Cualquier persona que haya visitado una videotienda ha echado una mirada curiosa a la sección de pornografía, para luego salir sonrojada, como si "nosotros" no viéramos ese tipo de material. A pesar de ese rechazo aparente, la pornografía posee una historia de éxito milenaria.
Antes de adentrarnos en esa trayectoria, es necesario definir qué entendemos por pornografía. La línea que separa erotismo y pornografía es extremadamente fina y, sobre todo, subjetiva. Lo que a una persona le parece obsceno, a otra le resulta una expresión artística del cuerpo humano. En esencia, la pornografía existe en la mente de cada quien, donde el impacto impactante y el tabú que la rodea son evaluados individualmente.
La palabra "pornografía" proviene del griego y significa literalmente "escritura de la fornicación" o, de forma más laxa, "relato sobre prostitutas". Curiosamente, hoy asociamos el término con imágenes, mientras que los libros de la serie Bouquet, que narraban aventuras amorosas, no los consideramos pornográficos. Sin embargo, en la antigüedad fueron los textos escritos los que impulsaron la proliferación del material visual. Veamos brevemente su evolución.
Pornografía fuera de contexto
El pasado está plagado de manifestaciones que podrían haber provocado estímulos sexuales. Podemos retroceder hasta hace 50.000 años, pensando en las curvas de la Venus de Willendorf, los dibujos eróticos en cuevas o los frescos picantes hallados en Pompeya.
Los científicos aún no pueden determinar con certeza la intención original de esas expresiones: ¿rituales de fertilidad? ¿significado religioso? ¿simple fascinación por el sexo? La falta de contexto nos obliga a omitir interpretaciones definitivas. Además, la moral de la época respecto a la desnudez difiere tanto de la actual que catalogar esas imágenes como "pornografía" podría no ser apropiado.
Renacimiento
El Renacimiento dio origen al pionero europeo de la pornografía: Pietro Aretino (1492‑1556).
Durante ese periodo, los humanistas desarrollaron una obsesión por la Antigüedad clásica. Intelectuales versados en latín y griego leían a Cicerón y Virgilio, y los artistas usaban el interés renovado como excusa para representar mitos paganos, preferiblemente desnudos, en escenas eróticas. Retratar cuerpos desnudos estaba tabú, pero representar sátiros, ninfas o dioses desnudos no lo era. Incluso en obras religiosas, la Virgen y el Niño a veces se sexualizaban. En ese contexto, Aretino contó con libertad para crear obras de temática sexual.
Su controvertido libro I Modi ("Los modales") combinó dieciséis sonetos explícitos con dieciséis grabados que mostraban parejas en distintas posiciones. Los personajes no son meramente ficticios; Aretino incluyó a cortesanas famosas y a clérigos de su tiempo.
El objetivo de Aretino era doble: por un lado, presentar el sexo de forma divertida y familiar; por otro, usarlo como crítica al corrupto papado. Lo que ofendió a la Iglesia fue emplear el sexo para denunciar la corrupción papal, alcanzando así a un público amplio, gracias a la imprenta, que permitió producir libros más baratos y accesibles.
Obras como I Modi y sus sucesoras integraron la pornografía en la resistencia política y religiosa.
Revolución Francesa
En los años previos a la Revolución Francesa, la producción pornográfica creció de forma constante. El público la recibía con entusiasmo precisamente por el aura de tabú que la rodeaba. Los principales objetivos fueron la aristocracia y el clero, a quienes se les atribuían impotencia, enfermedades venéreas y moralidad perversa.
Nadie quedó exento, ni siquiera el rey Luis XVI ni su esposa María Antonieta. Se distribuían panfletos que cuestionaban la paternidad de sus hijos, difundían supuestas orgías salvajes y actividades lésbicas, y, tras su encarcelamiento, se rumoraba una relación incestuosa con su hijo. El mensaje era claro: si el rey no podía controlar a su esposa, ¿cómo podía gobernar al pueblo?
Marqués de Sade
Tras la Revolución, la "pornografía política" dio paso a material que desafiaba las normas morales aceptadas. Las obras del Marqués de Sade, surgidas alrededor de 1790, marcaron esa transición. En lugar de satirizar a los líderes políticos, Sade atacaba la moralidad convencional.
Su obra, tan escandalosa que no se difundió al público hasta bien entrado el siglo XX, abordaba temas como incesto, infanticidio y violación. No solo expresaba deseos sexuales desviados; pretendía demostrar que la visión de la vida de una persona puede estar dominada por la voluntad de dominar y destruir al otro. De él proviene el término "sadismo".
Era victoriana
Curiosamente, en la moralista era victoriana (1837‑1901) la pornografía vivió su mayor auge. El centro de crecimiento pasó de Francia a Inglaterra, donde se explotó comercialmente. En una época de valores conservadores rígidos, la pornografía se consolidó como un género propio cuyo único propósito era despertar la lujuria.
Las autoridades intentaron bloquear el acceso a literatura e imágenes consideradas peligrosas, protegiendo especialmente a las mujeres, a quienes se consideraba biológicamente más vulnerables a los impulsos carnales. Ya no se temía el mensaje político, sino la supuesta corrupción de la "innocencia" femenina.
Aunque las mujeres estaban protegidas, la pornografía prosperó entre los hombres; en 1834, ¡había 57 tiendas pornográficas solo en Londres!
La pornografía victoriana generó una anarquía moral donde, pese al rechazo a la homosexualidad, surgían expresiones sexuales de todo tipo. La época de la tribulación moral también fue la época dorada de la pornografía.
Pornografía para las masas
El siglo XX, marcado por el progreso tecnológico, vio cómo cada salto tecnológico era aprovechado por los pornógrafos. Fotografía, cine e internet permitieron que el contenido sexual estuviera siempre al alcance: en estaciones de servicio, videotiendas o frente al ordenador en casa, convirtiéndose en parte de la vida cotidiana.
Hoy ya no vemos carteles con mujeres escasamente vestidas como antes; sin embargo, la definición de pornografía sigue evolucionando. A medida que el contenido se vuelve más extremo, continúa desafiando los límites morales aceptados, tal como lo hizo hace cinco siglos.
Un recorrido rápido por la historia muestra que la pornografía ha desempeñado siempre un papel—aunque a menudo poco reconocido—en desafiar y subvertir roles establecidos y la ansiedad social que los rodea.
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