Una arqueología distinta a la del cine
Si algo caracteriza a la arqueología es el cuidado minucioso con el que se trata cada sitio. La herramienta más simple, un pincel, se convierte en protagonista, y el arqueólogo pasa horas bajo el sol separando centímetros de arena para que ningún fragmento, por pequeño que sea, se pierda. La realidad, entonces, contrasta con la imagen fantástica que proyectan las películas: la verdadera aventura está en el lento proceso de descubrimiento.
Los orígenes de la arqueología y el contexto de Ferlini
En la primera mitad del siglo XIX la arqueología emergía como ciencia auxiliar de la historia. Aunque el interés por el pasado es antiguo, fue durante el Renacimiento cuando se revivió la Antigüedad clásica mediante la recuperación e imitación de su arte. Figuras como Brunelleschi, Miguel Ángel o Domenico Fontana participaron en excavaciones que sacaron a la luz el famoso grupo escultórico El Laocoonte y sus hijos y las ruinas de Pompeya.
En los siglos siguientes, la fascinación por los restos antiguos se volvió una moda coleccionista. Tras el descubrimiento de Herculano por Johann Joachim Winckelmann, considerado el padre de la arqueología, el impulso se disparó: Napoleón llevó una comisión científica a Egipto y surgieron los llamados «gabinetes de curiosidades». En ese ambiente de euforia egipcia, Giuseppe Ferlini encontró su lugar.
Primeros años y llegada a Egipto
Nacido en Bolonia en 1797, Ferlini abandonó la casa familiar para escapar de una imposible convivencia con su madrastra. Tras pasar por Venecia y Corfú, donde estudió medicina, llegó en 1817 a Albania, entonces parte del Imperio Otomano, y se incorporó al ejército como médico, aunque sin título oficial.
Tras participar en la guerra de independencia griega y huir de la derrota frente a Ibrahim Pasha, Ferlini se trasladó a Egipto en 1829. Allí, el virrey Mehmet Ali buscaba modernizar su administración y necesitaba técnicos europeos; el italiano se incorporó como asistente médico y, al año siguiente, como doctor principal de un batallón de infantería.
Exploraciones en Sudán y el despertar del oro
El regimiento fue enviado a Sennar, capital del sultanato homónimo, en el sudeste de Sudán, a orillas del Nilo Azul. El viaje de cinco meses lo llevó por lugares como Jartum y Wadi Halfa, ricos en restos arqueológicos, y despertó en él una profunda curiosidad por las civilizaciones antiguas.
Después de una dura estancia en un hospital de campaña, fue trasladado a Jartum, donde conoció al gobernador Curschid. Juntos realizaron varias expediciones por Nubia en busca de oro, lo que motivó a Ferlini a pensar que los tesoros de los faraones aún estaban enterrados bajo la arena.
La expedición a Meroe y la destrucción de pirámides
En 1834, Ferlini organizó una expedición a Meroe, la capital del Reino Meróico, financiada en parte por el comerciante albanés Antonio Stefani. El grupo, compuesto por los dos italianos, sus esposas, unos treinta sirvientes, cientos de cargadores y varios caballos y dromedarios, partió en agosto.
Los primeros intentos resultaron infructuosos: no lograron abrir un templo semienterrado y dejaron atrás un enorme obelisco por su tamaño. Las enfermedades empezaron a diezmar a los trabajadores y al ganado.
Desesperado, Ferlini decidió atacar las pirámides de Meroe. A diferencia de las gigantescas pirámides egipcias, las meróicas son pequeñas (no superan los 30 m) y poseen un ángulo más pronunciado. Tras localizar unas cuarenta y siete en el área de Es‑Sour, contrató a quinientos obreros locales y les ordenó demolerlas con pico y pala.
El hallazgo del sarcófago y el tesoro
Al ver que la demolición no había producido nada, Ferlini escogió la pirámide más grande (la N6) y, en lugar de abrirla lateralmente, la desmanteló de arriba hacia abajo. Esa decisión reveló un sarcófago vacío, pero acompañado de un ajuar funerario que, según los estudios actuales, pertenecía a la reina Amanishakheto (reinó entre el 15 a.C. y el 1 d.C.).
Dos semanas después apareció una cámara secreta decorada con exquisitos relieves y una colección de objetos, mayormente de bronce, aunque también había piezas de oro y plata. Temiendo la lealtad de los obreros, Ferlini mantuvo los hallazgos en secreto.
Finalmente, los sirvientes alertaron a Ferlini y a Stefani de una posible traición. Cargaron en camellos una docena de brazaletes de oro, plata y bronce, dieciséis escarabajos de oro esmaltado, numerosos anillos, cruces, collares y figurillas de piedra, y escaparon hacia el Nilo. Navegaron hasta la Quinta Catarata y, desde allí, Ferlini regresó a El Cairo para presentar su informe al virrey.
Repercusión del hallazgo y legado
El informe, ampliado y publicado en 1836 bajo el título Nell’interno dell’Africa 1829‑1835, describía los tesoros que fueron repartidos entre museos europeos, principalmente los de Berlín y Múnich, tras ser validados por el egiptólogo alemán Karl Richard Lepsius. El Museo Británico, sin embargo, los consideró falsos y no aceptó ninguna pieza.
Giuseppe Ferlini murió en Bolonia a finales de 1870 y fue enterrado en la Certosa di Bologna, donde reposan también Farinelli, los fundadores de Maserati y Ferruccio Lamborghini, Letizia Murat e Isabella Colbran. Hoy su nombre apenas se recuerda, y su fama se reduce a una frase: destruyó cuarenta pirámides en busca de oro.