Una columna invitada aparece en Kennislink cada dos semanas. Cada número es escrito por un investigador diferente, que desde su disciplina explica la ciencia detrás de un acontecimiento de la sociedad o de nuestra vida cotidiana. Esta semana el historiador Jouke Turpijn analiza los disturbios ocurridos en Gran Bretaña en 2011.
Un estallido inesperado
Los disturbios que se desataron en Londres y otras ciudades británicas durante el verano de 2011 sorprendieron a los medios, a la policía, a los políticos y a los espectadores, que siguieron los hechos por televisión e internet. Si el pasado reciente hubiera sido estudiado con mayor profundidad, podríamos haber interpretado el caos más rápidamente y saber cómo actuar. Ese pasado reciente se sitúa principalmente en la década de los 80.
Contexto de los años 80
El crecimiento económico, las reformas democráticas y la experimentación social de los primeros años posteriores a la Segunda Guerra Mundial se detuvieron a mediados de los setenta. Tanto políticos como ciudadanos se retiraron de la vida pública. El Estado redujo gastos, delegó responsabilidades y empezó a tratar a los ciudadanos como clientes difíciles. En las calles la gente dejó de luchar por ideales abstractos y comenzó a protestar en voz alta contra su propia miseria.
En Gran Bretaña ese resentimiento generó una serie de disturbios entre los «sin recursos» y la autoridad durante los años 80. La lista es extensa: disturbios en barrios pobres como St Paul en Bristol (1980), Brixton en Londres (1981 y 1985), Chapeltown en Leeds (1981), Toxteth en Liverpool (1981), Handsworth en Birmingham (1981, 1985 y 1991), la casi guerra civil en Irlanda del Norte, el caos futbolístico y los enfrentamientos entre mineros en huelga y la policía (1984‑1985). Todos estos hechos quedaron grabados en la memoria colectiva a través de la cultura popular.
¿Por qué no se aprendió?
La respuesta está en la política. Los descontentos encontraron una puerta cerrada en el 10 Downing Street durante los años 80. La primera ministra Margaret Thatcher, tras los disturbios de Brixton en 1981, afirmó: «Nada, pero nada, justifica lo ocurrido». La “Dama de Hierro” repitió esa postura después de cada enfrentamiento, lo que sólo alimentó la sensación de injusticia que persiste hasta hoy.
Lecciones para el presente
Sería deseable que el entonces primer ministro David Cameron escuchara esas voces, no las de los saqueadores, sino la de los británicos “ordinarios” que viven la tensión entre los menos favorecidos y un mundo que les parece hostil.
Además, Cameron debería destinar recursos a una investigación histórica rigurosa del caos urbano. Aunque los resultados del pasado no garantizan soluciones actuales y existen diferencias importantes con los disturbios de los 80, la experiencia muestra que la desigualdad social y los conflictos entre grupos étnicos aparecen como causas principales en casi todas las confrontaciones, y que su solución no es sencilla.
Conclusión
Por ahora, la esperanza parece vana. Cameron, al igual que Thatcher, calificó los disturbios como «criminalidad, pura y simple» y propuso sanciones severas. Ese enfoque solo alimenta más malestar, pues cuando la gente llega a destruir su propio entorno, nada es «puro y simple».