Un encuentro inesperado
El 27 de febrero de 1959, el capitán Heinrich Lorenz, al mando del crucero MS Berlin, recibió a Fidel Castro cuando el barco entraba en la bahía de La Habana. Entre los pasajeros estaba su hija de 19 años, Marita Lorenz, una estadounidense de ascendencia alemana.
Un romance fugaz
Castro, fascinado por la joven, la invitó a su mesa y, tras la cena, la llevó al puente del barco. Según la autora Diane Ducret en Women of Dictators 2, el dictador la transportó al salón 2406 del Hilton de La Habana, donde pasaron varias horas entre música romántica y conversaciones en un inglés rudimentario.
Durante su estancia, Marita fue agasajada con lujos, desde limusinas hasta guardias de honor, y recibió regalos como cubetas de helado de coco. La relación, aunque breve, dejó una huella en la memoria de la joven.
La CIA entra en escena
Al enterarse de la proximidad de Marita con el líder cubano, la Agencia Central de Inteligencia vio una oportunidad. En la sede de la CIA se diseñó un plan para convertir a la estadounidense en una posible asesina de Castro.
Frank Sturgis, especialista en operaciones latinoamericanas, se encargó de contactar a Marita y de reclutarla para la misión. La joven, embarazada y sintiéndose cada vez más atrapada, aceptó colaborar entregando documentos confidenciales a los agentes estadounidenses.
El intento de asesinato
En octubre de 1960, Marita recibió la orden de envenenar a Castro durante una visita a La Habana. Se le prometieron dos millones de dólares y la condición de heroína anti‑comunista.
Sin embargo, al encontrarse cara a cara con el dictador, sus dudas la superaron. En lugar de cumplir la misión, se lanzó a los brazos de Castro, pasó la noche a su lado y regresó a Miami sin haberlo matado. Castro jamás sospechó que estuvo a un paso de la muerte.
Consecuencias y legado
Tras el fallido complot, Marita fue trasladada a Estados Unidos, donde recibió tratamiento médico y continuó colaborando con la CIA en otras operaciones. Su historia quedó inmortalizada en varios relatos, entre ellos el libro de Diane Ducret.
Hoy, Marita Lorenz es recordada como una pieza clave de los intentos de asesinato contra Fidel Castro, un episodio que muestra la complejidad de la Guerra Fría y el papel inesperado de una joven americana.