El cine político está muerto. El espejo social que aún nos llega de forma esporádica proviene de los realizadores de documentales. El IDFA (International Documentary Film Festival Amsterdam, del 20 de noviembre al 1 de diciembre de 2013) constituye una excelente ocasión para analizar esta tendencia. La columnista invitada Helen Westerik ofrece ejemplos brillantes de películas políticas históricas y llama a los soñadores radicales.
La relación entre política y cine es antigua. A comienzos del siglo XX se vivió una gran explosión de artes experimentales: el ballet Le Sacre du Printemps de Igor Stravinsky cumplió 100 años, las pinturas puramente abstractas de Mondrian tampoco son mucho más jóvenes. El cine también se prestó a la experimentación, sobre todo por parte de cineastas comprometidos. En Rusia, directores como Sergei Eisenstein encendieron la revolución con obras como Octubre (sobre la Revolución de 1917) y Huelga.
No solo el contenido era revolucionario, sino también la forma: Eisenstein introdujo el montaje como herramienta dramática. Hasta entonces la edición se limitaba a unir tiras de película; él descubrió que la narrativa se volvía mucho más potente mediante imágenes asociativas y la superposición de ecuaciones visuales. La famosa escena de la escalera de El acorazado Potemkin (1925) ilustra perfectamente este efecto (ver video).
La brutal masacre del ejército zarista se carga de una carga emocional extra gracias al montaje: primeros planos de ancianos moribundos, niños aplastados y una cuna que rueda por los escalones. Nunca antes se había usado el montaje con tal eficacia. ¿Cómo no sentirse inspirado por el fervor revolucionario tras ver esta película?
Cine para nazis
Los filmes de la República de Weimar (1918‑1933) tampoco pueden entenderse fuera de su contexto político. Son dramas en blanco y negro con actuaciones y decorados exagerados, como la ciencia‑ficción Metrópolis (1927). Mientras algunos lo interpretan como una crítica marxista a la alienación industrial, también se ha leído históricamente como un llamado a un hombre fuerte que guíe a las masas.
Los nacional‑socialistas también apreciaron Metrópolis, pero por motivos muy diferentes: la revuelta de los obreros contra la élite necesita, según ellos, de un intermediario de la clase alta que restablezca el orden. Cuando el director Fritz Lang fue invitado por el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, a convertirse en el “cineasta del Reich”, no rechazó de inmediato la propuesta. Se rumorea que Lang respondió: “¿Sabes que soy judío?”. Goebbels, según la historia, replicó: “Nosotros determinamos quién es judío aquí”. Lang comprendió que no podía producir propaganda nazi y abandonó Alemania ese mismo día.
Emancipación gay y femenina
Las condiciones políticas y sociales han cambiado de forma inconmensurable en los últimos cincuenta años, pero la inquietud radical no desapareció. En la década de 1970 surgieron oleadas queer y feministas que dejaron huellas importantes. Uno de los filmes más bellos y penetrantes es Blue (1993) del británico Derek Jarman, realizado poco antes de su muerte por sida. El título no es casual: la pantalla permanece azul durante casi ochenta minutos.
Mientras la imagen se mantiene estática, una colage sonoro de música, efectos y, sobre todo, la propia reflexión de Jarman sobre la vida, la muerte y la enfermedad, acompaña al espectador. Al reducir la imagen al extremo, el impacto emocional se vuelve monumental.
Soñadores radicales
Hoy la implicación social parece haber quedado a la deriva de la experimentación artística. Los “cine político” son, en su mayoría, documentales; el activismo se desplaza a YouTube y rara vez se traduce en arte cinematográfico. Esta brecha deja un vacío que no sé cómo llenar. Incluso figuras consolidadas como Spike Lee deben financiar sus últimos proyectos mediante crowdfunding.
Hacer películas que no apunten a audiencias masivas nunca ha sido fácil. Los estudios y productores se vuelven cada vez más cautelosos; las producciones se vuelven más conservadoras. Si los financiadores solo persiguen cifras de audiencia, se perderán obras como Blue. El compromiso social no vende, y no se puede convertir en un juego de mercado. Con el viento cultural‑político actual, necesitamos a quienes nos den una patada, nos muestren el espejo y nos saquen de la ruta cómoda. Necesitamos soñadores radicales que nos permitan volver a mirar el mundo con ojos frescos.