Los cazadores‑recolectores adaptaban sus refugios al clima, los recursos disponibles y su modo de vida nómada o sedentario.
Cuevas y refugios rocosos
Las cuevas naturales y los aljibe de roca ofrecían protección contra los elementos y los depredadores. Solo necesitaban mínimas mejoras, como capas de hojas o pieles de animales para aislar.
Toldos y tiendas
Se construían con pieles de animales, corteza o fibras vegetales tejidas. Eran ligeras, desmontables y fáciles de reinstalar durante las migraciones, proporcionando resguardo contra la lluvia, el viento y el sol.
Cabañas
Se erigían con madera, ramas, hojas y barro. Pueden ser temporales o más permanentes, según la duración de la estancia en un lugar.
Casas excavadas
Se cavaban en el suelo y se cubrían con techos de ramas, hierba o pieles. Aislaban del frío extremo y eran habituales en regiones de bajas temperaturas.
Refugios a dos aguas
Consistían en una estructura simple de ramas o postes apoyados contra un árbol o soporte natural, cubiertos con hojas, corteza o pieles para proteger del viento y la lluvia.
Igloos
Domos construidos con bloques de nieve compactada, utilizados principalmente por los inuit en el Ártico para resistir los duros inviernos.
Casas comunales largas
Grandes viviendas compartidas por varias familias o toda la comunidad, generalmente de madera y de considerable amplitud.
Plataformas arbóreas
Algunas tribus fabricaban plataformas en los árboles para dormir y almacenar objetos, lo que ofrecía seguridad frente a los depredadores.
Refugios semi‑subterráneos
Construidos excavando en laderas o riberas de ríos, ofrecían protección contra los elementos y eran típicos de ciertas tribus nativas americanas.
Chozas de corteza
Hechas con láminas de corteza, a menudo con forma cónica, servían de refugio durante las migraciones.
Estos tipos de refugio varían según la región y la cultura, adaptándose a las condiciones ambientales y a las prácticas de caza y recolección.