El viento, al igual que el agua, fue la primera fuente de energía aprovechada por la humanidad. El primer molino de viento apareció en Oriente, en el Antiguo Egipto y en Persia, donde se utilizó para riego a partir del año 600 a.C. Sus aspas estaban dispuestas radialmente alrededor de un eje vertical. Los árabes transmitieron esta idea al Occidente, donde se adoptó la variante de eje horizontal. A partir del siglo X, el molino de viento se difundió por Europa en las zonas más ventosas y se convirtió en una herramienta esencial para los molineros que lo empleaban para producir harina.
Los primeros molinos de viento
Hace siete siglos antes de Cristo, los persas adaptaron el principio de la navegación a la construcción de los primeros molinos de viento. Desde el siglo X aparecen en Europa, sustituyendo a los molinos manuales para moler cereales y extraer aceites, o bien para bombear agua de forma eficiente. Los molinos iraníes utilizaban una turbina de eje vertical encerrada dentro de la estructura, lo que les proporcionaba mayor rendimiento que los de eje horizontal que se extendieron por Europa.
Propiedad de los grandes terratenientes, los molinos estaban a cargo de maestros molineros expertos.
Una de las mejoras más importantes fue la incorporación del carrilero en 1745, que permitía orientar automáticamente las aspas al viento. En 1772 se introdujo el carrilero de resorte, compuesto por persianas de madera que podían abrirse manual o automáticamente, desacoplando la velocidad de rotación del molino de la del viento. También se desarrollaron frenos de aire para detener las aspas cuando era necesario.
Desarrollo costero
Naturalmente, los molinos se construyeron primero a lo largo de las costas del Atlántico y del mar Báltico, zonas con vientos fuertes y constantes. Con el tiempo se extendieron a la cuenca mediterránea. En Países Bajos y Dinamarca la tecnología alcanzó su mayor explotación. Gracias a los molinos de drenaje, los holandeses ampliaron su territorio en un 25 % al recuperar tierras del mar.
A finales del siglo XIX surgió el molino Berton, creado alrededor de 1840. Consistía en una serie de tablones móviles que se separaban para ofrecer una mayor superficie al viento, aliviando al molinero de la pesada tarea de ajustar las velas diariamente. El sistema se popularizó en regiones productivas de Francia (Beauce, Anjou, Bretaña, etc.), aunque llegó demasiado tarde para salvar a una industria ya en declive.
En la actualidad Francia y Grecia conservan numerosos molinos, más por su valor patrimonial que por su utilidad. Los Países Bajos siguen operando alrededor de mil molinos; algunos, como los de Kinderdijk, están catalogados como Patrimonio Mundial de la UNESCO. Durante siglos los holandeses dependieron exclusivamente de la energía eólica; hoy, ante la crisis medioambiental y la oposición a la energía nuclear, los molinos experimentan una nueva revitalización.
La turbina eólica, heredera del molino tradicional
La electrificación rural y la industrialización de la molienda provocaron el rápido abandono de los molinos de viento en el siglo XX. Sin embargo, el principio ha renacido con fuerza gracias a la invención de la turbina eólica de múltiples palas, desarrollada en Estados Unidos.
Las primeras turbinas para generación eléctrica se instalaron a finales del siglo XIX en Dinamarca, donde aún se encuentran en uso. Pequeños generadores abastecían a comunidades rurales hasta la década de 1930, cuando la red eléctrica se extendió por todo el país. En esa época también se construyeron turbinas de mayor tamaño.
Gracias a su larga experiencia en el aprovechamiento del viento, los países del norte de Europa lideran hoy la producción de turbinas, auténticos sucesores de los antiguos molinos. Su desarrollo se acelera gracias a políticas de incentivo para las energías renovables.
Para profundizar
- «Au Temps des Moulins à Vent», Jean Guilbaud, 2005.
- «The Fabulous History of Inventions – From Mastery of Fire to Immortality», Dunod, 2018.