historia historica

Corona y la muerte azul: la epidemia de cólera en los Países Bajos (1830‑1866)

Introducción

Una enfermedad desconocida y mortal proveniente de Asia llega a los Países Bajos. Pronto se desata el debate sobre cómo se propaga y cuán contagiosa es. Las medidas de cuarentena provocan dificultades económicas y la población comienza a murmurar: ¿Corona? ¡No, cólera!

Los periódicos se llenaron de relatos de terror sobre la “corrida asiática”, como se llamaba inicialmente al cólera. Cuando la enfermedad alcanzó Europa alrededor de 1830, el gobierno holandés activó la alarma. Sin saber qué era ni cómo combatirla, recurrió a la antigua receta contra las epidemias: cuarentena y aislamiento. Los pasajeros y la carga de los barcos procedentes de zonas de riesgo debían permanecer a bordo dos semanas para comprobar que no estaban infectados.

La Cámara de Comercio presionó para flexibilizar las medidas por el daño económico a los comerciantes. El gobierno, temeroso de disturbios como los que ya se producían en el extranjero y de una posible hambruna si los barcos de granos dejaban de entrar, redujo el periodo de cuarentena a cuatro días.

En la plenitud de la vida

Las cuarentenas no impidieron el avance del cólera. En 1832 la enfermedad azotó duramente a los Países Bajos. En Leiden, por ejemplo, se registraron 485 fallecimientos en tres meses, de una población de 35.128 habitantes. Y lo peor aún estaba por venir.

La población estaba acostumbrada a enfermedades como la viruela, que afectaban mayormente a niños pequeños. El cólera, sin embargo, diezmaba a personas en la plenitud de sus vidas. La evolución era vertiginosa: en cuestión de horas podía causar la muerte. La propagación era rápida como un incendio y nadie comprendía el mecanismo, lo que generaba un terror generalizado.

Los médicos en debate

Pasaron cincuenta años después de la primera ola europea antes de que el médico alemán Robert Koch identificara la bacteria del cólera. Entonces se supo que la enfermedad se transmitía a través de las heces de los pacientes, contaminando el agua potable. Las ciudades carecían de redes de agua; solo los ricos podían comprar agua limpia. El resto bebía agua de canales sucios o de pozos poco profundos, donde los desechos contaminados se filtraban fácilmente. No es coincidencia que la mayoría de las muertes se concentraran en esas zonas.

Durante décadas el origen y la forma de contagio del cólera fueron un misterio. Los higienistas defendían la teoría del miasma: el aire insalubre de los barrios marginales y los canales, convertidos en alcantarillas abiertas, enfermaba a la gente. Creían que mejorar las condiciones de vivienda y la calidad del aire impediría la enfermedad.

Sin embargo, médicos como el inglés John Snow sospechaban del agua. En 1854 vinculó la propagación del cólera en el barrio londinense de Soho a una bomba de agua pública, aunque no conocía aún el agente bacteriano. Más tarde se descubrió que una fosa séptica cercana era la culpable.

Curanderos y remedios sin fundamento

Los tratamientos eran a menudo más dañinos que útiles: sangrías, eméticos y cataplasmas de mostaza en pacientes ya deshidratados. Se recomendaba mantener el ánimo, pues la tristeza y el miedo supuestamente provocaban diarrea.

Ante la incertidumbre, proliferaron charlatanes que vendían brebajes milagrosos. La “bebida de opio del Dr. Bleeker”, por ejemplo, aliviaba los cólicos abdominales pero no detenía la propagación. Muchos preferían comprar ese remedio antes que acudir a un hospital, en los que no confiaban.

Teorías conspirativas

El aislamiento de los enfermos en hospitales especiales se convirtió en una práctica habitual. Los llamados “hospitales de cólera” estaban llenos de pacientes moribundos, lo que dañó su reputación.

En varios países europeos surgieron teorías conspirativas: los pobres sospechaban que médicos o el gobierno los envenenaban con cólera. Se produjeron saqueos a hospitales, disturbios y enfrentamientos con las autoridades. En Inglaterra, por ejemplo, se registraron 72 revueltas violentas en catorce meses.

Políticos a la espera

Durante la gran epidemia de 1849, que superó en víctimas a la de 1832, el gobierno holandés actuó con menos energía. La confusión sobre la enfermedad y el temor a dañar la economía llevaron a medidas locales y a la cancelación de mercados y ferias.

Proponer mejoras sanitarias para los pobres era visto como una intromisión en la vida privada y generaba dudas sobre quién financiaría esas obras. No fue hasta la década de 1860 que se adoptaron políticas de higiene más sistemáticas.

El motín de los montones de estiércol

En 1850 cada municipio asumió la responsabilidad de la salud pública, instalando tuberías y alcantarillados. En la última gran epidemia de 1866, los asesores sanitarios recomendaron fumigar con cloro y quemar la ropa contaminada. En Rotterdam, solo 174 de 1.300 casas aceptaron la inspección; el resto se negó.

La medida que provocó mayor rechazo fue la prohibición de los montones de estiércol en los hogares, considerados focos de infección. En Hilversum, el alcalde ordenó su retirada, lo que desencadenó protestas, aunque sin llegar a la violencia extrema.

Cholera derrotada

Tras 1866 el cólera siguió apareciendo de forma puntual, pero la mejora de la higiene evitó nuevas epidemias devastadoras en los Países Bajos. En contraste, en varios países europeos, Rusia y Estados Unidos, la epidemia de 1892 causó miles de muertes y nuevos levantamientos.

En Rusia, médicos y funcionarios fueron asesinados, pacientes sacados a la fuerza de los hospitales y, en Ucrania, una ciudad fue incendiada. Las teorías conspirativas sobre una élite que utilizaba el cólera como arma permanecieron vigentes.

¿Cómo recordaremos la pandemia de COVID‑19? ¿Tomaremos las medidas correctas para evitar futuras epidemias? El tiempo dirá si los Países Bajos evitan nuevos disturbios alimentados por teorías conspirativas.