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La apuesta mortal de los ases alemanes

Antes de que los U‑boat alemanes lanzaran sus torpedos de siete metros, apodados "anguilas", sus tripulantes apenas tenían espacio para ponerse de pie. Esa estrechez los obligaba a atacar lo antes posible.

El champán corría a raudales. Un elegante restaurante francés estaba lleno de invitados: marineros alemanes. En una mesa estaban sentados tres hombres que, en aquel momento, eran los más peligrosos del mundo, sobre todo en alta mar.

Günther Prien, Joachim Schepke y Otto Kretschmer, comandantes de U‑boat que habían causado enormes pérdidas a los convoyes que abastecían a Gran Bretaña. La reunión era más una competición que una amistad. En ese momento Kretschmer llevaba la delantera: acababa de recibir una condecoración y había cenado con Adolf Hitler. La prensa alemana los trataba como celebridades; al entrar en puerto eran recibidos por multitudes.

En noviembre de 1940 Schepke propuso una apuesta a los demás oficiales: quien alcanzara primero los 250 000 toneladas de buques hundidos podría comer y beber a su antojo a costa de los otros dos. Los tres aceptaron el reto.

Los lobos del Atlántico

Los comandantes de los U‑boat tenían motivos para estar satisfechos. En aquel momento infligían graves pérdidas a la flota británica, cuya autosuficiencia era mínima. Los científicos de Cambridge calculaban que la escasez de petróleo y otras materias primas haría la vida prácticamente imposible en las islas; todo dependía de los suministros, que los submarinos alemanes atacaban sin cesar.

“Peor aún, los U‑boat hundían barcos más rápido de lo que los británicos podían construir, y operaban mayormente de noche”. Así escribe Simon Parkin en Birds and Wolves: The secret game that turned the fate of World War II, describiendo la lucha entre la Marina británica y los submarinos.

La apuesta mortal de los ases alemanes

Tras la conquista de Francia, los alemanes trasladaron su base de los mares Báltico a Bretaña, en la costa atlántica, lo que supuso un cambio radical para los marineros: vino y mujeres.

El éxito de los submarinos alemanes se debió a la estrategia de los "lobos" ideada por el almirante Karl Dönitz, veterano de la Primera Guerra Mundial que pasó tiempo en un hospital psiquiátrico de Manchester. Dönitz concluyó que los U‑boat debían atacar en manada y no individualmente. Como explica Parkin:

La idea se inspiró en los lobos de los cuentos infantiles, que cooperan en la caza. Al atacar en grupo pueden abatir una presa demasiado grande para un solo individuo, y el grupo cuida a los heridos sin perder velocidad.

Después de regresar a Polonia, Dönitz persuadió a sus superiores para que adoptaran la táctica. La subida al poder de Hitler y su programa de rearme ofrecieron el contexto necesario. Aunque al inicio de la guerra la flota de U‑boat no era tan numerosa como él soñaba, los "lobos" estaban hambrientos.

En mayo de 1939 ya se practicaban los ejercicios en la Bahía de Vizcaya, con resultados prometedores. Los primeros bombardeos británicos después de la declaración de guerra el 3 de septiembre de 1939 fueron realizados por el submarino U‑30, que hundió el transatlántico SS Athenia, provocando la muerte de casi 120 personas.

Morir o ser muerto

El traslado a Bretaña también trajo vino, mujeres y una tasa de cambio de divisas muy favorable para los marineros, lo que hacía que el champán fluyera sin medida. Sin embargo, los submarinistas sabían que la próxima oportunidad de celebrar podría no llegar.

La propaganda nazi evitaba ensalzar a los tripulantes de los U‑boat, pero la cruda realidad mostraba que sus posibilidades de sobrevivir al final de la guerra eran escasas. Como señala Parkin, "durante la Segunda Guerra Mundial, los U‑boat registraron la tasa de mortalidad más alta de todas las tropas, tanto aéreas como terrestres y navales, en ambos bandos", con pérdidas que alcanzaron el 70 %.

La apuesta mortal de los ases alemanes

Esta mortalidad no intimidó a los marineros, sino que reforzó su mentalidad de "matar o morir", lo que derivó en una guerra total donde incluso niños fueron víctimas, como los del City of Benares, que transportaba a niños británicos a América.

La vida a bordo de un U‑boat era infame: el ambiente era húmedo y fétido, los camarotes estaban abarrotados y apenas había privacidad. De los dos baños, uno servía de almacén. El constante ruido de pistones, bombas y válvulas obligaba a los tripulantes a distinguir esos sonidos de la sirena de alerta Achtung!.

En 1940, la gente no conocía aún esta cruda realidad y los bares de Lorient estaban llenos de marineros alegres. Dönitz, para fomentar la camaradería, prohibió que los submarinistas se afeitaran; la barba se convirtió en símbolo de pertenencia al "rebaño".

Algunas líneas sencillas

Mientras los U‑boat seguían siendo efectivos, la situación del otro lado del frente marítimo no mejoraba. Los convoyes eran presas fáciles y la Marina británica, sin radar, no comprendía la táctica de los lobos.

Kretschmer, por ejemplo, introdujo una técnica letal: su U‑99 se infiltraba en el centro del convoy y lanzaba torpedos a corta distancia, dejando a la Royal Navy indefensa. En 1940, el número de barcos británicos hundidos superó los mil, obligando al Almirantazgo a buscar una solución mediante experimentos tácticos.

En febrero, Prien, Kretschmer y otros volvieron al mar. Dönitz quería pasar a Kretschmer a tareas de estado mayor y advirtió que el cansancio era peligroso: "En alta mar, un capitán cansado es una amenaza". Kretschmer desobedeció.

El 25 de febrero Prien avistó un convoy de casi 40 barcos y llamó a la manada. Kretschmer llegó a tiempo, pero los destructores británicos los ahuyentaron. El 6 de marzo Prien volvió a encontrar un convoy grande; cuatro U‑boat atacaron. Los británicos hundieron al U‑70 y, poco después, al U‑47 de Prien con profundidad. La radio del submarino cesó, pero Dönitz se negó a aceptar su muerte y esperó que el equipo simplemente se hubiera averiado. Hitler, temiendo el impacto moral, prohibió divulgar la noticia; el anuncio oficial se retrasó más de dos meses.

La apuesta mortal de los ases alemanes

Schepke y Kretschmer continuaron la ofensiva. En marzo, Kretschmer lanzó ocho torpedos, siete de los cuales alcanzaron el objetivo, hundiendo cinco buques. Sin embargo, los destructores respondieron con bombas de profundidad. Schepke, a 60 metros bajo el agua, sintió 34 explosiones; la 35ª fue tan cercana que el submarino empezó a perder luz y a llenarse de agua. Descendió a casi 230 metros, un récord para los U‑boat, pero ordenó emerger para evitar el colapso de la presión. Al salir, fue sorprendido por el destructor HMS Vanoc, que lo destruyó.

Kretschmer fue detectado poco después; una bomba dañó su medidor de profundidad, dejándolo "ciego" bajo el agua. La tripulación fue capturada por el HMS Walker, comandado por Donald Macintyre, quien incautó los binoculares Zeiss que Dönitz había regalado al capitán. Años después, Macintyre devolvió el objeto a Kretschmer.

Los británicos encontraron entre los papeles capturados un dibujo sencillo que mostraba un convoy atacado desde dentro por un submarino. Según Parkin, esas "líneas simples" ocultaban el secreto del éxito de los lobos.

Un punto de inflexión se acercaba: los estrategas británicos estaban desarrollando tácticas eficaces contra los U‑boat, preparando el momento en que los lobos pasarían a ser la presa.