Los psiquiatras alemanes afirmaban que había un pervertido cada trescientos individuos. A principios del siglo XX, esta desviación era una de las más comentadas, aunque, según la propia sexología, esa perversión... ni siquiera existía.
En aquella época, las ideas podían verse influidas por la visión de un solo científico. Ese fue, sin duda, el caso de Sigmund Freud. Las fantasías pervertidas del periodo de entreguerras nacieron en la mente de este médico austríaco. Al convertirse en una verdadera celebridad de la ciencia contemporánea, el mundo aceptó rápidamente sus teorías y comenzó a buscar pruebas que las confirmaran.
Fotografía de una mujer con un espejo, época previa a la guerra.
Freud sostenía que los hijos sentían una atracción malsana hacia sus madres y las hijas hacia sus padres. Sin embargo, el famoso complejo de Edipo no era la base del desarrollo sexual humano. El padre del psicoanálisis afirmaba que el “grado original del amor” era, en realidad, el narcisismo.
El complejo imaginario
Según sus seguidores, en la etapa más temprana del desarrollo “el único objeto del libido es el propio cuerpo del niño”. Con el tiempo, “el narcisismo se suprime gradualmente y el niño comienza a buscar un nuevo objeto sexual” (la madre, el padre y, finalmente, una pareja del sexo opuesto). No todos los individuos logran esta emancipación natural; algunos permanecen atrapados en la fase autoerótica patológica.
Retrato fotográfico de Sigmund Freud.
Albert Dryjski, autor de Problemas de la sexualidad infantil y de la juventud escolar, describía a los narcisistas como personas que “se hunden en sí mismas, considerándose a sí mismas como objeto sexual”. En aquel entonces el narcisismo no se entendía como un trastorno de la autoestima, sino como una señal de degeneración sexual.
El psiquiatra y criminólogo alemán Paul Näcke estimaba que un narcisista pervertido aparecía en aproximadamente cada trescientos pacientes. Era una desviación, en gran medida, creada artificialmente: los médicos hallaban lo que deseaban encontrar. Los casos clínicos y las supuestas observaciones de un narcisismo “natural” y en desaparición coexistían.
“Grado primario del amor”
Dryjski aseguraba con total convicción que “incluso en condiciones normales, muchos niños y niñas experimentan su primer shock sexual al verse reflejados en el espejo”.
En las formas más bajas de narcisismo, el placer propio culmina generalmente en la masturbación. En otro de sus escritos se lee que “el individuo se excita al mirarse en el espejo, está constantemente enamorado de su propio cuerpo y alma”. Se describía esa conducta como una desviación “totalmente inofensiva”, pues existía un remedio eficaz. Así lo explicaba Paweł Klinger, venereólogo de Łódź y autor del manual Vita sexualis. La verdad sobre la vida sexual humana:
“Los espejos juegan un papel enorme en la vida sexual de estos pervertidos, ya que les permiten mantener relaciones sexuales de forma normal siempre que puedan observar el acto y a sí mismos durante la cópula.”
Esta información debió tranquilizar a los lectores, aunque tal vez lo hubieran estado aún más si se les hubiera dicho honestamente que no existe una plaga de narcisistas eróticos.