizos e inestables. El propio padre de Mary murió tras una caída que le dejó graves secuelas, y su perro, fiel compañero en las excursiones, murió en un derrumbe de tierra. Estas tragedias la marcaron profundamente, y ella misma escribió en una carta que en el último caso estuvo a solo un instante de sufrir el mismo destino.
Mary poseía una aguda capacidad de observación y aprendía rápidamente. No solo recolectaba fósiles, sino que también se dedicaba a su conservación y documentación: los dibujaba, los clasificaba y ordenaba el conocimiento que adquiría. Gracias a ello, descubrió el primer esqueleto completo de un ictiosaurio (cuando aún era una niña) y el del primer plesiosaurio, reconoció que los coprolitos eran heces fosilizadas, describió las bolsas de tinta de los belemnitas y encontró el primer esqueleto de pterosaurio fuera de Alemania. Incluso escribió a The Magazine of Natural History para corregir un artículo sobre tiburones fosilizados basándose en sus propios hallazgos y formuló teorías sobre la evolución y la extinción mucho antes de Darwin.
Una carrera frustrada
Mary estableció redes de amistad con otras paleontólogas aficionadas, como Elizabeth Philpot, y pronto geólogos comenzaron a interesarse por sus descubrimientos, comprando fósiles y consultándola sobre teorías. Con mucho esfuerzo logró abrir una tienda permanente, dejando atrás la pequeña mesa donde vendía como niña.
En su tienda recibió visitas de personajes como Gideon Mantell, descubridor del Iguanodón, y fue descrita por Ludwig Leichhardt como “la princesa de la paleontología”. Sin embargo, a excepción de la carta mencionada, Mary nunca publicó formalmente sus hallazgos; la mayor parte de sus notas permanecen en cuadernos. Los geólogos se apropiaron de sus descubrimientos, les pusieron su nombre y publicaron sus teorías sin reconocerla, aunque en privado admitían su autoridad.
La explotación también fue económica. Henry Hoste Henley compró un esqueleto de ictiosaurio por £23, una suma importante para la familia pero muy por debajo de su valor real, y luego lo revendió con gran beneficio. No obstante, algunos geólogos y coleccionistas actuaron como mecenas, organizando ventas benéficas de fósiles y litografías, como la famosa Duria Antiquior, para ayudar a la familia en los momentos más duros. Poco antes de su muerte, la British Association for the Advancement of Science y la Geological Society of London le concedieron una pensión, aunque nunca la admitieron como miembro (la Sociedad no aceptó mujeres hasta 1904).
Mary falleció en 1847 a causa de un cáncer de mama. El laudanum que utilizaba para aliviar el dolor la hizo ser percibida como alcohólica por sus vecinos, empeorando su situación. Murió sin llegar a los 50 años, y su verdadero reconocimiento llegó mucho tiempo después. La Royal Society of London la incluyó entre las diez mujeres británicas más importantes en ciencia, aunque la propia sociedad no admitió mujeres hasta 1945.
La doble discriminación por género y clase impidió que Mary Anning disfrutara de la carrera brillante que habría tenido un hombre. Murió el 9 de marzo, un día después del futuro Día Internacional de la Mujer, recordándonos a todas aquellas Mary Anning que nunca vieron reconocidos sus logros.
Bibliografía
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Goodhue, Thomas (2004). Fossil Hunter: The Life and Times of Mary Anning, 1799–1847. Bethesda: Academic Press.
Gould, Stephen Jay & Purcell, Rosamund Wolfe (1992). Finders, Keepers: Eight Collectors. New York: Norton.
Pierce, Patricia (2006). Jurassic Mary: Mary Anning and the Primeval Monsters. Stroud: Sutton Publishing.