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Burdeles de París solo para alemanes: ¿Cómo pasaba el tiempo la Nazi en la Francia ocupada?

Miles de prostitutas, baños de colonia y hectolitros de champán: así eran los burdeles parisinos durante la ocupación nazi. Los soldados alemanes disponían de locales diseñados para satisfacer los deseos más degradantes de la "raza superior".

Control total, incluso de la vida íntima

El poder nazi se basaba en el control absoluto de la vida de los ciudadanos. No sorprende, pues, que también quisieran regular la vida sexual de sus tropas. En julio de 1940, bajo la orden del OKH (Oberkommando des Heeres), se puso en marcha la creación de una red de burdeles en la Europa ocupada.

Las necesidades sexuales de miles de jóvenes alemanes enviados a los territorios conquistados se convirtieron en un problema logístico. Las enfermedades de transmisión sexual y los contactos íntimos con mujeres al azar amenazaban la eficacia del ejército de Hitler. Por ello, el comandante de las tropas alemanas en Dinamarca, Noruega y Francia, el general Walther von Brauchitsch, ordenó que todo soldado utilizara los servicios de los burdeles militares.

Para el pan, para el champán

Durante la ocupación, decenas de miles de mujeres francesas trabajaron como prostitutas. Aunque la situación en París difería de la de otras capitales europeas, el destino de las mujeres era similar en todas partes. Más de dos millones de hombres franceses fueron capturados o muertos, y sus hijas y esposas tuvieron que buscar su propio sustento.

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El miedo, el hambre y el crudo invierno de 1940 convirtieron la prostitución legal en la única vía de supervivencia para muchas. Además de ser una estrategia de supervivencia, resultó ser un negocio rentable para numerosas mujeres, garantizándoles ingresos de al menos tres veces el salario diario de la esposa de un prisionero de guerra.

Especialidad parisina

París, que Hitler consideraba un nido de depravación degenerado por la presencia de judíos, masones y negros, se transformó en un paraíso para los soldados alemanes.

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Según el libro de Antony Beevor, "Paris Liberated" (Znak Horizon 2015), muchos burdeles considerados de lujo pudieron seguir funcionando tras la imposición de normas alineadas con los criterios de la SS. Otros fueron confiscados y puestos bajo control alemán, y se crearon nuevos establecimientos para atender a la demanda.

El mejor trabajo de la guerra

Se estima que, tras la ocupación, el número de mujeres dedicadas a la prostitución se multiplicó por seis. Estos datos se refieren a prostitutas registradas; a ello se suman casi once mil mujeres que ejercían de forma clandestina.

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La prostitución ilegal estaba prohibida y severamente castigada. Las mujeres francesas que ofrecían servicios a cambio de protección, alimentos o pequeños lujos (café, chocolate, ropa interior) se encontraban en una situación distinta pero igualmente precaria.

Oficialmente, en la Francia ocupada existían veintidós burdeles "solo para los alemanes", supervisados por la Wehrmacht. Sin embargo, cálculos cuidadosos indican que había al menos doscientas cincuenta casas de citas operando en París en ese periodo.

Regulaciones estrictas y obsesión por la higiene

Visitar un burdel militar no era asunto privado. Existían normas rigurosas tanto para prostitutas como para soldados. Las mujeres debían seguir un estricto protocolo de higiene:

Después del coito, se exigía lavar a fondo los genitales con agua y jabón, tomar un baño completo, cuidar el cabello y frotarse todo el cuerpo con colonia. Además, se requería una limpieza vaginal con agua de boro y enjuagar la boca con agua y enjuague bucal fuerte; los labios también se lavaban y se perfumaban.

Los soldados estaban obligados a asistir regularmente a los burdeles y, por razones sanitarias, el condón estaba incluido en el precio del servicio. Cada soldado debía conservar una tarjeta de visita donde anotaba datos de la prostituta, la fecha, la hora y la habitación del encuentro. Las mujeres se sometían a controles médicos cada dos días.

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Los "clubs de caballeros" de la élite nazi

Los oficiales y altos mandos disfrutaban de locales más exclusivos. En julio de 1940 se inauguraron tres legendarios "cabarets" parisinos: Le Schabanbais, Le Sphinx y Le One‑One‑Two. Fabienne Jamet, propietaria del último, escribió en sus memorias que "las noches durante la ocupación eran fantásticas y los burdeles nunca lucieron mejor que bajo la presencia alemana".

En esos establecimientos se reunían las chicas más bellas, que además de sus cuerpos ofrecían entretenimiento sofisticado: recitaban poesía alemana, interpretaban música clásica y mantenían conversaciones sobre arte.

Los interiores bizantinos favorecían los deseos más íntimos de los oficiales nazis. Herman Goering, aficionado a los burdeles parisinos, supuestamente disfrutaba de prostitutas disfrazadas de diosas griegas, una escena acorde con sus fiestas en la finca Carinhall, donde aparecía en toga romana con labial carmesí.

Las trabajadoras de estos "institutos" recibían, además de dinero, joyas, cigarrillos, licores caros y pieles. Al igual que en los burdeles ordinarios, estaban sujetas a exámenes médicos obligatorios.

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El legado oculto y la persecución posterior

Francia ha sido reacia a confrontar ciertos aspectos de su historia de guerra. La "colaboración nacional" se convirtió en un tabú, y la memoria pública oscila entre la gloriosa Resistencia y la vergonzosa Vichy.

Más de 23 000 mujeres fueron públicamente señaladas por sus relaciones sexuales con alemanes; cientos fueron asesinadas y otras tantas se suicidaron. Ese fue el precio que pagaron las mujeres cuyo cuerpo se convirtió en su única moneda de cambio.

Marthe Richard, prostituta‑espía, fue la primera en denunciar la conexión entre los burdeles y la colaboración nazi. Gracias a su actividad, en 1946 se cerraron cerca de 1 600 burdeles franceses, entre ellos ciento ochenta en París.

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