Un nuevo examen de los esqueletos hallados en el sur de Egipto revela que los primeros episodios de violencia no fueron eventos aislados. Los investigadores afirman que la convivencia de varios grupos culturales en el mismo entorno favoreció los conflictos.

Situado en la frontera entre Egipto y Sudán, el yacimiento de Jebel Sahaba alberga el cementerio más antiguo del Valle del Nilo. Desde su descubrimiento en 1964, las marcas de heridas en los huesos han atestiguado enfrentamientos armados. Hasta hace poco, se pensaba que una única batalla explicaba las víctimas encontradas. Sin embargo, un estudio dirigido por un equipo francés y publicado el 27 de mayo de 2021 en Scientific Reports plantea una visión distinta.
El análisis de los restos óseos muestra que, de los 61 individuos exhumados, aproximadamente dos tercios presentaban lesiones causadas en combate, mayormente por proyectiles. El sitio, fechado entre 13 400 y 18 600 años, corresponde al Pleistoceno Superior, al final del Paleolítico.
Las heridas en los huesos
Los investigadores identificaron lesiones curadas y otras recientes, lo que indica episodios violentos sucesivos. Una cuarta parte de los cuerpos muestra simultáneamente heridas ya cicatrizadas y otras que aún no habían sanado, evidenciando que los entierros no fueron simultáneos.
Isabelle Crèvecoeur, paleoantropóloga del CNRS y autora principal del estudio, explicó: «El re‑examen de los huesos permitió identificar nuevas lesiones, entre ellas fragmentos microscópicos de sílex incrustados en los cortes curativos». Durante más de seis años, Crèvecoeur y su colega Marie‑Hélène Dias‑Meirinho, de la Universidad de Toulouse‑Jean Jaurès, trabajaron en el British Museum de Londres para aplicar técnicas modernas, como el análisis microscópico y la arqueología experimental (pruebas de armas de piedra contra animales).

Estos métodos permitieron distinguir marcas de penetración de lanzas o flechas de otras incisiones producidas durante la preparación funeraria. El conjunto de más de cien lesiones ayuda a reconstruir una escena de frecuentes escaramuzas, emboscadas o incursiones entre grupos diferentes, más que una única ola de violencia intensa.

El estudio sugiere que la violencia estaba estrechamente vinculada a cambios climáticos y culturales.
Conflictos ambientales y culturales
El final del Pleistoceno estuvo marcado por una fuerte aridificación de las regiones cercanas al Nilo. Los cazadores‑recolectores que habitaban las riberas se vieron obligados a concentrarse en áreas más pequeñas, incrementando la densidad poblacional y la competencia por alimentos y agua.
«Frente a la aridez, las poblaciones tuvieron que reunirse; no contábamos con un entorno extremadamente rico, salvo los recursos del Nilo», señaló Crèvecoeur. Además, los grupos diferían en sus técnicas líticas, utilizando herramientas de forma distinta aunque con la misma función. Estas diferencias culturales intensificaron la rivalidad y facilitaron los enfrentamientos.
Así, hace más de diez mil años, la humanidad ya resolvía sus problemas mediante la violencia.
Por Edwyn Guérineau