Introducción
Benito Mussolini, a pesar de su vigor físico, padecía una sífilis crónica que influyó en su energía y en su ritmo de trabajo. Se levantaba tarde, salía de casa al mediodía y regresaba a la madrugada, dedicando largas jornadas a la prensa y a la política, intercalando breves pausas para comer.
Su carácter era sensual, emotivo e impulsivo; cualidades que se reflejaban en sus discursos apasionados, aunque nunca llegó a ser un orador consumado. Estas características le permitían ganarse rápidamente la simpatía y la amistad de quienes le rodeaban.
Inteligente, ingenioso y considerado, conocía bien a las personas, sus virtudes y defectos. Mostraba tanto simpatía como antipatía, estaba dispuesto a sacrificarse por sus amigos y a atacar con obstinación a sus enemigos.
Valiente y audaz, poseía talento organizativo y tomaba decisiones rápidas, aunque a veces le faltaba la constancia necesaria para materializarlas. Su ambición era enorme: estaba convencido de que podía influir en el destino de Italia y no aceptaba un papel secundario.
De la socialdemocracia al intervencionismo
Durante la década de 1910 Mussolini ascendió rápidamente dentro del Partido Socialista, llegando a ser director del diario Avanti!, principal órgano del movimiento. Sus compañeros lo describían como el que mejor comprendía el alma del proletariado.
Sin embargo, en 1915 cambió de posición: pasó de defender la neutralidad italiana a abogar por la intervención en la Primera Guerra Mundial. Algunos creen que la transformación no fue fruto de cálculos políticos, sino el resultado de la necesidad de financiar su nuevo periódico, Il Popolo d'Italia, y de las presiones y acusaciones de sus antiguos camaradas.
Aunque nunca renunció públicamente a sus ideas socialistas, Mussolini mantuvo la apariencia de seguir siendo un socialista, quizá incluso convenciéndose a sí mismo de ello.
Los Arditi y el ambiente del Bottonuto
Tras el conflicto, Mussolini se relacionó estrechamente con los Arditi, veteranos de la guerra que se habían convertido en una especie de escuadrón paramilitar. En el barrio de Bottonuto, en el centro de Milán, el periódico Il Popolo d'Italia estaba a pocos pasos de la sede de la Asociación de los Arditi.
Bottonuto era un laberinto de callejones sucios, tabernas y burdeles, donde la pobreza y la prostitución eran la norma. Mussolini recorría esas calles a la hora de la cena, saludando a los niños descalzos que gritaban "¡Szajbus!" y a los proxenetas que le estrechaban la mano. Para él, esos personajes representaban recursos humanos que podía movilizar.
Según su confidente Cesare Rossi, "no podíamos prescindir de ellos". Mussolini veía en los veteranos desorientados y en los marginales una fuerza que podía canalizar hacia sus fines políticos.
Los Arditi, glorificados como héroes de la guerra, fundaron “comunidades de muerte” y se entrenaron en el uso de dagas, granadas y armas de fuego. Mussolini se presentaba entre ellos, compartía champagne y prometía una nueva Italia basada en la valentía y el sacrificio.
El camino al poder
En 1919 Mussolini organizó la primera de las “Uniones de los Arditi”, donde se defendía la valoración de la guerra y se denunciaba cualquier forma de imperialismo que pudiese dañar a Italia. Sus ideas fueron publicadas en el Corriere della Sera y en su propio diario.
El 28 de octubre de 1922, la famosa “Marcha sobre Roma” culminó con la toma del poder. La figura del “sifilítico” que había recorrido los bajos fondos milaneses se convirtió en el líder del nuevo régimen fascista.
Su ascenso demostró cómo la combinación de carisma, ambición desmedida y la capacidad de convertir a grupos marginales en una fuerza política puede desembocar en un poder autoritario.
Conclusión
La trayectoria de Benito Mussolini muestra la transformación de un dirigente socialista a la cabeza del fascismo italiano, impulsada por su personalidad impulsiva, su enfermedad crónica y su habilidad para explotar la frustración de los veteranos de guerra.
Este relato proviene del libro El hijo del siglo, publicado por la editorial Sonia Draga.