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El pecado olvidado de Piłsudski: ¿Fue él responsable de la proximidad de los bolcheviques a Varsovia?

La Batalla de Varsovia podría haberse ganado un mes antes y a menos de seiscientos kilómetros de la capital. Si el enfrentamiento hubiese ocurrido en los suburbios de la metrópolis, la culpa no sería de Lenin, sino del ego inflado de Józef Piłsudski. Esta versión no se discute a voces, pero existen numerosos argumentos que la respaldan.

«¡A la mierda los pollos, no hagáis política!», «Lo llamo constitución, porque es la palabra más cercana a prostituta», «Quien no fue socialista en su juventud, será un hijo de puta en su vejez». Son solo algunos de los dichos más polémicos de Piłsudski.

Hoy en día se citan con una sonrisa indulgente y una simpatía sin disimulo. Piłsudski es una figura tan grande que se le perdona cualquier cosa. Sus logros indiscutibles hacen que muchos no admitan que pudo haber tenido momentos de debilidad.

Incluso sus más duros opositores sucumben ante su magnetismo cuando se trata de sus errores más evidentes. Comentando la retirada de las tropas polacas a Varsovia, que culminó en la gran batalla del 13‑25 de agosto de 1920, Stanisław Cat‑Mackiewicz acusó al mariscal de haber negociado en secreto para salvar a los bolcheviques.

El razonamiento del periodista se basa en la convicción de que a un estratega tan astuto como Piłsudski no le era posible subestimar al enemigo más peligroso de la República. Le atribuye una conducta deshonrosa: “vendió al comandante de los ‘Blancos’ a los bolcheviques”.

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Según Cat‑Mackiewicz, la retirada a Varsovia debía a razones de gran importancia, pues sólo los grandes acontecimientos tienen causas profundas. Basta con revisar las declaraciones de Piłsudski en los meses previos al inesperado triunfo para constatar sus numerosos errores.

Negando o subestimando

Los comentarios de la primera mitad de 1920 forman un conjunto coherente. Piłsudski tenía una opinión muy firme sobre los bolcheviques y no estaba dispuesto a cambiarla. Para él, su visión era la correcta y ningún argumento podía convencerlo.

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En una entrevista con el Times en febrero de 1920, Piłsudski respondió sin titubeos:

Periodista: ¿No le teme al ejército bolchevique?
Józef Piłsudski: No, son soldados muy pobres. El soldado polaco es mucho mejor. Siempre los vencemos. ¿Por qué tendría miedo?

Periodista: ¿Y si Trotsky concentrara 200.000 hombres en Vitebsk mientras usted sólo cuenta con 100.000?
Piłsudski: Si los bolcheviques lograran algún éxito, sería limitado y se corregiría rápidamente. Es imposible que Polonia pierda esta guerra.

En el "Echo de Paris" (febrero 1920) describió al ejército rojo como “mal dirigido, sin fortaleza, incapaz de maniobrar”. En una cita para el Daily News (mayo 1920) añadió que la Red Army estaba “mal organizada” y que sus soldados solo mostraban valentía cuando estaban en trenes blindados.

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Según Piłsudski, los soldados rojos estaban pobremente comandados y carecían de coraje.

El pequeño gran mariscal

Estos comentarios podrían parecer propaganda, si no fuera porque, en su propio análisis de la guerra polaco‑bolchevique, Piłsudski admitió que subestimó a su adversario. «La caballería de Budyonny que se acercaba, lo confieso, la subestimé», declaró, convirtiéndose en una de las más sinceras admisiones de su legado.

Otra frase destaca: «Confieso abiertamente que no sentí ninguna razón para estar ansioso al leer los cables, y la ofensiva de Tukhachevsky hacia Molodézhno apenas me preocupó».

Este desprecio alcanzó su clímax a principios de julio, cuando, tras una breve escaramuza del 4‑6 de julio, el general Żeligowski ordenó una retirada que dejó a las tropas polacas a casi seiscientos kilómetros de Varsovia.

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En retrospectiva, el propio mariscal admitió haber ignorado por completo a la caballería de Budyonny.

La niebla de la guerra

Por supuesto, se puede defender a Piłsudski. En un conflicto que se extendía por un territorio tan amplio, identificar las intenciones del enemigo, valorar la magnitud de la amenaza y reaccionar a tiempo es extremadamente complejo. Piłsudski señaló que los telegramas “timidos” del general Szeptycki, enviados desde el frente, no le ayudaron en esa tarea.

Sin embargo, ante la gran ofensiva bolchevique, el ejército polaco se encontró sin una respuesta decisiva del comandante‑en‑jefe. Sus propios escritos de la época están llenos de frases como “no vi razón para alarmarme”, “la subestimé” o “no comprendí”.

En el momento crítico de la guerra, los pensamientos del comandante estaban lejos de los de sus subordinados.

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Esta falta de reacción permitió que el Ejército Rojo alcanzara las cercanías de Varsovia.

El gran teórico militar Carl von Clausewitz afirmó: “La guerra es un campo de incertidumbre; tres cuartas partes de lo que se basa en la guerra está nublado por la incertidumbre… Se necesita una razón sutil y penetrante para percibir la verdad y juzgar correctamente”.

El precio del desprecio

A principios de julio, la confianza excesiva de Piłsudski en sus propios juicios le impidió ajustar su estrategia, aun cuando los hechos mostraban lo contrario. Esa autoconfianza, que tantas veces le había llevado al éxito, se convirtió en un peligro mortal para Polonia.

Si bien al final venció a los bolcheviques, la pérdida de un mes comprometió la capacidad de la República para actuar en otros frentes, como Alta Silesia o Teschen.

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El triunfo final de Piłsudski no anuló el impacto de ese mes desperdiciado, que influyó en el destino de la Segunda República Polaca.

Su proyecto de crear una Ucrania aliada a Polonia fracasó; la línea de demarcación del 8 de diciembre (la llamada Línea Curzon) se estableció diplomáticamente y luego definió la frontera oriental de Polonia. Sin duda, aquel mes perdido y los 600 km de retirada dejaron una huella profunda.

Esta hipótesis no puede probarse de forma concluyente, pero los testimonios previos a julio de 1920 y el tono de la autocrítica de Piłsudski la respaldan. Otros seguirán defendiendo a Cat‑Mackiewicz; como decía el propio mariscal, “la verdad es como un burro, cada quien tiene la suya”.