Grunwald, Kircholm, Kłuszyn… grandes victorias que, según la memoria colectiva, parecen haberse quedado en el olvido. Analizamos si realmente los polacos no supieron aprovecharlas.
La batalla de Grunwald y la frontera segura con Hungría
En 1409 Polonia se enfrentó a la potencia militar más temida de la época: la Orden Teutónica. El 15 de julio de 1410, en la llanura de Grunwald, el ejército polaco‑lituano obtuvo una victoria decisiva.
“Todavía nos enorgullecemos de la victoria sobre los Caballeros Teutónicos, pero la realidad es que esa victoria aportó poco a Polonia” (Radio Polonia). El museo de Historia Polaca, Dzieje.pl, añade: “Aunque resonó en toda Europa, la falta de aprovechamiento de la victoria de 1410 resultó trágica para el Estado polaco en los siglos siguientes”.
Algunos datos que a menudo se omiten:
- Polonia recuperó la Tierra de Dobrzyń.
- La Orden Teutónica tuvo que pagar una cuantiosa indemnización.
- Se logró un gran éxito propagandístico que reforzó la legitimidad del reino.
El Tratado de Toruń (1411) confirmó que en los dominios teutónicos seguían viviendo paganos. Tras Grunwald, el flujo de cruzados occidentales que apoyaban a los Caballeros se detuvo, lo que debilitó sus pretensiones de cristianizar Lituania.
Los historiadores critican a Jagiełło por no haber tomado inmediatamente Malbork. Sin embargo, la conquista de esa fortaleza requería un asedio que ninguna potencia europea podía garantizar en pocos días, y Polonia ya estaba amenazada en dos frentes por el rey de Hungría, Sigismundo de Luxemburgo.
Una breve incursión polaca en el sur de la Polonia Menor terminó con una victoria contra las fuerzas húngaras cerca de Bardiowo (actual Eslovaquia). En 1412, tras negociaciones, Sigismundo asumió parte de la deuda teutónica y, a cambio, cedió a Polonia la zona de Spiš, incluida la fortaleza de Lubowla. Con el botín de Grunwald, Polonia compró una posición estratégica que la mantuvo alejada de amenazas húngaras durante más de tres siglos.
La batalla de Kircholm y el alivio de Riga
27 de septiembre de 1605: el ejército de la República de Polonia contaba con 3.500 soldados frente a los 12.000 suecos. El hetman Jan Karol Chodkiewicz, al ver las banderas enemigas, respondió: “Contaremos mejor cuando hayamos derrotado a los suecos”.
A pesar de la abrumadora superioridad numérica sueca, la victoria polaca fue aplastante: 9.000 muertos suecos contra apenas 100 caídos polacos. Los cuerpos se extendieron a lo largo de diez kilómetros desde Kircholm hasta Riga.
Esta victoria es frecuentemente descrita como una “victoria sin uso”. Sin embargo, el verdadero impacto fue el alivio de Riga, entonces la segunda ciudad más importante de la República y una pieza clave en el control del Báltico. La defensa de Riga evitó que Suecia consolidara una presencia dominante en la región.
Los años posteriores fueron una guerra de desgaste con Suecia. Chodkiewicz siguió obteniendo triunfos, aunque siempre tuvo problemas para pagar a sus tropas. A finales de la década, negociaciones secretas con Rewel (actual Tallin) preparaban la incorporación de Estonia al territorio polaco‑lituano.
El triunfo en Kircholm también abrió una nueva dirección de expansión: Moscú. En ese momento, la Rusia interior estaba sumida en una crisis y resultaba un objetivo atractivo para Polonia, pues separaba al Estado polaco del Golfo de Finlandia.
Kłuszyn y la ruta abierta hacia Moscú
4 de julio de 1610, Kłuszyn. Un hussardo recordó: “Eran tantos que daban miedo”. El hetman Stanisław Żółkiewski se enfrentó a un ejército ruso‑sueco que, según algunas estimaciones, superaba a sus fuerzas por siete veces”.
Contra todo pronóstico, los polacos vencieron. El príncipe ruso Dmitri Shuisky, comandante del ejército enemigo, perdió incluso sus botas al huir. La victoria en Kłuszyn impidió que la campaña rusa alcanzara a Polonia y abrió la ruta hacia Moscú.
El plan polaco de la época contemplaba recuperar los territorios de la antigua Gran Ducado de Lituania y, en el máximo escenario, colocar al príncipe polaco Władysław en el trono ruso. Aunque el objetivo supremo no se alcanzó, la guerra concluyó en 1618 con una expansión territorial sin precedentes para la Commonwealth.
¿Exageramos al autocastigarnos?
Los historiadores a veces nos obligan a lamentarnos: “Ganamos en Grunwald, salvamos Riga y llegamos a Moscú, pero no aprovechamos nada”. Es cierto que Polonia pudo haber extraído más beneficios, pero negar cualquier resultado tangible es injusto.
Conclusión
Michael Morys‑Twarowski, en su obra Polish Empire, muestra que la historia polaca no está llena sólo de fracasos; hay periodos en los que la República fue una verdadera potencia mundial. Es hora de reconocer esas glorias y entender su legado.
Bibliografía
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