Correos comprometidos, donaciones generosas a partidos leales y sacos de dinero para influyentes políticos. Finalmente, una ola continua de fake news. ¿Ya ha rendido pleitesía Putin a la mitad de Europa?
Para los polacos no es ninguna novedad que el Kremlin vigile las elecciones fuera de Rusia; lo hemos vivido de forma dolorosa más de una vez. En 1764, la elección de Stanisław August Poniatowski como rey de Polonia contó con la ayuda de "observadores extranjeros", es decir, el ejército ruso. El mismo vecino del este manipuló también los resultados del referéndum de 1946, con oficiales de la NKVD dirigiendo su "curso correcto".
Hoy la NKVD ya no existe. En su lugar hay hackers, trolls de internet, "hombres verdes" y periodistas pagados en rublos. A veces eso basta para que el candidato de Putin se lleve la victoria.
República de mandarinas
Abjasia es un diminuto pseudo‑estado que se separó de Georgia en los años 90. Solo Nicaragua, Nauru, Venezuela y Rusia reconocen su existencia; Rusia, de hecho, lo trata como territorio propio y otorga la ciudadanía rusa a los abjasios.
Raúl Khajimba es el hombre de confianza de Putin en Abjasia.
Moscú se interesó tanto en los asuntos internos de la república caucásica que, en 2004, presentó a su propio candidato a la presidencia. Mikhail Zygar describe el proceso en su libro "All the Kremlin's People":
El candidato pro‑ruso se eligió según un único criterio: el que más le gustaba a Putin. Como él no tenía tiempo (ni ganas) de conocer a los aspirantes, señaló al azar al jefe del KGB local.
Raúl Khajimba, apoyado por oficiales del FSB, se trasladó a la capital, Sukumi, para ayudarle a ganar, haciéndose pasar por especialistas y promocionando en televisión la superioridad del político designado por el Kremlin. Sin embargo, el esfuerzo fracasó y el candidato opositor Sergei Bagapsh resultó presidente.
Rusia respondió con una medida de presión: prohibió la importación de mandarinas abjasias, principal fuente de ingresos del país. Ante la presión, Bagapsh aceptó repetir las elecciones y garantizó a Khajimba el puesto de vicepresidente. La dupla ganó con más del 90 % y Rusia mantuvo su influencia.
Desfile preelectoral
Ucrania también fue objeto de la misma obsesión rusa. Según el autor de "All the Kremlin's People", desde el inicio de su mandato Putin tenía claro: "Tenemos que manejar Ucrania o la perderemos". Mientras Leonid Kuchma gobernaba (1994‑2005), el líder ruso podía dormir tranquilo.
Los problemas surgieron cuando Kuchma buscó un sucesor. Designó al entonces primer ministro Viktor Yanukovych, quien podía financiar su campaña y tenía la reputación de ser poco volátil intelectualmente, lo que lo hacía "fácil de someter".
Yanukovych se convirtió en el hombre que debía conducir obedientemente a Ucrania.
Rápidamente rodearon al candidato con especialistas de relaciones públicas rusos y agentes del FSB. Putin incluso apareció en Kiev para felicitar al "su" candidato en el aniversario de la liberación de la ciudad.
Derrota naranja de Putin
El rival más serio de Yanukovych era el defensor de la integración occidental, Viktor Yushchenko, quien gozaba de amplio apoyo popular, incrementado tras el misterioso intento de asesinato que sufrió (se sospecha envenenamiento con dioxina). Ese hecho le dio una ligera ventaja en la primera vuelta.
Sin embargo, en la segunda vuelta del 21 de noviembre de 2004, los resultados oficiales mostraron la victoria de Yanukovych, según las encuestas de salida y la Comisión Electoral. Putin felicitó al ganador casi de inmediato, sin esperar la declaración oficial.
La Revolución Naranja de Yushchenko frustró los planes de Putin en Ucrania.
Occidente denunció numerosas irregularidades; los partidarios de Yushchenko se concentraron en la Plaza de la Independencia de Kiev, acusando al equipo de Yanukovych de fraude electoral, incluido el ingreso de boletas falsas. La presión de Putin sobre Kuchma para reprimir a los manifestantes no se materializó, y la Revolución Naranja condujo a una nueva segunda vuelta el 26 de diciembre, que otorgó la victoria al candidato pro‑occidental.
Según Vladimir Putin, no son soldados rusos los que combaten en Crimea, sino "hombres verdes".
Los hombres verdes llegan a Crimea
En Ucrania, el Kremlin no se limitó a interferir en las urnas. La ola de protestas de noviembre de 2013, conocida como Euromaidán, ofreció otra ocasión para la intervención. El presidente entonces era Yanukovych, quien había regresado al poder tras la crisis de 2004. Su decisión de rechazar el Acuerdo de Asociación con la UE desencadenó masivas manifestaciones, brutalmente reprimidas.
