La ley y la religión contra las autopsias
Entre los siglos XVI y la primera mitad del XIX, la legislación británica permitía a los anatomistas usar únicamente los cuerpos de los asesinos condenados a muerte. Las autoridades utilizaban esta medida como advertencia: el criminal que robaba animales solo se enfrentaba a la horca, pero quien mataba a un vecino, además de la soga, tendría que pasar por una autopsia. Esta norma, vigente desde 1752, sustituyó la anterior práctica de sumergir el cuerpo del asesino en alquitrán y exhibirlo en una jaula en el mercado, donde la gente podía observar su descomposición.
Contrariamente a lo que se podría pensar, este tipo de castigo disuadía a algunos potenciales criminales, pues los fieles de las iglesias inglesas creían que la resurrección requería mantener la corporalidad completa; una muerte con el cuerpo mutilado o desmembrado hacía improbable el acceso al cielo.
¿Cómo afrontaron la escasez de cadáveres?
Para evitar el cierre de sus escuelas, los anatomistas comenzaron a solicitar los cuerpos de familiares fallecidos. Algunos médicos estaban dispuestos a sacrificar a sus propios padres o hermanos. Los restos se enterraban en cementerios parroquiales, pero la oferta familiar resultaba insuficiente para cubrir la demanda académica.
En esa época, la actividad nocturna en los cementerios aumentó notablemente. Los ladrones no buscaban joyas, sino cuerpos. Si eran atrapados con objetos personales del difunto, enfrentaban la justicia; pero si solo llevaban el cadáver, escapaban sin consecuencias.
Los propios profesores alentaban a sus estudiantes a robar cadáveres y entregarlos en los internados. En algunas escuelas escocesas del siglo XVIII, incluso se aceptaban cuerpos como forma de pago de la matrícula. Los docentes, a modo de ejemplo, también participaban en estas incursiones nocturnas. Aun con tanto empeño, la cantidad de cuerpos seguía siendo insuficiente.
El negocio de los "resucitadores"
Los profesores de anatomía estaban dispuestos a pagar por cualquier cuerpo, sin importar su origen, siempre que sirviera a la ciencia.
Imagen de Charles Landseer que muestra a un hombre despellejado.
Para 1828, en Londres, alrededor de diez profesionales y doscientos aficionados se dedicaban a la recolección de cadáveres. Un informe de la Cámara de los Comunes describió a una banda de "trescientos y doce" ladrones de tumbas. El sueldo anual alcanzaba los mil dólares, cinco veces el salario medio de la época. Entre junio y septiembre, la actividad disminuía, pero la remuneración seguía atrayendo a sepultureros que cambiaban de oficio para secuestrar cuerpos.
El procedimiento consistía en romper la tapa del ataúd, atar una cuerda alrededor del cuello o las axilas y levantar el cuerpo en menos de una hora, rellenando rápidamente la tumba con tierra para encubrir la acción.
¿Era ética la práctica de los anatomistas?
Los "resucitadores" eran, ante todo, personas sin escrúpulos que violaban la ley por la paga recibida. Por otro lado, los científicos de la época justificaban sus actos bajo el principio de que el fin (el progreso médico) justificaba los medios.
El eminente cirujano Sir Astley Cooper, pese a la condena oficial, empleó a estos ladrones y les pidió secuestrar cuerpos frescos de pacientes que habían tratado. De esta forma podía estudiar los efectos de sus intervenciones y pagar por casos médicos atípicos que había atendido durante la vida del paciente.
Ilustración de 1887 que muestra a los resucitadores en acción.
Para los anatomistas, la práctica era moralmente aceptable porque servía al desarrollo de la ciencia y a la formación de los futuros médicos.
Los cuerpos se convirtieron en mercancía; a veces se enviaban en cajones que se confundían con alimentos. Como relata James Moores Ball en "The Sack‑'Em‑Up Men":
Un envío contenía un jamón decente, un gran trozo de queso, una cesta de huevos y un enorme fardo de algodón.
Imagínese la sorpresa del destinatario al encontrar un cuerpo humano en lugar de su pedido habitual.
Destino de los restos tras la lección de anatomía
Los restos que ya no servían para la enseñanza se deshacían sin mucho cuidado: se enterraban rápidamente en fosas poco profundas, a menudo en la parte trasera de los edificios. El hedor de esas tumbas improvisadas era un problema constante. Se rumorea que algunos profesores alimentaban a animales carroñeros con los restos, mientras que otros utilizaban los huesos para fabricar jabón y velas.
Los funerarios, para satisfacer a clientes adinerados, ofrecían ataúdes con sistemas de cerradura, candados y correas de acero que dificultaban el robo del cuerpo. Algunas iglesias escocesas mantenían los cadáveres en edificios especiales hasta que la descomposición los hacía inútiles para la ciencia.
El caso de los asesinos Burke y Hare
El anatomista escocés Robert Knox fue más allá al comprar cuerpos a William Burke y William Hare, quienes asesinaban a sus víctimas para vender sus cadáveres. En uno de los casos, se removieron pies y cabeza; en otro, se observaron rastros de sangre en oídos y nariz.
Ilustración de la muerte de William Burke por Margery Campbell.
Burke, que dirigía una pensión en un barrio pobre de Edimburgo, mataba a sus huéspedes (a menudo con la ayuda de Hare) y vendía los cuerpos a Knox. Cuando el caso salió a la luz, Burke fue ejecutado; su cuerpo fue autopsiado y sus restos donados a la Real Academia de Cirujanos de Edimburgo, donde se convirtió en un esqueleto y en objetos de cuero. Hare, sin embargo, escapó de la condena, y Knox no sufrió consecuencias legales.
El escándalo provocó debates en la Cámara de los Comunes sobre la falta de control en la obtención de cadáveres. Se planteó la posibilidad de obtener cuerpos de hospitales o refugios, o bien de sustituir la disección por el estudio de modelos, bocetos y piezas ya preparadas.
Bibliografía
- Bailey J.B., The Diary of a Resurrectionist, Londres 1896.
- Ball J.M., The Sack‑'Em‑Up Men: An Account of the Rise and Fall of the Modern Resurrectionists, Londres y Edimburgo 1928.
- Cole H., Things for the Surgeon: A History of Resurrection Men, Londres 1964.