La semana pasada dejó claro que Putin se aferra a su propia visión de la historia. ¿Cuál es esa visión, qué partes son reales y por qué la considera justificación de una guerra?
El artículo de julio de 2021
En julio de 2021 el presidente ruso Vladimir Putin publicó en la web del Kremlin un extenso artículo titulado «Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos». En él afirma que Rusia y Ucrania forman una sola comunidad y que la reciente construcción de una «pared» entre ambas es una distorsión de un espacio histórico y espiritual compartido. Sostiene que la existencia de Ucrania como Estado independiente es un error histórico nacido con la creación de la Unión Soviética y acusa a Occidente de haber alimentado la división mediante una política de «divide y vencerás», fomentando sentimientos nacionalistas y nazis y suprimiendo la lengua y la religión rusas.
La historiadora y periodista estadounidense Anne Applebaum comentó el 31 de julio que el texto de Putin se había convertido en lectura obligatoria para todos los soldados rusos, describiéndolo como una anuncio implícito de la invasión a Ucrania. Las reacciones fueron de resignación: otro discurso histórico sin mucho impacto mediático en Occidente.
Kyiv‑Rush
Rusia y Ucrania comparten una historia larga y entrelazada que se remonta a la zona de la actual Kiev. En la Alta Edad Media vikingos escandinavos descendieron por los ríos del norte y fundaron la llamada Rus. El punto de inflexión, según Putin, ocurre en 988, cuando Vladimiro I (Volodímir) el Grande, gobernante del Imperio de Kiev, se convierte al cristianismo y bautiza su capital en la península de Crimea, convirtiendo a Kiev en un centro cristiano floreciente.
En su apogeo el Imperio de Kiev se extendía desde el Mar Negro hasta la zona que hoy es San Petersburgo. En 1240 la Horda de Oro, los mongoles de Gengis Kan, conquistaron la región y trasladaron la sede de la Iglesia ortodoxa al norte: primero a Vladimir (1299) y luego a Moscú (1325). Moscú, aún pequeña, supo aprovechar su posición bajo la tutela mongola y, bajo Iván III, expandió su territorio y se liberó de la Horda en 1471.
Legitimación del Imperio
Alrededor de 1500 Moscú se había consolidado como un principado independiente con vastas tierras y la sede de la Iglesia Ortodoxa Rusa, que ya se había separado de Roma. Los gobernantes vieron en esto una continuidad del Imperio Romano y surgió la idea de que Moscú sería la «Tercera Roma», después de Roma y Constantinopla (caída en 1453). Esta noción sirvió de legitimación para el propio imperio ruso; Iván IV se coronó como zar en 1547, título derivado de César.
El concepto del «Mundo Ruso» (Russkiy Mir) nace de esta visión: un espacio histórico‑espiritual cuyo centro debe ser Moscú. En la práctica, el término también es el nombre de una fundación cultural‑política creada bajo la dirección de Putin.
Expansión y “liberación”
Catarina la Grande, en el siglo XVIII, incorporó la mayor parte del territorio ucraniano que estaba bajo el Reino de Polonia‑Lituania. Putin califica esa anexión como una «guerra de liberación» que reunió a la población de Kiev con el «pueblo ortodoxo ruso». En el apogeo del Imperio ruso a principios del siglo XX, Ucrania, Bielorrusia, los países bálticos, gran parte de Polonia y el Cáucaso formaban parte de un estado donde el ruso era la lengua predominante y la Iglesia Ortodoxa la fe mayoritaria.
La Revolución y la Unión Soviética
Tras la Revolución de 1917, el nuevo gobierno comunista buscó retirar a Rusia de la Primera Guerra Mundial, firmando el humillante tratado de Brest‑Litovsk, que cedió territorios como los Estados bálticos y gran parte de la actual Ucrania. Los nacionalistas ucranianos intentaron crear un Estado independiente entre 1917‑1921, pero al final Ucrania fue incorporada a la Unión Soviética.
Vladímir Lenin consideró los movimientos nacionalistas como herramientas útiles para derribar el antiguo orden, pero también adoptó el principio de autodeterminación de los pueblos, promoviendo una política de «korenizatsiya» (indigenización). Cada república soviética recibió su propio idioma y cultura oficial, aunque bajo una ideología comunista que buscaba evitar la autonomía real.
Según Putin, la separación actual de Rusia, Ucrania y Bielorrusia es producto de esa política soviética y, por tanto, todos forman parte del mismo «Mundo Ruso». Ignora la profunda identidad lingüística y cultural ucraniana y la decisión de Ucrania de seguir un camino europeo y democrático.
El Mundo Ruso como prisión
Para Putin, el Mundo Ruso está definido por lengua, religión e historia, y actúa como una especie de prisión: Moscú se ve a sí misma como guardián del espacio histórico‑espiritual y no tolerará que un país que forma parte de él decida abandonarlo. Este argumento combina la unidad iglesia‑estado, esferas de influencia cultural‑política y una visión de poder que resulta anacrónica frente a los valores democráticos actuales.
El concepto no se limita a Rusia, Ucrania y Bielorrusia; incluye también a Georgia y a los países bálticos, que ahora son miembros de la UE y la OTAN. Putin ha denunciado durante años esa expansión occidental, aunque sus advertencias fueron en gran medida ignoradas. En la Europa de la posguerra prevalece el principio de que cada país elija su propio destino, pero Putin se niega a aceptar la pérdida del «cuna del Mundo Ruso».