La sección de combate activo del Ejército Nacional, encargada de acciones subversivas y de sabotaje, también estaba bajo el mando de mujeres. Entre ellas destacó Wanda Gertz, alias “Lena”, fundadora y comandante de la división femenina “Disk” (Dywersja y Sabotaje).
Era un día de julio; aunque ya se acercaba las cinco de la tarde, el sol seguía alto y sus rayos golpeaban los campos de maíz casi maduro con una intensidad cegadora.
En el Ejército Nacional, la organización de la sección de combate activo también recaía en manos femeninas.
El viento estaba ausente; el silencio se interrumpía solo por el lejano ruido de la ciudad: bocinas, voces y, sobre todo, el chirrido de los tranvías al detenerse, parecido al sonido de un cuchillo raspando una bandeja.
Ese crujido se vio compensado por el alegre tañido de una campana que anunciaba la partida de un tranvía, símbolo de esperanza para los presentes.
Espera nerviosa
En los campos de granos de la granja modelo AGRiL, en Rakowiec, la cosecha era abundante y el bullicio de la ciudad parecía un eco lejano.
“Lena” y “Margerita” se agazaparon entre los tallos durante casi media hora. El entorno idílico les hacía evocar los veranos en el campo. Cada tanto, una de ellas se enderezaba para observar a “Janka”, quien estaba en la parada más cercana y debía identificar al convicto que esperaban.
Wanda Gertz “Lena” – organizadora de la división femenina de sabotaje del Ejército Nacional “Disk”.
El plan era que “Janka” confirmara la identidad del objetivo con una señal preestablecida. El tiempo pasaba; miraban sus relojes y, entre susurros, se preguntaban si el hombre había faltado al trabajo.
Un repentino ruido de granos bajo presión las hizo congelarse. “Lena” se levantó en silencio, revisó la zona y, al no ver nada, soltó una risita al ver volar una paloma.
Sentencia de Akowski
De pronto, una mujer se acercó. “Janka” le quitó el abrigo y negó con la cabeza. “¡Él viene!”, murmuró.
“Lena” rozó el revólver en su bolsillo, asegurándose de su funcionamiento. Con paso firme, se plantó en el camino de la informante y, con voz ligeramente temblorosa, dictó la sentencia del Ejército Nacional: "En nombre del Estado Subterráneo Polaco, se le condena a muerte por...".
El fragmento proviene del libro de Agnieszka Lewandowska‑Kąkol, "Donde el diablo no pudo… Kedywianki en acción", publicado por Bellona.
Al ver el terror en los ojos de la mujer, “Lena” disparó. El tiro fue certero. Tras caminar lentamente alrededor del cuerpo, tomó el mismo camino que él había recorrido, subió al tranvía que empezaba a moverse y desapareció entre la multitud.
Ejecutora del Ejército Nacional
Ese fue el primer operativo de “Disk” contra agentes de la Gestapo y delatores. La dirección del Distrito de Varsovia del Ejército Nacional envió incluso a un hombre como observador, aunque su papel se limitó a vigilar, pues “Lena” ejecutó la misión sin problemas.
Como jefa, cuidó a sus compañeras con la dedicación de una gallina que protege a sus polluelos. Su conducta era austera y centrada en la lucha, pero la seguridad de sus mujeres era su prioridad moral.
Placas conmemorativas del Mayor Wanda Gertz y los soldados de la División “Disk” en la iglesia de San Juan de Dios, calle Bonifraterska 12, Varsovia.
Su firmeza a veces generaba roces. Un ejemplo fue el caso de “Marta”, que el 1 de agosto, día del estallido del levantamiento, quiso volver a su unidad tras una misión en la fábrica Telefunken. “Lena” se opuso rotundamente, considerándolo una traición, y la acusó de intentar desertar para unirse a una unidad masculina que deseaba formar un pelotón de tanques.
Comandante de tareas especiales
“Renia”, colaboradora del batallón “Parasol”, solicitó abandonar “Disk” para unirse a combates más duros. “Lena” respondió sin titubeos: "Nuestro situación es crítica; no permito ese paso". En lugar de una negativa, le ordenó: "¡Únete a los fabricantes de botellas incendiarias!"
Consciente de ser la miembro más experimentada, “Lena” asumió la responsabilidad de guiar a mujeres y adolescentes que se enfrentaban por primera vez a la crudeza de la guerra.
Si bien sus decisiones no siempre fueron populares, sus compañeras sabían que estaban bajo el mejor cuidado posible, casi maternal.
La mayoría de sus acciones se documentan como planes diseñados y delegados; sin embargo, cuando aparecía en el frente, la dificultad de la misión la hacía indispensable, pues no quería sacrificar a sus subordinadas.
Fuentes
Extracto del libro de Agnieszka Lewandowska‑Kąkol, "Donde el diablo no pudo… Kedywianki en acción", editorial Bellona.