Abandonada por los arqueólogos durante la cuarentena, la ciudad arqueológica peruana de Caral, cuna de una civilización de 5 000 años, ha sido invadida por campesinos que reclaman la tierra.

Una vivienda precaria, erigida ilegalmente por campesinos en el sitio arqueológico de Caral, en Supe, Perú, el 13 de enero de 2021.
Caral también sufre las consecuencias de la pandemia de COVID‑19: al quedar desierta durante el confinamiento, fue ocupada por trabajadores rurales que sembraron y construyeron cabañas de bloques y paja. La directora científica, Ruth Shady, ha recibido amenazas.
«Es un orgullo de Perú, una civilización imponente que floreció hace más de 5 000 años»
La ciudad sagrada ocupa 66 ha, dominada por siete pirámides de piedra, en medio del desierto, a 182 km al norte de Lima y a unos 20 km de la costa del Pacífico. Cabañas de bloques y paja se ven ahora en el sitio. Estas ocupaciones ilegales comenzaron durante el confinamiento decretado entre marzo y junio de 2020, según informó un equipo de arqueólogos a la AFP.
«Los aldeanos ocupan el sitio, que es propiedad del Estado, y utilizan la tierra para sembrar», explica Daniel Mayta, investigador de 36 años, quien no oculta su preocupación por el peligro que corre la ciudad, declarada Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 2009.
«Estamos muy preocupados y nos sentimos impotentes ante la posibilidad de perder todos estos rastros del pasado. Es un orgullo de Perú, una civilización imponente que floreció hace más de 5 000 años», añade Ricarte Morocho, abogado del sitio.

La ciudad sagrada de Caral‑Supe (AFP – Nicolás Ramallo)
La civilización Caral, que prosperó entre 3000 y 1800 a.C., es la más antigua de América. Contemporánea de las civilizaciones mesopotámica y egipcia, surgió en esta árida meseta 45 siglos antes de los incas.
Aprovechando la ausencia de arqueólogos y la escasa presencia policial durante el confinamiento, los ocupantes se adueñaron de diez hectáreas del sitio, construyeron chozas precarias y sembraron frutales y porotos.
«Seguimos procedimientos legales y negociaciones para alcanzar un acuerdo, pero las familias se niegan. Les hemos dicho que es Patrimonio Mundial y que lo que hacen es punible con prisión», señala Daniel Mayta.
«Nos van a matar»
Ruth Shady, directora científica del sitio y arqueóloga que lidera las excavaciones desde 1996, asegura que detrás de los ocupantes hay traficantes de tierras.

Vista del anfiteatro del complejo arqueológico de Caral en Supe, Perú, 13 de enero de 2021 (AFP – Ernesto Benavides)
«Recibimos amenazas de personas que se aprovechan de la pandemia para ocupar sitios arqueológicos. Construyen ilegalmente, circulan vehículos pesados y destruyen todo a su paso», explicó a la AFP.
«Un día llamaron a nuestro abogado y le dijeron que nos iban a matar a él y a mí y que nos enterrarían a cinco metros bajo tierra», denunció la ex directora del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú.
Ruth Shady, de 74 años, lleva 25 años trabajando en Caral para reconstruir la historia de esta civilización. Le interesa especialmente la técnica antisísmica empleada en sus construcciones, que ha permitido que edificaciones de 5 000 años sigan en pie.
Los edificios tenían, en su base, cestas llamadas “shicras” rellenas de piedras, que disipaban los movimientos telúricos y evitaban el colapso, explica la investigadora.

Arqueóloga en el sitio arqueológico de Caral, Supe, Perú, 13 de enero de 2021 (AFP – Ernesto Benavides)
Las amenazas obligaron a Ruth Shady a vivir bajo protección en Lima. La semana pasada, el gobierno peruano le otorgó la Orden del Mérito por sus servicios a la nación.
«Hacemos todo lo posible para que ni su salud ni su vida estén en riesgo por las amenazas que reciben», afirmó el presidente peruano Francisco Sagasti durante la ceremonia de entrega.
Al igual que otros sitios arqueológicos del país, Caral reabrió al turismo en octubre, aunque la afluencia sigue siendo escasa por las secuelas de la pandemia.