En honor al dios Sol, los aztecas exhibían las cabezas de sus víctimas decapitadas. Un impresionante ejemplo de esta práctica fue descubierto bajo una de las calles adyacentes a la Catedral de la Ciudad de México.
Los restos se hallaron a dos metros de profundidad, sobre una plataforma de 13 m de largo por 6 m de ancho que funcionaba como un tzompantli, el famoso “estante de cráneos” azteca.
Víctimas
Treinta y cinco cráneos humanos, incrustados en una capa de mortero de cal, forman un relieve macabro que recuerda los relatos del fraile franciscano Bernardino de Sahagún, quien en el siglo XVI describió la pestilencia y los enjambres de moscas que rodeaban estos monumentos.
Un "ábaco" de cráneos
Los cráneos pertenecían a cautivos sacrificados en honor al Sol. Tras extraer el corazón, los aztecas decapitaban a la víctima y retiraban piel y músculos, dejando solo la articulación temporomandibular. En la simbología azteca, los tzompantli eran considerados “árboles de calaveras”. Un mito guatemalteco relata que la hija del dios de la muerte recibía una sustancia de estos cráneos que le permitía engendrar al Sol y a la Luna.
Lejos de ser meros instrumentos de terror, estas estructuras formaban parte de un complejo ceremonial cuyo objetivo era alimentar al Sol y garantizar la prosperidad y la continuidad de la sociedad.
Los arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) continuarán excavando este tzompantli, que se considera el más grande hallado en la Ciudad de México. "Cientos de cráneos aún están por descubrir", asegura el director del Laboratorio de Arqueología de las Américas del CNRS, Grégory Pereira.
Este artículo está basado en la edición n.º 824 de la revista Sciences et Avenir (octubre 2015). Encuentra el número completo al final de esta página.