El cañón tal como lo conocemos fue una invención desarrollada en Europa en 1313 por Berthold Schwarz (un monje alemán), tres siglos después de la invención de la pólvora por los chinos. Más tarde, un tal Bonaparte se atrevería a explotar el cañón como fuerza de apoyo móvil para los ataques de infantería y lo convertiría en una de sus piezas clave en la conquista de Europa.
La invención del cañón
Los primeros cañones utilizaban cargas de pólvora para disparar bolas de piedra o de metal. Hasta el siglo XIX, eran tubos metálicos lisos cargados por la boca (siglos XIV‑XV), apuntados manualmente; el retroceso se absorbía con el movimiento hacia atrás del carro. Las armas modernas, cargadas por la recámara (en la parte trasera del cañón), constan de un tubo de acero forjado con estrías helicoidales que imprimen un movimiento giratorio al proyectil, mejorando la precisión y el alcance. El carro está equipado con sistemas de absorción de retroceso y de retorno a la posición de disparo. Los dispositivos de elevación y desplazamiento permiten apuntar manual o eléctricamente, e incluso de forma totalmente automática, con seguimiento de blancos mediante radar.
La munición incluye proyectiles de alto explosivo, de antitanque, de humo, de iluminación o señal, así como munición con agentes químicos y ojivas nucleares. Los cañones también pueden lanzar proyectiles que transportan folletos de propaganda o suministros médicos vitales a tropas aisladas. Otras municiones se emplean para arrojar minas antipersona o antitanque tipo alfombra.
En el campo de batalla
En el siglo XVIII, el ingeniero francés Gribeauval desarrolló un sistema completo de artillería móvil y potente, producido en serie estandarizada (1765), que contribuyó enormemente a las victorias de la Revolución y del Imperio. La artillería, "reina de las batallas", pasó a ocupar un lugar destacado en los ejércitos. Organizada en baterías de varios cañones, se utilizaba para destruir formaciones de ataque enemigas o para desestabilizar la defensa contraria antes de lanzar un asalto.
Hasta el siglo XIX, el cañón evolucionó poco, pese a algunos intentos de mejorar su alcance, precisión y poder destructivo. La pólvora negra limitaba los avances porque obstruía los mecanismos. En 1884, el químico francés Paul Vieille desarrolló la pólvora sin humo, marcando el inicio de una nueva era en la historia del armamento y la guerra: el denso humo que cubría el campo de batalla desapareció casi por completo. Además, el uso de explosivos a base de ácido pícrico en la carga de los proyectiles multiplicó su efectividad por diez. A finales del siglo XIX, los artilleros franceses crearon el cañón de campaña de 75 mm, el primer arma de fuego de rápido disparo, y resolvieron el problema del retroceso durante la explosión de la carga propulsora gracias a un freno hidroneumático.
Durante la Primera Guerra Mundial, el fuego de artillería devastador impidió la maniobra de ambos bandos, obligándolos a la guerra de trincheras. La solución fue el tanque, llamado inicialmente cañón de asalto (1917). En la Segunda Guerra Mundial se recuperó la movilidad, empleándose miles de tanques y vehículos de transporte de tropas. La artillería, sin embargo, siguió desempeñando un papel decisivo, sobre todo en el frente ruso.
Para profundizar
- Of Guns and Men – A History of French Artillery. Lavauzelle, 2011.
- The 1001 inventions that changed the world by Jack Challoner. Flammarion, 2010.