«Digo lo que pienso y hago lo que digo», frase asociada hoy a políticos populistas como Pim Fortuyn, pero el ideal de la sinceridad y la franqueza ya era central en la Alta Edad Media.
La cuna de la libertad de expresión se encuentra en la Antigüedad clásica griega. Durante mucho tiempo se creyó que, tras la caída del Imperio romano, la práctica y la ideología del discurso libre desaparecieron, pues el clima político de la llamada “edad oscura” no dejaba espacio para la crítica.
Sin embargo, la tesis doctoral Licence to speak. The rhetoric of free speech in late Antiquity and early Middle Ages, de Irene van Renswoude, demuestra lo contrario. Los valores que hoy vinculamos a la libertad de expresión —sinceridad, autenticidad e integridad— estaban ya estrechamente asociados a ella en los primeros siglos medievales.
Tras el colapso romano, Europa vivió una época de migraciones masivas y la expansión del cristianismo. Con la nueva doctrina de salvación, muchos ideales clásicos, incluida la libertad política, parecieron perderse, para reaparecer, según se creía, solo en el Renacimiento.
Los reinos cristianos que surgieron sobre los restos del Imperio, como el imperio carolingio, instauraron un sistema feudal con una rígida división social. Este orden, junto al auge del cristianismo, habría supuesto un entorno opresivo para la crítica política.
El papel de los monjes y los obispos disidentes
En los monasterios, la palabra libre se consideraba a menudo una fuente de perturbación; se privilegiaba el silencio y la contemplación. Por eso, muchos historiadores pensaron que la libertad de expresión era prácticamente inexistente.
Van Renswoude, sin embargo, muestra que había más espacio para la crítica de lo que se asumía. Analizando cartas y discursos de disidentes de la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media, la investigadora revela que los obispos asumieron el papel que los filósofos desempeñaban en la Antigüedad: criticar al poder real.
Este fenómeno excluía a las mujeres, que no podían ser obispos y, por tanto, estaban al margen del debate político.
Ejemplos como el del obispo franciscano ascético Leodegario, que visitaba la corte real, decía la verdad sin adornos y luego se retiraba a la soledad, ilustran este modelo. Estos hombres santos eran presentados como ejemplos de coraje y pasión controlada, ajenos al poder y a la corrupción.
Entre los años 300 y 1000 d.C., la idea de la libertad de expresión experimentó un desarrollo decisivo. Se vinculó estrechamente con el martirio y la sinceridad. El influyente obispo Ambrosio de Milán (c. 338‑397) se convirtió en un “defensor de la verdad”, y tras su muerte muchos obispos y críticos siguieron su ejemplo.
En resumen, la libertad de expresión no es un invento moderno; sus raíces se hunden en la cultura medieval, donde la crítica al poder coexistía con la fe y la estructura feudal.