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Asiria: el imperio de la crueldad

El temible nombre de Asiria

En la antigüedad, la sola mención de Asiria provocaba un pálido temor. Sus ejércitos, conocidos por una crueldad sin igual, mutilaban a sus prisioneros: arrancaban ojos, cortaban narices y miembros, y practicaban torturas atroces. Ese terror bastaba para que ciudades y reinos se rindieran sin luchar.

Maestros de la guerra

El auge de Asiria se dio durante el Imperio Neoasirio (siglos X‑VII a.C.). Conquistaron Babilonia, gran parte de Mesopotamia y el Levante —actuales Siria del noroeste, Palestina, Líbano e Israel— y llegaron a dominar Egipto y Chipre.

Su dios principal era Asur, el dios de la guerra, que según la creencia guiaba a los soldados y garantizaba la victoria. La ausencia de barreras geográficas obligó a los asirios a depender exclusivamente de su propio ejército, y allí sobresalieron.

Asiria: el imperio de la crueldad

Innovadores en la guerra, fueron de los primeros en sustituir el bronce por hierro en sus armas, emplearon carros de guerra ligeros con bases metálicas y desarrollaron avanzados ingenios de asedio. Introdujeron el servicio militar obligatorio, seleccionando centros específicos para reclutar soldados, y crearon una Guardia Real de élite a la que podían incorporarse extranjeros.

El poderío militar de Asiria

La caballería, pese a no usar estribos ni sillas, se organizaba en parejas: un jinete controlaba los caballos y el otro disparaba con arco. En su apogeo, el ejército asirio podía reunir hasta 700 000 combatientes, convirtiéndose en la fuerza militar dominante del mundo antiguo.

«No es débil ni cansado, nadie duerme, nadie afloja la correa, sus arcos están tensos, sus caballos son de piedra, y sus carros corren como huracanes». —Isaías, describiendo al ejército asirio (722 a.C.)

Más allá de su destreza en combate, los asirios utilizaban la intimidación psicológica: relatos de masacres y torturas se difundían por todo Oriente Próximo, sembrando el terror entre sus enemigos.

Los crímenes de guerra incluían decapitaciones, empalamamientos, quemas y mutilaciones. Se estima que, en su mayor expansión, desplazaron a unos 4,5 millones de personas, destruyeron ciudades y practicaron actos de extrema violencia contra la población civil.

Sin piedad

Cuando el ejército asirio tomó la rebelde ciudad de Halizilua, el rey Asurnasipal II proclamó: «Maté a 600 guerreros con mi espada, quemé a 3 000 prisioneros y no dejé sobreviviente alguno». Relatos similares describen pieles colgadas en los muros, cuerpos apilados y víctimas torturadas de forma brutal.

Asiria: el imperio de la crueldad

Esta crueldad, además de satisfacer un sadismo, tenía una finalidad práctica: el terror obligaba a ciudades enteras a rendirse y a pagar tributos abundantes para evitar la destrucción.

Ciudad de lujo y depravación

Aunque famosos por su violencia, los asirios también sobresalieron en comercio, arquitectura y cultura. Su capital, Nínive, llegó a albergar 120 000 habitantes, murallas de piedra de 4,5 m de altura y 12 km de longitud, y un amplio foso. La ciudad contaba con canales, acueductos, palacios imponentes y amplias avenidas.

Asiria: el imperio de la crueldad

En el reinado de Asurbanipal se fundó una biblioteca con más de 30 000 tablillas de arcilla. Nínive también era conocida por sus rituales religiosos y sexuales en honor a la diosa Ishtar, incluida la prostitución sagrada, práctica aceptada sin condena moral para la sociedad de la época.

Profecía bíblica

En 612 a.C. Nínive cayó ante la coalición de Babilonia, Medos y Persas. Los profetas bíblicos habían anunciado su destrucción: se predijo que el Tigris inundaría la ciudad y el fuego consumiría sus riquezas. Según Diodoro Sículo, el rey Sardanápalo, un monarca decadente y borracho, ignoró la amenaza, lo que facilitó la caída de la capital.

Asiria: el imperio de la crueldad

Los invasores asediaron la ciudad durante tres meses, derribaron sus muros y masacraron a sus habitantes. Tras la caída, Nínive quedó en ruinas hasta que, en el siglo XIX, el arqueólogo británico Austen Henry Layard la redescubrió.

Una dulce venganza a la crueldad

Los pueblos subyugados por los asirios experimentaron una amarga venganza: los invasores destruyeron la ciudad, quemaron sus tesoros y acabaron con la élite gobernante. Sin embargo, la existencia histórica del rey Sardanápalo es discutida; los registros asirios y babilónicos no lo mencionan, y el último monarca confirmado fue Sin‑sharra‑iskun.

Bibliografía

  1. Francis Joannes, History of Mesopotamia in the 1st Millennium BC, Poznań Publishing House, 2007.
  2. Jane McIntosh, Treasure Hunters, G + J RBA Publishing House, 2001.
  3. Saggs H. W. F., The Greatness and Fall of Babylonia, State Publishing Institute, 1973.
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