“El trato secreto de Himmler” es un libro fascinante, aunque su título puede resultar engañoso. Himmler aparece como un personaje secundario y no como el protagonista. La obra resulta especialmente atractiva para quienes buscan conocer los relatos detrás de distintas operaciones de rescate de judíos durante la Segunda Guerra Mundial.
Motivación para leer el libro
Al ver el título El trato secreto de Himmler decidí abrir el libro, preguntándome qué información nueva ofrecería sobre Heinrich Himmler (1900‑1945), el segundo al mando del régimen nazi. Sin esa expectativa, la lectura puede resultar algo decepcionante. El autor, el historiador y periodista canadiense Max Wallace, también lo tituló en inglés In the Name of Humanity, una denominación que refleja mejor el contenido: una recopilación de intentos de rescate al estilo de “La lista de Schindler”.
Operaciones de rescate en serie
El libro no es una monografía académica, sino una obra dirigida al gran público. Wallace (y su traductor George Paper) emplea un lenguaje sensacionalista –palabras como “asombroso”, “increíble”, “el diablo” o “el monstruo” aparecen con frecuencia–, lo que resta rigor científico. No obstante, está repleto de notas, referencias y una exhaustiva bibliografía que avalan la investigación.
El autor menciona una gran cantidad de nombres de personas y organizaciones que intentaron salvar a los judíos europeos cuando el mundo empezaba a comprender la magnitud del genocidio. Himmler no aparece como figura central hasta el capítulo cinco, lo que puede confundir al lector, pero al final los diferentes hilos convergen.
La "solución final"
Wallace describe con detalle cómo Himmler, jefe de la SS, se encargó de la "solución judía". En un primer momento el régimen buscó la emigración forzada, pero la mayoría de los países limitaban la admisión de refugiados y los judíos no podían pagar los costos exigidos. A partir de 1941 se adoptó la solución letal: unidades especiales de la SS siguieron al ejército alemán en los territorios conquistados del este, perpetrando masacres de judíos, gitanos y discapacitados.
En 1942 se implementó el método de exterminio mediante gas cianhídrico. Desde la primavera de ese año, los judíos eran conducidos en vagones de carga a cámaras de gas recién construidas; los cadáveres se incineraban en crematorios adyacentes. Auschwitz, por ejemplo, podía asesinar a miles de personas al día. Wallace se pregunta por qué Himmler ordenó la destrucción de estos sistemas en noviembre de 1944.
¿Una pista reveladora?
Durante su investigación de archivos, Wallace encontró a personajes suizos –Recha Sternbuch, Isaac Sternbuch y el ex presidente Jean‑Marie Musy– que presionaron a los Aliados para que intervinieran. Según el autor, estos interlocutores lograron influir en Himmler, quien accedió a detener los asesinatos a cambio de materiales y negociaciones de paz, aunque la promesa resultó ser un engaño.
Pocos días después, Himmler ordenó la demolición de los crematorios y cámaras de gas de Auschwitz. En aquel momento se pensó que se trataba de un acto de resistencia; hoy muchos historiadores coinciden en que la motivación fue destruir pruebas antes de que los Aliados llegaran.
Presión privada sobre los Aliados
El libro muestra cómo individuos y comités de rescate intentaron presionar a los Aliados para que interrumpieran el suministro de trenes y facilitaran rescates mediante pagos o intercambios de material. En noviembre de 1944, Suiza preparó el envío de diez tractores a cambio de mil judíos. Cinco días después, Himmler ordenó la destrucción de los crematorios de Auschwitz, lo que Wallace interpreta como una respuesta directa a esa entrega.
Si bien la versión oficial atribuye la demolición a la necesidad de ocultar crímenes, Wallace sugiere que Himmler buscaba ganarse la simpatía de los Aliados para negociar su propio futuro.
El final de Himmler
Con la derrota inminente, Himmler intentó acercarse a los británicos y estadounidenses proponiendo una alianza contra el comunismo. Hitler lo destituyó, y sin poder negociar, Himmler quedó a merced de los Aliados, quienes lo capturaron y él se suicidó.
El libro concluye con una reflexión esperanzadora: aunque el plan de exterminio nazi costó la vida a cerca de seis millones de judíos, la intervención de unas pocas personas logró salvar vidas y demuestra que la acción individual puede marcar la diferencia, aun cuando la mayoría permanezca indiferente.