A primera vista, después de más de tres siglos marcados por oleadas de peste, se esperaría que los europeos hubieran aprendido a frenar la transmisión. Sin embargo, un estudio demuestra lo contrario: en el siglo XVII la enfermedad se propagó cuatro veces más rápido que en el siglo XIV.

La Yersinia pestis, bacteria responsable de la peste, ha acompañado al ser humano desde la Antigüedad tardía, con brotes notables como la peste de Justiniano en el siglo VI. El evento que marcó el inicio de la llamada "segunda pandemia" fue la Peste Negra de 1348, que diezmó más de un tercio de la población europea y se extendió también a Asia y el norte de África.
London, un caso paradigmático
La capital inglesa es una de las ciudades mejor documentadas. Según un estudio publicado en Nature (2017), Londres sufrió 132 brotes de peste a lo largo de varios siglos. Cada epidemia del siglo XVII habría cobrado el 20 % de la población, mientras que la de 1348 habría matado al 30 % de sus habitantes.
Un equipo liderado por el profesor David Earn (Universidad McMaster) analizó registros de mortalidad, actas parroquiales y testamentos de Londres. Descubrieron que la tasa de duplicación de casos pasó de aproximadamente 43 días en el siglo XIV a solo 11 días en el siglo XVII, es decir, la enfermedad se propagó cuatro veces más rápido.
¿Un modo de transmisión distinto?
Los investigadores están "muy sorprendidos" por la diferencia y proponen que el modo de transmisión cambió. En el siglo XIV la transmisión estrictamente neumónica parece poco probable, mientras que en el siglo XVII no se puede descartar ninguna vía. Factores como mayor densidad poblacional, condiciones de vida precarias y climas más fríos podrían haber acelerado la propagación.

Se distingue entre la peste bubónica (transmisión por pulgas infectadas) y la neumónica (por vía respiratoria). El estudio enfatiza la necesidad de más análisis para confirmar cuál predominó en cada época.
Fuentes históricas: registros parroquiales y testamentos
Para reconstruir la dinámica epidémica, el equipo utilizó tres fuentes: los "London Bills of Mortality" (estadísticas semanales de fallecimientos desde 1592), los registros parroquiales de enterramientos y los testamentos personales, que antes de finales del siglo XVI eran la única evidencia disponible.
Earn explica que los testamentos se redactaban cuando la gente sentía que su muerte era inminente, por lo que sus fechas sirven como indicadores de la propagación del miedo y de la enfermedad. Tras digitalizar más de 1 100 testamentos del siglo XIV, los autores hallaron tasas de crecimiento coherentes con los datos de mortalidad del siglo XVII.
Lecciones para la actualidad
En plena pandemia de COVID‑19, comprender cómo un mismo patógeno puede variar su velocidad de propagación en diferentes contextos resulta crucial. Factores como densidad poblacional, estructura social, entorno y clima influyen significativamente en la velocidad de crecimiento epidémico.