Una pila de caracoles vendida a un encargado de cantina; un cadáver arrojado a la cama de un verdugo; risas entre lágrimas.
En los primeros años de la década de 1970, los médicos Zenón Jagoda, Stanisław Kłodziński y Jan Masłowski, especialistas en trauma de sobrevivientes de campos de concentración, enviaron un cuestionario a ex‑prisioneros de Auschwitz para indagar sobre el papel del humor en la vida del campo.
Lejos de minimizar el sufrimiento, los resultados mostraron que el humor estaba presente y cumplía funciones esenciales: era una defensa psicológica, reforzaba la solidaridad y, en ocasiones, ofrecía un breve respiro. Era, sin embargo, un humor muy particular, descrito por los propios prisioneros como amargo, macabro, de horca, de crematorio. El primer contacto con ese sentido del humor resultaba a menudo un fuerte choque.
Risa cruel
Gran parte del humor surgía como respuesta de venganza a las “bromas” inhumanas de los guardias SS. Las anécdotas que relatan los sobrevivientes son estremecedoras. Artur Rablin recuerda que una vez obligaron a un compañero a comer un ratón vivo por diversión. En Birkenau, prisioneros atrapados coqueteando fueron forzados a besarse durante una hora, solo para entretener a los guardias.
Entrar al campo significaba adentrarse en un mundo macabro. El choque con sus normas y su particular sentido del humor fue abrumador para los recién llegados (foto: Stanisław Mucha, Bundesarchiv, CC BY‑SA 3.0 DE).
En otras ocasiones, la risa expresaba indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Krystyna Żywulska, en sus memorias, describe cómo la esclava Magda se reía de ella mientras limpiaba ventanas sin fuerzas, encontrando cómico su agotamiento.
Chistes prohibidos
Los prisioneros contrastaban la brutalidad de los guardias con sus propios “chistes”. Expresarlos era extremadamente arriesgado. Marek Godlewski, citado en el reportaje "Dobranoc, Auschwitz", respondió en tono humorístico a una pregunta sobre la caza de piojos en el bloque: "No encontré piojos, ¡encontré una colonia de pulgas!". El supervisor del bloque lo castigó con una fuerte patada.
Figuras como Czesław Sowul, prisionero del primer transporte, paramédico y miembro de la orquesta del campo, son recordadas por su capacidad de contar historias que distraían, al menos por un momento, del horror cotidiano.
Otros, como el escultor Xawery Dunikowski, el secretario de Pola Negri Adam Brodziński o el escritor ciego Bronisław Mróz‑Długoszewski, utilizaban el humor para sobrevivir.
Una forma de autodefensa
Los investigadores subrayaron que el humor servía como autodefensa. Ridiculizar a los torturadores minaba su autoridad y ofrecía una pequeña venganza. Jerzy Pozimski recuerda haber convencido al encargado de la cantina de que los caracoles que tanto disgustaban podían contener "perlas".
El escultor Xawery Dunikowski también es recordado por sus relatos entretenidos (foto: Benedykt Jerzy Dorys, dominio público).
Al encontrar uno, el encargado pasó toda la noche cavando y recogiendo 5 kg de caracoles “plantados como aliento” por los prisioneros.
En otro caso, Mieczysław Pańszczyk, médico SS responsable de inyecciones letales de fenol, fue burlado colocando el cuerpo de una víctima en su cama, acompañado de una nota que decía: "¡Cerdo, lo vas a lamentar!"
Juntos contra los nazis
Los chistes también se dirigían a los altos mandos del Tercer Reich, ridiculizando la disparidad entre su imagen y el ideal ario: "¿Cómo debería ser un verdadero nazi? Rubio como Hitler, delgado como Goering, alto como Goebbels, masculino como Röhm..."
Según el filósofo John Morreall, especialista en estudios del humor, las anécdotas orales integraban al grupo. Los “cabarets” clandestinos en los campos, creados por artistas enviados a los campos, escenificaban parodias de los nazis, como el personaje "Conde Adolar", una burla de Adolf Hitler presentada en Dachau en 1943.
También existían juegos simples para distraerse. Kazimierz Piechowski recuerda una apuesta con pulgas: colocar una pulga en un cuenco y quien la hiciera llegar al borde ganaba todo el pan de cena. Aunque inútil y debilitante, algunos prisioneros participaban.
Un momento de relajación
El humor funcionaba como válvula de escape emocional, esencial para la "higiene mental" y la supervivencia. Karol Tendera, que llevaba alimentos a Birkenau, relató una breve charla con una joven llamada Lusia: "Bromeamos y reímos. Olvidamos que estamos en el campo, que está prohibido hablar con mujeres y que la pena es severa. Por esos minutos, el tiempo y el lugar desaparecen."
Décadas después, seguimos descubriendo aspectos desconocidos de la vida en los campos (foto: Piotr Drabik, CC BY 2.0).
Viktor Frankl, psiquiatra austriaco y sobreviviente de Theresienstadt, Auschwitz y Dachau, consideró el humor como otra arma del alma en la lucha por la autoconservación. Incluso animó a su compañero a crear una historia graciosa cada día sobre una vida imaginaria tras la liberación.
¿Se puede reír en cualquier lugar?
Frankl admitió que su relato podría sorprender: "Resultaría sorprendente para un forastero descubrir que había algo parecido al arte en un campo de concentración, y aún más que existía un sentido del humor, aunque solo fuera una tenue chispa por segundos o minutos."
Sin embargo, si el humor ayuda de tantas maneras, quizá no sea tan extraño encontrarlo incluso donde parece imposible reír.