Muchas culturas han atribuido propiedades mágicas al cuerpo femenino.
«El mar se calma cuando ve la vulva de una mujer». Este antiguo refrán catalán alude a un rito mágico que se desarrollaba en la costa. Las esposas de los marineros, para que sus marido regresaran a salvo, entraban al mar y alzaban sus faldas. A los ojos modernos el gesto puede resultar ridículo, crudo o incluso vulgar, pero el problema radica en que nuestra percepción del cuerpo femenino está distorsionada por la sobresexualización o la prudencia religiosa. En épocas pasadas, distintas civilizaciones lo veían como una emanación de poderes vitales.
Al ser el cuerpo de la mujer fuente de vida, también podía arrebatarla, envolverla en protección mágica o alejar fuerzas malignas.
La revuelta africana
Daniel Moi, segundo presidente de la Kenia independiente, enfrentó un creciente descontento popular a principios de los años 90. Tras ordenar la detención de activistas que exigían el fin del sistema de partido único, en 1992 surgieron protestas masivas. La mayor manifestación tuvo lugar en el Parque Uhuru, en Nairobi, donde las madres de los detenidos jugaron un papel central. Cuando el presidente Moi envió al ejército para dispersar a las mujeres manifestantes, estas se desnudaron y maldijeron a los soldados.
Desde la antigüedad el cuerpo femenino ha sido considerado portador de propiedades fantásticas. En la cultura africana, la mujer desnuda simboliza fuerzas vitales; atacar a una mujer desnuda equivale a atacar a la vida misma, lo que conlleva una maldición. Ante esta situación, los soldados kenianos se vieron obligados a detenerse. En los últimos veinte años se han registrado más de cuarenta protestas “desnudas” en África, lo que demuestra la persistencia de la creencia en el poder mágico del cuerpo femenino.
El poder de la mujer
Desde la antigüedad, el cuerpo femenino ha sido venerado en mitos griegos, egipcios, japoneses y en las religiones de tribus indias, poblaciones polinesias y muchas otras regiones. El objetivo principal de estos ritos era asegurar la fertilidad y cosechas abundantes.
Un ejemplo de práctica mágica era hacer caminar a una mujer desnuda por el campo. Esta costumbre existía tanto en el antiguo Egipto como en la Europa medieval. Las mujeres eslavas de Lusacia, cuidadoras del lino, recitaban el conjuro: «Lino, lino, que crezca tan alto como mi vulva». En el antiguo Mecklemburgo se escuchaba: «Así como la mujer levanta su vestido, así crecerá alto el lino».
Otra famosa representación de este poder es el grabado de Charles Eisen, ilustración del cuento de Jean de la Fontaine donde una mujer ahuyenta al diablo al alzar su falda, un gesto llamado anasyrma.
Se atribuían al cuerpo femenino otras capacidades: proteger contra demonios, influir en el clima o ahuyentar enemigos. El historiador romano Plinio afirmaba que una mujer desnuda podía silenciar tormentas y remolinos. En la India, mujeres de la provincia de Madras se enorgullecían de este don. En el folclore ruso se decía que levantar la falda ahuyentaba a un oso errante. Según los primeros europeos en Norteamérica, los indígenas creían que la visión de la vulva alejaba a los demonios en los ritos funerarios. En Polinesia, una mujer desnuda se sentaba sobre el pecho de un hombre poseído para exorcizarlo.
¡Las faldas al aire!
La anasyrma, ritual milenario en el que la mujer muestra sus genitales, concedía bendiciones, maldiciones y sembraba terror en el enemigo. Los mitos griegos ofrecen numerosos ejemplos.
Cuando Belerofonte atacó la ciudad de Xanatos, solo las mujeres pudieron levantar sus vestidos, mostrarse en toda su gloria y avergonzar al héroe, obligándolo a retirarse. Relatos similares aparecen en los mitos de Deméter, la diosa egipcia Hathor o la japonesa Amaterasu. Heródoto y Diodoro Sículo describieron banquetes en honor a Bastet donde se practicaba este gesto. Plutarco relata que, durante la lucha persa‑meda, las mujeres persas bloquearon la retirada de los persas al alzar sus ropas y llamarlos cobardes.
En la Irlanda medieval, el guerrero celta Cú Chulainn fue disuadido de una misión suicida al ver a las mujeres del Ulster alzar sus vestidos: «Y mostraron su desnudez y valentía; el joven apartó la mirada y puso su rostro en el carro para no ver aquello».
Una periodista del Irish Times relató en 1977 un episodio similar: una familia agraria fue atacada por hombres armados; la anfitriona alzó su falda hasta que los calzones quedaron por encima de su cabeza, mostrando su vulva; los agresores huyeron aterrorizados.
Sheela‑na‑Gig
En Inglaterra y, sobre todo, en Irlanda, se encuentran misteriosas esculturas llamadas Sheela‑na‑Gig, que representan a una mujer con cabeza desproporcionada, mano en la entrepierna y genitales al descubierto. Aproximadamente 150 ejemplares sobreviven en ambas islas, con algunas copias en Escandinavia, Francia y Alemania.
En la Edad Media, estas figuras se colocaban en las paredes de iglesias y edificios públicos. Los restos actuales muestran que la zona genital estaba constantemente tocada por quienes buscaban apoyo mágico. Su origen exacto es desconocido: algunos investigadores las relacionan con cultos paganos, otros con creencias normandas. Con la llegada del Renacimiento, fueron encadenadas y destruidas.
Del sagrado al profano
Resulta imposible enumerar todas las propiedades mágicas que distintas civilizaciones asignaron al cuerpo femenino. Con el tiempo, especialmente en occidente y Oriente Medio, ese culto se desvaneció. Las dos grandes religiones monoteístas —cristianismo e islam— transformaron la visión de la desnudez femenina: los Padres de la Iglesia la convirtieron de símbolo vital a fuente de tentación, pecado y depravación. La genitalia femenina dejó de ser objeto de veneración para ser considerada “las puertas del infierno”. Tertuliano la describió como “la puerta satánica” y San Agustín lamentó que venimos al mundo “entre excrementos y orina”.
Bibliografía
- Blackledge, Vagina. The Secret Story of Female Power, Londres 2003.
- Diabate, Naked Agency: Genital Cursing and Biopolitics in Africa, Londres 2020.
- Freitag, Sheela‑na‑gigs: Unravelling an Enigma, Nueva York 2005.
- Carr‑Gomm, A Brief History of Nakedness, Londres 2010.