Estados Unidos tiene una forma de democracia peculiar: es el único país democrático cuyo jefe de Estado no es elegido directamente por el pueblo. La decisión recae en el Colegio Electoral, un cuerpo de 535 electores que elige al presidente en nombre de los ciudadanos. Este sistema, tan antiguo como la propia nación, fue concebido por los padres fundadores para resolver problemas complejos de la joven república.
Problemas difíciles
En la Constitución de 1787, cada estado recibe un número fijo de electores proporcional a su población: cuantos más habitantes, más votos electorales. Por ejemplo, California aporta 55 de los 535 votos, mientras que Maine solo cuenta con 4. El principio de "el ganador se lleva todo" otorga a quien obtiene la mayoría de los votos populares en un estado la totalidad de sus electores.
Este mecanismo surgió en un contexto muy diferente al actual. En 1776, las trece colonias declararon su independencia y, aunque aspiraban a ser una democracia ilustrada, enfrentaban graves dificultades logísticas y políticas. La población total era de apenas cuatro millones, dispersos a lo largo de más de 1 500 km de costa, sin carreteras ni comunicaciones eficientes. Además, cada colonia había desarrollado privilegios propios y temía cualquier forma de gobierno centralizado.
Convención Constitucional
En la Convención Constitucional de Filadelfia (1787‑1788) surgió la necesidad de un método viable para elegir al presidente. Algunas propuestas fueron descartadas: que el Congreso lo eligiera, por el riesgo de dividir demasiado el poder legislativo y la vulnerabilidad a la corrupción; o que los legislativos estatales lo hicieran, pues el presidente debía estar por encima de los estados.
Los redactores tampoco optaron por elecciones directas. No dudaban de la capacidad del pueblo, sino que temían que la falta de información sobre candidatos de otros estados condujera a elecciones locales y a un mandato demasiado limitado. Además, los estados más poblados tendrían una ventaja desproporcionada.
Dos votos
La solución intermedia consistió en asignar a cada estado un número de electores igual a sus representantes en la Cámara más sus dos senadores. Cada elector emitía dos votos: al menos uno debía ser para un candidato de otro estado, evitando así que un solo estado dominara la elección. Los electores se reunían en sus propios estados, no en Washington, para minimizar el nepotismo y la influencia extranjera.
El candidato con más votos se convertía en presidente y el segundo en vicepresidente. Con el tiempo, la mayoría de los estados pasaron a elegir a sus electores mediante voto popular; hoy solo Maine y Nebraska utilizan un sistema de distritos que puede repartir sus votos entre partidos diferentes.
Política de partidos
El sistema se diseñó bajo la suposición de que los partidos políticos y una campaña nacional serían imposibles o indeseables. Sin embargo, pronto surgieron diferencias entre los fundadores. James Madison y Alexander Hamilton fundaron, respectivamente, los partidos Demócrata‑Republicano (1792) y Federalista (1790).
En las elecciones de 1796, el federalista John Adams ganó la mayoría de los votos electorales y se convirtió en presidente, mientras que Thomas Jefferson, del partido Demócrata‑Republicano, quedó segundo y asumió la vicepresidencia, creando una situación tensa en la Casa Blanca.
Para evitar que presidente y vicepresidente pertenecieran a partidos opuestos, a partir de 1800 los electores votaron por separado para cada cargo, permitiendo que ambos puestos fueran ocupados por miembros del mismo partido.
Desde entonces, el Colegio Electoral ha sufrido pocos cambios técnicos; la mayor parte del proceso sigue siendo la recolección de los votos de los electores, que aparecen en las boletas como "electores de..." en letra pequeña.