¿De dónde provienen nuestras ideas sobre la ciudadanía moderna? ¿Se derivan directamente de la Revolución Francesa o hay algo más? Y, ¿qué nos dice esto sobre nuestro tiempo?
A menudo, los ideales de ciudadanía parecen emanar de la Revolución Francesa, bajo el famoso lema «Libertad, Igualdad, Fraternidad». Sin embargo, el legado de la época revolucionaria para el concepto de ciudadanía no es tan inequívoco. Lejos de ser estático, la ciudadanía en el siglo XVIII experimentó cambios profundos.
Ideales revolucionarios de la ciudadanía
El periodo comprendido entre 1776 y 1800 marcó un hito decisivo en la evolución histórica de la ciudadanía moderna. Durante esos años, la ciudadanía adquirió un carácter marcadamente político: los ciudadanos debían participar en una forma de autogobierno democrático, los derechos inalienables del hombre quedaron consagrados en constituciones, y la ciudadanía urbana cedió paso a una ciudadanía nacional e igualitaria.
Este legado —igualdad de derechos, democracia y Estado-nación— sigue siendo fundamental para nuestra comprensión actual de la ciudadanía, aunque representa solo una cara de la moneda. Al situar la Revolución Francesa y la revolución Batava dentro de un contexto histórico más amplio, tanto espacial como temporal, se revelan matices que suelen pasar desapercibidos.
Revoluciones transatlánticas
En ese mismo periodo, Francia no fue el único país donde estalló la revolución. En 1776, los colonos americanos proclamaron su independencia del Imperio Británico invocando sus «derechos inalienables». En los Países Bajos, en 1795, la ayuda de tropas francesas expulsó al príncipe de Orange y se proclamó la República Batava.
Los historiadores actuales amplían la mirada más allá de «Occidente». En la colonia caribeña francesa de Saint‑Domingue, libres de color y esclavos se rebelaron, dando origen al Estado independiente de Haití en 1804. Inspiradas por estos acontecimientos, entre 1800 y 1830 se desataron varias guerras de independencia en América del Sur y Central. La época revolucionaria, por tanto, no fue un fenómeno exclusivamente occidental.
La revolución haitiana
Incluir la perspectiva no occidental es clave para descubrir los supuestos implícitos sobre la ciudadanía de la época. Las revoluciones fuera de Europa no solo moldearon el mundo actual, sino que plantearon una pregunta radical a los revolucionarios americanos y europeos: ¿para quién es la ciudadanía democrática moderna?
En Saint‑Domingue, los libres de color —hijos de padres franceses y madres negras— exigían los mismos derechos civiles que sus compatriotas blancos. Para ellos, la nación francesa debía ser única e indivisible, y el imperio colonial debería regirse por una sola constitución que abarcara tanto a la Francia continental como a sus territorios ultramarinos.
Voces similares defendían la unidad constitucional del imperio holandés en la República Batava, lo que también implicaba decidir el destino de los esclavos negros que trabajaban en colonias holandesas y francesas. La cuestión se volvió ineludible cuando, en el verano de 1791, los esclavos de Saint‑Domingue iniciaron una revuelta a gran escala.
La isla caribeña se sumergió en una sangrienta guerra civil que duró diez años, involucrando a tropas francesas, británicas y españolas. En 1794, como medida pragmática más que ideológica, el gobierno revolucionario francés concedió la ciudadanía francesa a los esclavos negros a cambio de que lucharan contra los ejércitos extranjeros.
El “civilización mínima”
La respuesta dominante de comentaristas franceses, holandeses y estadounidenses fue considerar a los esclavos como «semisavajes», todavía en una fase infantil de la civilización. Si bien muchos revolucionarios aceptaban que los negros y los pueblos no occidentales tenían derechos naturales, sostenían que no estaban lo suficientemente «ilustrados» para ejercer los deberes de la ciudadanía democrática.
Esta visión, arraigada en la jerarquía civilizatoria del siglo XVIII, limitó la extensión de la ciudadanía hasta bien entrado el siglo XX. Aún hoy persisten patrones de pensamiento similares, por ejemplo, al debatir si el mundo árabe o islámico está «listo» para la democracia, o si ciertos pueblos «medievales» pueden ejercer una ciudadanía moderna.
El terror de la ciudadanía democrático‑populista
Ampliar la perspectiva geográfica también enriquece la investigación histórica sobre la ciudadanía. Limitarse a la época revolucionaria ofrece una visión sesgada. Tras 1815, Francia y los Países Bajos adoptaron monarquías constitucionales y quedó poco de la ciudadanía política revolucionaria. En la última década del siglo XVIII, también surgieron en Estados Unidos voces críticas contra la democracia popular y la igualdad radical.
Un episodio crucial que moderó las ideas democráticas radicales fue el Terror jacobino (1793‑1794). Entre 35 000 y 40 000 personas fueron ejecutadas por la facción radical liderada por Robespierre, y alrededor de 500 000 desaparecieron en prisiones. Para contemporáneos holandeses y estadounidenses, el Terror confirmó el peligro de la democracia directa, generando desilusión tras la promesa inicial de una ciudadanía democrática.
Ciudadanía revolucionaria y posrevolucionaria
En 1826, el holandés Samuel Wiselius, veterano de la revolución batava, miró atrás con desencanto. No dudaba de la validez de los principios revolucionarios, pero consideraba que su aplicación había fracasado porque, según él, «la mayoría de los franceses y los negros en general no estaban suficientemente iluminados». Para Wiselius, los esclavos y las masas no encajaban en la imagen del ciudadano ilustrado, civilizado y moralmente superior.
Así, los excesos del Terror jacobino y la revolución haitiana marcaron la desradicalización del pensamiento sobre la ciudadanía democrática. Las visiones posrevolucionarias tendían a ser moderadas, apolíticas y centradas en la patria: el ciudadano debía ser útil económicamente y gozar de un conjunto limitado de libertades civiles. Además, la admisión a la ciudadanía plena estaba condicionada a un «mínimo de civilización occidental».
En conjunto, estos elementos – radicales y moderados – siguen presentes en las concepciones contemporáneas de ciudadanía. Sólo comprendiendo su evolución histórica podemos apreciar plenamente las ideas y los ideales que hoy configuran la ciudadanía.