Rusia observó con atención y, el 20 de febrero de 2014, envió a los "hombres verdes" a Sebastopol. Estos soldados sin insignias tomaron gradualmente instalaciones militares y administrativas estratégicas en Crimea, bajo la excusa de ser unidades de autodefensa locales que protegían a la población rusoparlante de los supuestos "banderistas" y "fascistas" (ucranianos pro‑occidentales).
El dominio ruso se legitimó mediante un referéndum el 16 de marzo de 2014, en el que, según los resultados oficiales, el 97 % votó a favor de la anexión a Rusia con una participación del 83 %. La comunidad internacional consideró el referéndum ilegal, pero Moscú siguió adelante.
La victoria en Crimea no sació el apetito ruso. Los "hombres verdes" se desplazaron al Donbás, donde, tras pseudo‑referéndums, surgieron las autoproclamadas Repúblicas Populares de Lugansk y Donetsk, sin reconocimiento internacional.
Golpe fallido, pero éxito electoral
Moscú intenta a toda costa impedir que las repúblicas postsoviéticas se acerquen a Occidente. En noviembre de 2016, en Moldavia, la contienda presidencial enfrentó a Maia Sandu, pro‑integración europea, contra Igor Dodon, defensor de los lazos con Rusia. Dodon contó con apoyo mediático y financiero proveniente del este y ganó con una ventaja del 5 %.
La política imperial de Putin no se detiene en la ex‑URSS; también se extiende a los Balcanes. En octubre de 2016, un grupo de serbios fue arrestado en Montenegro bajo sospecha de planear un intento de golpe de Estado. Se cree que tenían conexiones rusas.
Igor Dodon, frecuente visitante del Kremlin, habría apoyado a los conspiradores que pretendían iniciar disturbios en Podgorica, tomar el parlamento y bloquear la adhesión de Montenegro a la OTAN. Rusia niega cualquier implicación.
Rublos, filtraciones y desilusión
Los intereses del Kremlin en Occidente también se canalizan a través de bancos rusos. Partidos nacionalistas que buscan debilitar la integración europea y estrechar lazos con Moscú, como el Jobbik húngaro, el Frente Nacional francés, la Golden Dawn griega, la Liga del Norte italiana y el Partido de la Libertad austríaco, han recibido préstamos de varios millones de euros.
El caso más sospechoso es el del Frente Nacional francés. Investigaciones revelaron que el partido obtuvo préstamos de bancos rusos poco sólidos, que quebraron poco después de la transferencia. Algunos analistas piensan que no se trató de un préstamo, sino de una subvención encubierta por el Kremlin.
Marine Le Pen no oculta sus estrechos lazos con Rusia.
En la campaña presidencial francesa de 2017, el rival de Le Pen, Emmanuel Macron, sufrió un ataque informático que filtró nueve gigabytes de correos y datos financieros. Las sospechas recayeron sobre hackers rusos, al igual que en el caso del ataque a la Comisión Nacional Demócrata de EE. UU., cuyos correos fueron entregados a WikiLeaks y, según algunos analistas, influyeron en la derrota de Hillary Clinton y en la victoria de Donald Trump, quien rodeó su administración de figuras con vínculos ambiguos con Rusia.
En lugar de rifles: fake news
En el ámbito mediático, Rusia ha perfeccionado la difusión de fake news: información falsa o semi‑verdadera diseñada para generar emociones extremas y polarizar a la sociedad. La guerra en Donbás sirvió como campo de pruebas.
En redes sociales circuló la historia de un bebé ruso supuestamente crucificado por "banderistas"; resultó ser una invención. También se difundieron fotos de montones de cadáveres que, en realidad, provenían de Siria, presentados como pruebas de crímenes del ejército ucraniano.
La desinformación se extiende a países de la OTAN y la UE, especialmente en Lituania, Letonia y Estonia, donde la población rusa es significativa. Allí, las fake news no solo pueden influir en la intención de voto, sino también provocar tensiones y actos violentos.
La información no verificada es un arma poderosa que Rusia emplea sin titubeos.
¿Cómo protegerse? La República Checa creó la Oficina de Combate al Terrorismo y Amenazas Híbridas, encargada de monitorear contenidos en internet y alertar al público sobre desinformación. Según el Ministerio del Interior checo, las teorías conspirativas en foros y redes sociales buscan minar la integración europea y los valores democráticos, precisamente lo que el Kremlin detesta.
Solo el tiempo dirá si la nueva unidad será eficaz. En 2017 los checos eligieron al Parlamento y, al año siguiente, al presidente. Ojalá que la voz de Vladimir Putin no pese más que el voto de la ciudadanía.
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