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Conservar los aromas como patrimonio cultural

Los olores como patrimonio cultural

En la era digital el perfume de los libros antiguos se vuelve cada vez más raro. Por eso, investigadores proponen catalogar los olores que están desapareciendo como patrimonio cultural y ya han estudiado cómo "capturarlos". Como herramienta han creado una rueda de aromas.

Un olor que evoca recuerdos

Un aroma reconocible desencadena recuerdos y emociones al instante. Por ejemplo, el olor a pipa nos transporta a aquellas tardes agradables con el abuelo. Hoy en día, cada vez menos personas fuman pipa y ese perfume se desvanece de la vida cotidiana.

Los olores aún no forman parte del patrimonio oficial

Hasta ahora, el patrimonio cultural incluye edificios, obras de arte y tradiciones, pero no los olores. Sin embargo, Japón lleva desde 2001 una lista de cien fragancias típicas —brisa marina, madera envejecida, destilerías de sake— que deben conservarse para las futuras generaciones. ¿No deberíamos añadir a esa lista el aroma de una tarta de manzana recién horneada, el de los speculaas o el de los coles de Bruselas para evitar su extinción? Los olores que ya desaparecieron también pueden ofrecernos una visión más completa de la vida en el pasado.

Materializando el olor

Los científicos del University College London (UCL) consideraron que tratar el olor como patrimonio cultural era una idea válida. Por primera vez abordaron sistemáticamente el papel del olfato en la percepción del patrimonio. Como el olor es abstracto y se experimenta de forma muy personal, es necesario un marco que describa tanto la percepción sensorial como los componentes químicos que lo generan.

Como caso de estudio, utilizaron el aroma característico de los libros viejos. Pidieron a los participantes que describieran ese olor y, paralelamente, analizaron sus propiedades químicas. Con los resultados elaboraron una rueda de aromas del aire de los libros antiguos, lo que hace el olor más concreto y manejable.

Escudriñando la ciencia

Nombrar el olor de los libros antiguos resultó complicado. En nuestras lenguas occidentales no existen términos específicos para los olores; los describimos mediante comparaciones (“olor a perro mojado”, “a tierra”, “a ácido”). En cambio, los hablantes de Jahai, una lengua de cazadores‑recolectores de Malasia, sí disponen de vocabulario propio para distinguir olores, como demostraron investigadores holandeses.

Los investigadores recopilaron las descripciones de los visitantes. En la biblioteca de la Catedral de San Pablo, los usuarios anotaron sus percepciones en un libro de visitas. En el Birmingham Museum and Art Gallery, 79 personas olieron una muestra de un libro de 1928. El 100 % describió el aroma como “amaderado”, el 86 % como “ahumado” y el 71 % como “terroso”. La muestra del libro recordó principalmente a café, cacao y madera.

Análisis químico

Para conservar un olor como patrimonio, primero hay que identificarlo químicamente. Los científicos analizaron los compuestos orgánicos volátiles que emanan del libro. Estos compuestos se evaporan rápidamente y son detectables en concentraciones muy bajas, por lo que identificar cada uno es un reto.

Colocaron un libro de 1928 en una bolsa de plástico durante dos semanas y, al mismo tiempo, una fibra neutra que absorbió el aire interior. Con técnicas de medición ultrassensibles identificaron los compuestos atrapados en la fibra, obteniendo una lista de sustancias asociadas al olor del libro.

Entre los hallazgos estaban furfural (recuerdo a galletas), benzaldehído (almendra), limoneno (cítricos) y nonanal (madera quemada). También aparecieron ácidos y aldehídos menos agradables, como ácido propanoico (basura), heptanal (calcetines sucios) y undecano (diésel), que rara vez se asocian con un libro viejo pero forman parte de su perfil olfativo.

Además, extrajeron compuestos del papel sumergiéndolo en metanol y presentaron el extracto a los visitantes del museo, sin informarles que se trataba del olor de un libro. Los participantes describieron el aroma de forma neutral, proporcionando datos valiosos para comparar percepciones.

La rueda de aromas

Con todos los datos, los investigadores construyeron una rueda de aromas, herramienta ya usada en perfumería y enología. La rueda muestra, mediante un diagrama de araña, las palabras más frecuentes usadas para describir el olor del libro y la intensidad de cada descriptor.

Este trabajo es una primera aproximación destinada a abrir el debate sobre la conservación de los olores como patrimonio cultural. La rueda del libro antiguo sirve como ejemplo de cómo identificar, analizar y documentar aromas con significado cultural.

Los científicos proponen que los museos utilicen estos olores como una capa extra de experiencia para los visitantes y que los conservadores los empleen para reconocer procesos de deterioro. También se plantea la posibilidad de recrear olores casi extintos, aunque esto sigue siendo controvertido debido a la complejidad química y a la variabilidad de la percepción individual.

Investigación holandesa

Asifa Majid, lingüista de la Universidad Radboud, estudia cómo se expresan las percepciones sensoriales. Los investigadores británicos citan su trabajo: «En la ciencia holandesa también crece el interés por los olores como patrimonio cultural. Como han demostrado los científicos de UCL, la química por sí sola no basta; es crucial entender el lenguaje del olor. La falta de vocabulario fijo dificulta la descripción, y una rueda de aromas con terminología estandarizada facilita enormemente este proceso. Ya conservamos imágenes y sonidos para la posteridad, pero aún nos falta la historia del olor».

¿Qué fragancia te gustaría ver en la lista de patrimonio holandés?

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