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¿Qué comer cuando no hay nada? La supervivencia en el asedio de Leningrado

Hace poco publicamos un artículo sobre los habitantes de Leningrado sitiada, que en su lucha desesperada recurrieron al canibalismo. Antes de llegar a esos extremos, la autoridad municipal intentó alimentar a cientos de miles de personas hambrientas, pero los sustitutos que empleó resultaron verdaderamente exóticos.

Cuando el anillo de la cerco se cerró alrededor de Leningrado el 8 de septiembre de 1941, la ciudad estaba totalmente desprevenida. Un comisario enviado desde Moscú constató con horror que los granos almacenados en los depósitos durarían apenas 35 días, la pasta y los granos (gachas) unos 30, la carne –tanto procesada como fresca– unos 33, y los aceites y otras grasas unos 45 días. El azúcar, con una reserva de 60 días, parecía el único elemento que podría mantenerse durante el asedio.

Con tan escasas existencias, ni los administradores más prudentes podían garantizar raciones completas para los aproximadamente 3,3 millones de habitantes.

Para empeorar la situación, el almacén Badayev, llamado así por su dueño pre‑revolucionario, se incendió. Las autoridades declararon que solo se habían quemado documentos, repuestos y algo de azúcar, pero los ciudadanos percibieron el olor de jamón carbonizado y no se dejaron engañar.

El pan del día a día

Al agotarse los granos de los depósitos, se recortaron drásticamente las raciones y se buscaron sustitutos. Primero se rebuscaron los almacenes olvidados de la ciudad; al no hallar suficiente alimento, se recurrió a medidas más extremas.

En los molinos se empezó a raspar la harina que quedaba atrapada entre las grietas del suelo; las cervecerías entregaron sus reservas de malta, que incluso el ejército utilizó para alimentar a los caballos. Los animales sin avena fueron alimentados con ramitas de abedul hervidas y saladas.

¿Qué comer cuando no hay nada? La supervivencia en el asedio de Leningrado

La malta confiscada se agotó rápidamente.

Cuando esas reservas fueron insuficientes, la población recurrió a aditivos de calidad cada vez más baja, mezclándolos con los restos de harina que quedaban en la ciudad. Los buzos recuperaron barcazas de grano hundidas tras los bombardeos.

En condiciones normales ese grano, ya verde y mohoso, se desecharía, pues estaba germinando y era venenoso. En la catástrofe, sin embargo, se secó y se horneó; el calor destruyó las toxinas, reduciendo el consumo diario de harina a menos de la mitad.

Ya a finales de otoño los sustitutos dejaron de parecer alimentos comunes. Los granos de lino destinados al ganado se molieron para obtener una pasta grisácea.

La llamada "masa de carne" desprendía un olor insoportable a kilómetros; añadir clavo no ayudaba. ¿De qué estaba hecha? De 2.000 toneladas de intestinos de oveja y cuero de terneros hallados en los muelles y en la curtiduría, todo triturado hasta formar una papilla aromática.

Pan cada vez más escaso

En noviembre, el pan tuvo que ser comprimido al máximo, alejándose de cualquier parecido con el pan tradicional. Además de la harina, se mezcló pulpas de algodón prensado y celulosa hidrolizada (de virutas de pino, una fibra que el ser humano no puede digerir).

¿Qué comer cuando no hay nada? La supervivencia en el asedio de Leningrado

Se estima que cientos de miles de leningradianos murieron de hambre durante el asedio.

Los panes de esta fórmula eran pesados, ligeramente arcillosos, con sabor a hierba, y debían hornearse en bandejas engrasadas con grasa; de lo contrario se desmoronaban. Según la historiadora Anna Reid, se utilizaban alrededor de dos toneladas de aceite al día para este fin.

Para ahorrar grasa, los químicos crearon una mezcla de agua, aceite de girasol y "espuma" –subproducto de la transformación de aceites en combustible–. Pavlov, un cocinero de los comedores, comentó que la mezcla le daba al pan un tono anaranjado, pero la pérdida de calidad era tolerable y la grasa ahorrada se destinaba a los comedores.

Otro aditivo desagradable era el "extracto de levadura", elaborado a partir de virutas de abedul fermentadas. Se compactaba en láminas gruesas y se enviaba a los comedores de fábricas, donde se disolvía en agua caliente, se sazonaba ligeramente y se servía como "sopa de levadura". Visualmente, esa sopa estaba lejos de parecer una comida apetecible.

Desde la perspectiva actual, muchos de estos aditivos resultan incomibles y repugnantes, pero debemos recordar la extrema desesperación que vivieron los leningradianos. El sabor y la apariencia dejaron de importar; lo esencial era que esas papillas prolongaran la vida unos horas más y mantuvieran viva la esperanza de sobrevivir.

Fuentes

  • Anna Reid, Leningrad. La tragedia de la ciudad sitiada, Wydawnictwo Literackie, Cracovia, 2012.