Una admiración extraña y caprichosa
En la Polonia de entreguerras había una simpatía ambivalente hacia Adolf Hitler. Algunos lo veían con una mezcla de temor, fascinación e incluso inspiración. La admiración, sin embargo, estaba lejos de ser un apoyo incondicional.
Józef Piłsudski y su curiosidad por el canciller
El único líder indiscutido de la Polonia interbelica, el marshal Józef Piłsudski, observaba a Hitler con interés estratégico. Como diseñador de la política exterior polaca, Piłsudski no podía permitirse un entusiasmo ciego; sabía que la militarización alemana y el carácter agresivo de los nazis podían conducir a la guerra.
Conocía también los sentimientos anti‑polacos arraigados en la sociedad alemana, alimentados por la larga guerra aduanera y el conflicto por la ciudad libre de Danzig. Su error fue culpar exclusivamente a la antigua aristocracia prusiana y ver en Hitler a alguien capaz de “renovar” Alemania sin esos prejuicios.
En sus memorias, el ministro Jan Szembek relató que Piłsudski, al escuchar un discurso nazi, golpeó la mesa con un documento y exclamó asombrado: «¡Escuchamos por primera vez esa voz en una boca alemana!». Compartían, sobre todo, la visión anticomunista.

Una dictadura «amigable»
El entusiasmo de Piłsudski no quedó en el plano personal; se trasladó a los medios controlados por su régimen y, por ende, a sus lectores. En la prensa polaca de los años 30, la imagen de Hitler pasó de burlona a admirada a medida que su poder crecía.
Al principio, diarios como Gazeta Polska lo describían como «un político ordinario que pretende ser profeta», mientras Nasz Przegląd lo ridiculizaba con frases sin gracia. ABC lo comparó con Charlie Chaplin, pero con un garrote en la mano.
Tras su nombramiento como canciller en enero de 1933, la misma prensa nacionalista empezó a ensalzar su capacidad oratoria: «Su pronunciación es tan clara que se oye en la esquina más lejana; sus palabras son como granadas que encienden a las multitudes».

Incluso la prensa centrista, que antes lo criticaba, lo elogió como un orador eficaz que «influye en la imaginación de las masas». Este trato mediático, unido a la caricaturización de su figura, humanizó al canciller y lo convirtió en un modelo de “dictadura amable”, ideal que los políticos polacos buscaban tras la muerte inminente de Piłsudski.
Falangistas de camisas de colores
La popularidad de Hitler se reflejó en la aparición, a principios de los años 30, de varios partidos nacional‑socialistas polacos. Surgieron de forma espontánea en distintas regiones, imitando la estructura, los uniformes y los lemas alemanes, aunque con colores diferentes (azul, verde o rojo).

Estos grupos adoptaron la esvástica, que justificaban como de origen eslavo, y practicaban desfiles militares y enfrentamientos contra opositores. El antisemitismo fanático también estaba presente; publicaciones como Frente de Polonia Despierta denunciaban a los judíos como «plagas».
El panorama estaba plagado de denominaciones similares: Partido Nacional Socialista, Partido Nacional Socialista Obrero, etc. La historiadora Anna Landau‑Czajka señala la dificultad de distinguir entre ellos: «A veces es extremadamente difícil saber dónde termina un partido y comienza otro».

Los enfrentamientos internos no faltaron; en abril de 1934, una escaramuza entre facciones de Cracovia dejó varios heridos y una persona apuñalada.
Nazismo autorizado por Lviv
Aunque ninguno de estos grupos alcanzó masa, contaban con varios cientos de miembros activos y sus periódicos llegaban a decenas de miles de lectores. El «National Socialist», por ejemplo, pasó de mensual a semanal por la gran demanda.
Las autoridades sanacionistas los vigilaban: de cada cincuenta miembros, al menos cinco eran informantes policiales. La censura y la progresiva ilegalización acortaron su vida; pocos sobrevivieron más de tres años.
Aunque políticamente insignificantes, estos movimientos mostraron que el nazismo era tomado en serio como idea, aunque sus manifestaciones externas fueran ridiculizadas.

Una provocación literaria
El historiador Jakub Kuza, en su libro Batalla por Polonia 2020 (Bellona, 2018), imagina una elección presidencial donde los candidatos son Stalin y Hitler, subrayando la persistente sombra de la dictadura en la imaginación polaca.
Conclusión
La admiración polaca por Hitler en la época de entreguerras fue una mezcla de curiosidad estratégica, propaganda mediática y la atracción de una “dictadura dinámica” que muchos consideraban un modelo de modernidad, aunque siempre bajo una capa de burla y crítica.