¿Cómo y por qué algunas personas llegan a asesinar masivamente a otras solo por su raza, credo o nacionalidad? Historiadores y sociólogos suelen argumentar que son "las circunstancias" las que lo determinan. Ante la presión del contexto, "tú y yo" podríamos convertirnos en verdugos de un campo. Ese es uno de los grandes clichés de nuestra época, según Abram de Swaan en su nuevo libro Compartments of Destruction.
En 1963, la filósofa y periodista judía Hannah Arendt asistió al juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén. Lo que más le llamó la atención fue la aparente insignificancia del hombre que encabezaba el Holocausto. En su informe, con el famoso subtítulo "Informe sobre la banalidad del mal", Arendt describió a Eichmann como un burgués corriente, acostumbrado a obedecer órdenes sin cuestionarlas. Aunque Eichmann fue uno de los principales artífices del exterminio de los judíos, su carácter no parecía extraordinario.
Esta visión encajó con la época: en los años 50 se ridiculizaba la mentalidad nazi con el irónico lema Befehl ist Befehl ("la orden es la orden"). Los perpetradores del Holocausto fueron presentados como hombres obedientes que, sin reflexión propia, enviaron a millones a la muerte. Sin embargo, ya en 1963 existían evidencias de que Eichmann no era un simple burócrata «banal»: era uno de los cazadores de judíos más fanáticos del régimen nazi y trabajó incansablemente para que la logística de la Solución Final fuera lo más eficiente posible.
Arendt, como muchos nazis después de la guerra, utilizó la defensa de la obediencia a superiores para eludir la responsabilidad personal. Esta estrategia permitió a varios perpetradores recibir sentencias atenuadas. No obstante, su obra La banalidad del mal se convirtió en un bestseller y consolidó la imagen de Eichmann como el asesino sin rostro ni pensamiento propio. Según Arendt, no se necesita una personalidad especialmente perversa para cometer genocidio; si un burgués aburrido pudo hacerlo, tal vez cualquiera es capaz de lo mismo.
Choques eléctricos
En el mismo año, el psicólogo estadounidense Stanley Milgram publicó los resultados de su controvertido experimento, en el que voluntarios debían administrar supuestos "choques eléctricos" a un "estudiante" (en realidad un actor) cada vez que cometía un error. Una mayoría de participantes incrementó la intensidad del choque, pese a los gritos de dolor del actor, simplemente porque el investigador, vestido con una bata blanca, les ordenaba hacerlo.
La combinación de las ideas de Arendt y Milgram, reforzada por numerosos estudios posteriores, dio lugar a una visión popular del genocidio: potencialmente cualquier persona podría convertirse en perpetrador si se encontraba en las circunstancias adecuadas. Muchos historiadores han intentado explicar el Holocausto y otros genocidios a la luz de esas teorías.
“¿Por qué? Tengo muchas opciones.”
De Swaan señala que este enfoque está plagado de supuestos ocultos. Más de un tercio de los voluntarios de Milgram dejaron de subir la intensidad del choque, tomando una decisión consciente. Sin embargo, Milgram concluyó que lo determinante era la situación, no la personalidad.
Investigar a los perpetradores de genocidio es complejo. Durante los crímenes, los investigadores externos no pueden acceder a los culpables; después, estos buscan ocultar y distorsionar la verdad. De Swaan afirma que nunca se ha realizado un estudio sociológico riguroso sobre estos individuos. En sociología y psicología, se entiende a las personas en el contexto de su situación y su personalidad, pero esa doble mirada parece ausente en los estudios sobre genocidio, lo que deja espacio a los clichés.
Compartmentalization o la clave del proceso genocida
En Compartments of Destruction, De Swaan intenta superar esos prejuicios. Propone que el proceso psicológico central de casi todo genocidio es la "compartimentalización": la inclusión y exclusión de grupos o individuos. Comprender este mecanismo es esencial para analizar el origen y desarrollo de los genocidios y el comportamiento de sus perpetradores.
El autor examina detalladamente cómo la compartimentalización operó en el Holocausto, en el genocidio del Khmer Rouge en Camboya y en el de Ruanda, demostrando que el fenómeno trasciende contextos históricos.
De Swaan escribe con una sobriedad impresionante y refuta modelos explicativos tradicionales, como la interpretación simplista del experimento de Milgram. Cita: "El 'investigador' obliga al participante a seguir con los choques y dice: 'No tienes elección'. El hombre responde: '¿Por qué? Tengo muchas opciones.' Y se detiene. Una persona ordinaria, 'como tú y yo', se negó a infligir sufrimiento bajo esas mismas condiciones".
El libro plantea nuevas preguntas sin respuestas definitivas, aceptando que cada respuesta abre nuevas incógnitas. Aun así, se trata de una obra importante y reveladora que invita a repensar los supuestos sobre los perpetradores del genocidio.