Durante las décadas de 1950 y 1960 el automovilismo vivió su apogeo de posguerra. Pilotos temerarios y fabricantes obsesionados con la potencia y la ligereza llevaban los límites de la velocidad a un punto crítico: cualquier error podía desencadenar una catástrofe.
Decapitación en Le Mans 1951
El 23 de junio de 1951, en la partida de las 24 horas de Le Mans, el francés Jean Larivière conducía una Ferrari 212 Export. A mitad de la sexta vuelta perdió el control y se estrelló contra la malla metálica del perímetro. El impacto fue tan brutal que la cerca le cortó la cabeza, dejando una escena de horror que quedó grabada en la historia del automovilismo.
El desastre de Le Mans 1955
El 11 de junio de 1955, durante la misma prueba, Pierre Levegh conducía un Mercedes mientras Mike Hawthorn pilotaba un Jaguar. Hawthorn frenó bruscamente para entrar en boxes, obligando a Levegh a chocar contra la parte trasera del Jaguar. El Mercedes, que viajaba a unos 240 km/h, salió despedido, alcanzó una altura de cuatro metros y se lanzó como un proyectil contra la multitud.
El vehículo se desintegró, convirtiéndose en una “lanzadora” de piezas de metal que atravesaron el público. Según distintas fuentes, entre 84 y 96 personas perdieron la vida. A pesar de la tragedia, la carrera continuó y el Jaguar se alzó con la victoria, pilotado por Ivor Bueb y Mike Hawthorn. Este accidente sigue siendo el peor en la historia de las carreras deportivas.
El marqués partido por la mitad en la Mille Miglia 1957
El 12 de mayo de 1957, la legendaria Mille Miglia recorría la ruta de Brescia a Roma. A pocos kilómetros del inicio, el español Alfonso de Portago, marqués y piloto de Ferrari 335, perdió el control tras un pinchazo y se estrelló contra un poste telefónico. El coche atravesó una multitud en Guidizzolo y terminó en una zanja.
Doce personas murieron y el cuerpo del marqués quedó literalmente partido en dos, con restos esparcidos por el circuito. El accidente, que también implicó a la famosa modelo Dorian Leigh y a la actriz Linda Christian, provocó la inmediata suspensión de la Mille Miglia, que nunca volvió a celebrarse en vías públicas.
El francés que perdió una oreja
El piloto Jean Behra sufrió más de una docena de accidentes a lo largo de su carrera. En 1955, un choque le costó la oreja izquierda. Sin perder el humor, comenzó a lucir una oreja artificial, sorprendiendo a todos los presentes.
“Solo los que no se mueven no mueren. ¿Pero ya no están vivos?”
Ese mismo año, durante el Gran Premio de Berlín, Behra perdió el control de su Porsche bajo una lluvia torrencial. Salió despedido del coche y, según testigos, quedó “como un pájaro” con los brazos extendidos, intentando volar antes de impactar fatalmente.
El conde al volante en Monza 1961
El 10 de septiembre de 1961, el alemán Wolfgang von Trips, conde y piloto de Ferrari, corría el Gran Premio de Italia en Monza. En la curva Lesmo, a más de 160 km/h, chocó con el Lotus de Jimmy Clark. Von Trips perdió el control, se estrelló contra la barrera y atravesó la malla de protección del público.
El accidente mató a catorce espectadores y al propio von Trips, que falleció en el hospital. El campeón estadounidense Phil Hill, compañero de equipo, comentó:
“No sé si dejaré de correr. Al final, todos moriremos. Mejor morir haciendo lo que amas, sin dolor y sin advertencia.”
Tras esta tragedia, los fabricantes comenzaron a invertir en aerodinámica, estructuras más resistentes y, sobre todo, en sistemas de seguridad que hoy hacen del automovilismo un deporte mucho más protegido.