Catalina de Erauso: monja, lesbiana, asesina de su hermano, combatiente de indígenas, ladrona, jugadora y conquistadora.
En la cultura hispana su nombre es poco conocido, pero en el mundo hispanohablante su vida es legendaria. No fue la única mujer que participó en la conquista española (también destacan María de Estrada e Inés Suárez), pero sin duda la más famosa.
Asesinó a su hermano, fue monja, lesbiana y, sobre todo, una auténtica conquistadora. Su historia ha fascinado a generaciones.
Lo sorprendente es que, en una época en la que la homosexualidad estaba penada con muerte en España, Catalina no ocultó su atracción por las mujeres. Llegó a ser recibida con honores por el rey Felipe IV y el papa Urbano VIII, obteniendo privilegios especiales.
La monja fugitiva
Catalina nació en 1585 en San Sebastián, en el norte de la Península Ibérica. Su padre y sus cuatro hermanos emigraron a América del Sur, donde participaron en la conquista que poco a poco llegaba a su fin.
Las hijas de la familia de Erauso fueron criadas en un convento, preparándolas para ser una esposa ejemplar o una monja devota. Catalina, sin embargo, rechazó ambos destinos. Justo antes de hacer sus votos definitivos, se peleó con otra monja, lo que la hizo comprender que la vida dentro del claustro no era lo que deseaba.
Robó las llaves del convento a la Madre Superiora y escapó. Enseguida se cortó el cabello, se vistió con ropa masculina y, a partir de ese momento, ocultó su sexo durante gran parte de su vida.
Tras la fuga, recorrió el norte de España durante tres años, desempeñando diversos oficios. En la primavera de 1603 se embarcó como grumete rumbo al Nuevo Mundo. Para una joven que había vivido entre los muros de un convento, Sudamérica a principios del siglo XVII era un territorio extremadamente peligroso. Pero Catalina estaba hecha de otra madera.
G.I. Catalina
Al llegar a Panamá, su primera acción fue robar al capitán del barco que la había traído. Luego se trasladó a Perú, donde se involucró en peleas, mantuvo romances con mujeres, fue acusada de asesinato y pasó brevemente en prisión. La vida conventual no logró convertirla en una “buena chica”.
Su temperamento guerrero le resultó útil rápidamente. Por una paga de 280 pesos, se alistó en Chile para luchar contra la tribu mapuche (los araucanos). Al inicio de la campaña, el secretario de la provincia resultó ser Miguel de Erauso, su hermano completo.
Se reencontraron y pasaron más de tres años juntos, sin que Miguel supiera que estaba frente a su hermana menor, ya que él había partido a América cuando ella tenía apenas dos años. Catalina nunca reveló su verdadera identidad.
Cuando la relación se deterioró, la enviaron al frente. Su guarnición se instaló en Piacabi, uno de los puntos más críticos del conflicto araucano. Allí vivió una verdadera bautismo de fuego, participando durante cinco años en las batallas más feroces.
Durante una de esas contiendas defendió heroicamente el estandarte de su unidad y recibió el ascenso a teniente. Sin embargo, su afición al juego y a los enfrentamientos la llevó a una tragedia: en una pelea mató a su propio hermano Miguel.
Ese hecho arruinó su carrera militar y la obligó a huir de la justicia. Se convirtió en una fugitiva y, en la localidad de Piacobamba, volvió a asesinar a un hombre, rozando la horca. La experiencia no la cambió; pronto encontró a alguien aún más fuerte que ella.
Como una virgen
En Cuzco, Catalina sufrió su última pelea, resultando gravemente herida. Un clérigo la atendió y, en su lecho, ella confesó que no era un noble español, sino una monja que había escapado del convento y llevaba años viviendo aventuras en América.
El sacerdote la llevó ante el obispo de la ciudad. La noticia de una monja guerrera vestida de hombre se propagó rápidamente. El obispo, escéptico, ordenó a monjas de un convento cercano investigar su sexo. Confirmaron que era mujer y que nunca había tenido relaciones con hombres, lo que hoy interpretamos como evidencia de su homosexualidad.
Como penitencia, Catalina volvió a ponerse el hábito y pasó más de dos años en un convento. Al salir, decidió regresar a Europa en 1624.
Monja disfrazada
Al volver a España tras veinte años, descubrió que su historia ya era famosa. En Sevilla tuvo que moverse con cautela, pues la curiosidad popular la seguía a cada paso.
Su fama le abrió las puertas que buscaba: el dinero. En Madrid fue recibida en la corte de Felipe IV, quien le concedió un salario de 800 coronas anuales.
Con el objetivo de asegurar su futuro, viajó a Roma, donde se encontró con el propio papa Urbano VIII. El pontífice le concedió oficialmente el permiso para vestir siempre de hombre, bajo la condición de que nunca volviera a ejercer violencia.
La mujer al final del mundo
No se sabe si cumplió la promesa papal de no cometer más actos violentos, pero sí se conoce que en 1630 regresó definitivamente a América, instalándose en México bajo el nombre de Antonio de Erauso, con el que vivió hasta su muerte.
Su vida ha inspirado novelas, películas (como "La monja alférez" de 1944 y 1987) y obras de teatro. En la actualidad, Catalina de Erauso es símbolo de la lucha por la emancipación femenina y la tolerancia LGBTQ+.
Su historia, más que una leyenda, es una crónica de aventuras: escapó de los muros monásticos, mató, amó a mujeres y combatió a los indígenas en la selva tropical, demostrando que la verdadera heroína no siempre lleva corona, sino coraje.