Terapias de tortura, acusaciones internacionales y grandes tabúes: la historia de la sífilis
Los historiadores discuten el origen de la “reina de las enfermedades venéreas” en Europa. Algunos sostienen que la espiroqueta Treponema pallidum llegó con los navegantes de Colón desde América; otros creen que ya existía en forma leve en el continente y que, a finales del siglo XV, algún factor desencadenó una epidemia explosiva. El primer caso documentado en Polonia data de 1495, cuando la esposa de un zapatero contrajo la enfermedad durante su peregrinación a Roma.
La bacteria causante, móvil y escurridiza, no fue identificada hasta 1905, cuando los científicos alemanes Fritz Schaudinn y Erich Hoffmann aislaron los espiroquetas en un coágulo vaginal de una paciente con sífilis de segundo grado. Cultivar T. pallidum en laboratorio resultó imposible, lo que dificultó aún más la investigación paleopatológica, pues los cambios óseos que produce pueden confundirse con tuberculosis, cáncer u osteomielitis.
La sífilis ha cobrado un alto precio a lo largo de los siglos y sigue siendo un problema de salud pública. En el siglo XV la primera ola mató a alrededor de 5 millones de europeos. En 2015, aproximadamente 107 000 personas fallecieron por la enfermedad; en 1990 fueron casi el doble. El tabú y el miedo al rechazo social han dificultado el diagnóstico tanto en el pasado como hoy.
La era del mercurio
Ambroise Paré, pionero de la cirugía moderna, propuso tratamientos extremadamente dolorosos para la sífilis. Recomendó cortar los músculos y aplicar mercurio directamente sobre los huesos afectados, ya que la enfermedad produce lesiones óseas. En el siglo XVI, sin anestesia eficaz, los pacientes sufrían quemaduras con hierro caliente y enrojecimientos con óxido de mercurio, arsénico, antimonio y plomo. Si alguien sobrevivía, la bacteria quedaba erradicada, pero a costa de pérdida dental, quemaduras graves en garganta y pulmones y daño cerebral permanente.
Otros remedios incluían ungüentos de mercurio mezclado con cinabrio, alquitrán o tierra de lombrices, e incluso “tiendas” impregnadas con vapores metálicos. La eficacia era mínima y los efectos colaterales devastadores.
Charlatanes y laxantes
En el siglo XVII surgieron tratamientos aún más extraños: pantalones impregnados de solución de mercurio y enemas de mercurio. También se comercializaban jarabes y pastillas a base de mercurio, como el licor de Van Swieten o las galletas tónicas de Bru. Algunos médicos, como Archange Leroy, abogaron por purgas intensas, afirmando que “el sangrado y las sanguijuelas son peores que el mercurio; la verdadera cura es el desparasitamiento”. Sus métodos nunca se popularizaron.
¿Quién será el culpable?
La epidemia se extendió rápidamente por Europa y luego por Asia, y muchos buscaron un chivo expiatorio. Algunos señalaron a Cristóbal Colón y a sus marineros, acusándolos de haber traído la bacteria desde América. Otros culparon a soldados, a naciones enteras o incluso a la alineación de los astros, como sugería el médico italiano Hieronimo Fracastoro, quien también describió por primera vez “partículas diminutas e invisibles” como posibles agentes infecciosos.
La sífilis no discriminó: alcanzó aldeas campesinas, cortes reales y talleres de artistas. Entre los famosos infectados figuraron Stanisław Wyspiański, Vincent van Gogh, Niccolò Paganini, Robert Schumann, Franz Schubert, Arthur Schopenhauer, Gustav Flaubert, Paul Gauguin, Édouard Manet, Charles Baudelaire y Vladimir Lenin.
La caída del tirano
Tras el descubrimiento de los espiroquetas, se desarrolló la prueba de Wassermann, que detecta anticuerpos contra T. pallidum. A principios del siglo XX, Paul Ehrlich creó el salvarsán, un compuesto de arsénico que aliviaba los síntomas sin dañar gravemente al paciente. La verdadera revolución llegó en 1928, cuando Alexander Fleming descubrió la penicilina. En 1943 se demostró clínicamente que los antibióticos curaban la sífilis, convirtiéndola de una enfermedad mortal y tabú a una condición tratable.
Hoy, la sífilis ya no representa una amenaza letal, aunque persiste el estigma social y la necesidad de diagnóstico y tratamiento oportuno.