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Ranavalona I, la reina cruel: cómo una monarca acabó con un tercio de sus súbditos

Ranavalona I, conocida como la “Reina bestia”, dejó una huella sangrienta: bajo su mandato la población de Madagascar se redujo casi a un tercio.

Ranavalona fue la esposa de Radama I, monarca de Imerina entre 1810 y 1828. Durante su reinado, Imerina se expandió hasta cubrir gran parte de la isla, gracias a alianzas con Francia y Gran Bretaña.

Los tratados permitieron la llegada de misioneros, la creación de escuelas y la introducción de la educación occidental. También se prohibió la trata de esclavos, medida que desagradó a muchos cortesanos y oficiales que vivían de ella.

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Aunque Radama era considerado un buen estratega, sus reformas progresistas generaron resentimiento entre la alta sociedad, que temía perder sus privilegios.

Radama murió a los 37 años, posiblemente de sífilis o cirrosis hepática, y sin descendencia. Según la tradición matriarcal de Imerina, el trono correspondía a su sobrino Rakotobe, pero los poderosos temían que continuara las reformas de su tío. Así, se organizó un golpe para colocar en el trono a la viuda de 50 años, Ranavalona, cuyas ideas conservadoras contagiaron gran parte del establecimiento.

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En 1828, pocos días después de la muerte de Radama, se produció un sangriento golpe: muchos leales al difunto fueron ejecutados, incluido el heredero designado y su madre, quienes fueron encarcelados y morirían de hambre. Con ello comenzó el reinado de Ranavalona I, conocida pronto como “la Cruel”.

El reinado de la reina sangrienta

Ranavalona rompió las alianzas con Francia y Gran Bretaña y anuló la prohibición de la trata de esclavos. Además, impuso altos impuestos a los europeos que visitaban la isla, dificultando su permanencia y provocando su salida masiva.

Estas decisiones enfurecieron a los antiguos aliados extranjeros, que intentaron invadir Madagascar sin éxito, lo que reforzó la autoridad de la nueva reina. Un año después de la muerte de su esposo, dio a luz a su heredero, Rakoto, cuyo padre probablemente fue uno de los amantes del rey.

Su política de aislamiento se centró en los antiguos aliados de su marido. Intentó renegociar los tratados comerciales bajo sus propias condiciones, pero fue rechazada. En respuesta, impulsó la industria nacional: fabricación de armas, cañones y municiones, así como fábricas de porcelana, ron, tinta, seda y ladrillos. También estableció nuevos acuerdos comerciales, incluso con compradores estadounidenses.

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Aunque la producción aumentó, la calidad de vida de la población no mejoró. El trabajo forzado en fábricas y en la construcción del lujoso palacio real en Antananarivo, sumado a epidemias de malaria y hambrunas, provocó la muerte de miles de personas por agotamiento.

Decidida a “ordenar” a los cristianos, Ranavalona buscó devolver a la población sus creencias ancestrales y erradicar la fe importada. Permitó que los misioneros y extranjeros practicaran su religión, pero obligó a sus súbditos a regresar al culto tradicional. La medida generó resistencia y desencadenó una persecución que alcanzó tanto a la corte como al pueblo.

La reina castigó brutalmente a los disidentes: los arrojó desde los acantilados, los ahorcó, los quemó, los dejó morir de hambre y los torturó. Cualquier práctica cristiana, desde poseer una Biblia hasta asistir a misa, era penada. Ante tal represión, los últimos misioneros abandonaron la isla, cerrando escuelas y dejando a los niños sin educación. Sin embargo, la fe cristiana sobrevivió en la clandestinidad.

El temor y la represión

Con los años, Ranavalona se volvieron cada vez más paranoica. Temiendo conspiraciones, creó una red de informantes que vigilaban cualquier señal de rebelión. Los sospechosos eran ejecutados o condenados a trabajos forzados, de los que rara vez regresaban.

En los juicios se utilizaba una práctica macabra: a los acusados se les ofrecía una mezcla de hierbas tóxicas y tres pieles de pollo. Si la persona devolvía las piezas, se consideraba inocente. Se estima que alrededor de 3 000 personas murieron bajo este método de tortura durante su mandato.

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Durante su gobierno, la población de Madagascar disminuyó en aproximadamente un tercio.

Incluso su propio hijo intentó derrocarla, pero la reina, gracias a su red de informantes, sofocó la rebelión antes de que se materializara. Aunque ejecutó a la mayoría de los conspiradores, perdonó la vida de su hijo.

Ranavalona murió en agosto de 1861, a los 83 años, tras 33 años en el trono. Tras su fallecimiento, su hijo Radama II asumío el poder, reabrió relaciones con Francia y Gran Bretaña, prohibió la trata de esclavos y se convirtió al cristianismo. Sin embargo, su reinado duró apenas dos años antes de ser derrocado y asesinado por oficiales conservadores.

Bibliografía

  1. Laidler, Caligula con falda. La reina loca de Madagascar, Bellona, 2007.
  2. Staniul, Ranavalona – la reina cruel de Madagascar, wp.pl (consultado el 03/07/2021).
  3. G. M. Berg, Writing Ideology: Ranavalona, el burócrata ancestral, Cambridge University Press, 2014.