Encuentro fortuito en el tren
La historia comienza con un encuentro casual a bordo de un tren de Surrey a Londres, probablemente en 1854, aunque ninguno de los dos protagonistas reveló la fecha exacta.
Una amistad basada en la geología
Joseph Prestwich y John Evans eran empresarios (Prestwich comerciaba con vino y Evans con papel), pero compartían una pasión desbordante por la geología. En los vagones del tren debatían animadamente sobre rocas y, para Evans, sobre arqueología, sentando las bases de una amistad que duraría cuarenta años, hasta la muerte de Prestwich.
El dúo que revolucionó la arqueología
Juntos formarían una de las parejas más célebres de la historia de la arqueología. En 1859, seis meses antes de la publicación de El origen de las especies de Darwin, aportaron pruebas concluyentes de la antigüedad del hombre, demostrando que la humanidad había existido miles de años antes de lo que la tradición bíblica sostenía.
Contexto de descubrimientos previos
Diez años antes, Austen Henry Layard excavó Nínive y descubrió los tablones de arcilla que contenían el Poema de Gilgamesh, traducido en 1872 por George Smith y que también sacudió la visión bíblica de la historia.
En 1859, Prestwich y Evans, acompañados por el geólogo Charles Lyell, visitaron los depósitos de Abbeville, en Francia. Un siglo antes, John Frere había encontrado bifaces y hachas de pedernal en esos mismos estratos, junto a fósiles de animales extintos, pero sus ideas fueron ignoradas porque la mentalidad pre‑darwinista no aceptaba que herramientas tan primitivas pudieran ser obra de hombres muy antiguos.
Posteriormente, entre 1836 y 1846, Boucher de Perthes siguió los pasos de Frere, comprando piezas en las terrazas del Somme y concluyendo que también eran de gran antigüedad. Sin embargo, carecía de pruebas in situ y fue ridiculizado incluso por Darwin.
La prueba definitiva
Según James Sackett, la dificultad de que la Academia Francesa aceptara los hallazgos de Perthes radicaba menos en la evidencia y más en la forma en que él la interpretó y la presentó. No bastaba con ser un autodidacta excéntrico.
Prestwich y Evans sabían qué buscar: una herramienta de pedernal incrustada en un contexto geológico sin alteraciones, al nivel de los huesos de mamuts y otros animales extintos.
El 27 de abril de 1859: Saint‑Acheul
Ese día recibieron un telegrama que anunciaba el hallazgo de un hacha de pedernal en Saint‑Acheul, cerca de Amiens. Tomaron el primer tren y, al atardecer, ya estaban en el sitio.
Fotografías muestran a Prestwich y Evans examinando el hacha in situ, acompañados de testigos científicos. Fue la primera vez que la fotografía se utilizó en un descubrimiento arqueológico prehistórico.
El espécimen se perdió entre los numerosos bifaces y hachas descubiertos en los años siguientes. No fue hasta que los profesores Clive Gamble y Robert Kruszunski, basándose en las notas de Prestwich, lo identificaron en la colección del Museo de Historia Natural de Londres, casi 150 años después.
Importancia y legado
Hoy se considera la herramienta de piedra más importante para establecer la edad geológica de la humanidad. Por primera vez, se demostró que el hombre había vivido hace más de 6 000 años y que coexistió con mamuts durante la última edad de hielo, hace unos 400 000 años.
Posteriormente se hallaron herramientas de hasta 2,5 millones de años, pero aquel pequeño hacha marcó el comienzo de una nueva era en la arqueología.
Prestwich siguió realizando descubrimientos geológicos y, tras su muerte en 1896, su vasta colección de fósiles y artefactos fue donada al Museo de Historia Natural de Londres, donde se exhibe todavía.
John Evans se convirtió en la máxima autoridad europea en herramientas líticas, publicando Ancient Stone Implements (1872), considerado el tratado fundamental del tema. Presidió la Geological Society of London, fue miembro del Institut Français y falleció en 1908. Su hijo, Arthur John Evans, continuó su legado al descubrir el palacio minoico de Knossos en Creta.